Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 44
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 128-130
llamarlos cristianos, siendo que predicaban a Cristo, y dirigían sus oraciones al Padre por medio de él. Fué Dios el que les dió el nombre de cristianos. Este es un nombre real, que se da a todos los que se unen con Cristo. En cuanto a este nombre Santiago escribió más tarde: “¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los juzgados? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fué invocado sobre vosotros?” Santiago 2:6, 7. Y Pedro declaró: “Si alguno padece como Cristiano, no se avergüence; antes glorifique a Dios en esta parte.” “Si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados; porque la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros.” 1 Pedro 4:16, 14.
Los creyentes de Antioquía comprendían que Dios estaba dispuesto a obrar en sus vidas “el querer como el hacer, por su buena voluntad.” Filipenses 2:13. Mientras vivían en medio de un pueblo que parecía preocuparse poco por las cosas de valor eterno, trataban de dirigir la atención de los de corazón sincero, y dar testimonio positivo de Aquel a quien amaban y servían. En su humilde ministerio, aprendieron a depender del poder del Espíritu Santo para hacer eficaz la palabra de vida. Y así, en las diversas ocupaciones de la vida, daban testimonio diariamente de su fe en Cristo.
El ejemplo de los seguidores de Cristo en Antioquía debería constituir una inspiración para todo creyente que vive en las grandes ciudades del mundo hoy. Aunque es plan de Dios que escogidos y consagrados obreros de talento se establezcan en los centros importantes de población para dirigir esfuerzos públicos, es también su propósito que los miembros de la iglesia que viven en esas ciudades usen los talentos que Dios les ha dado trabajando por las almas. Hay en reserva ricas bendiciones para los que se entreguen plenamente al llamamiento de Dios. Mientras esos obreros se esfuercen por ganar almas para Jesús, hallarán que muchos que nunca hubieran sido alcanzados de otra manera están listos para responder al esfuerzo personal inteligente.
La causa de Dios en la tierra necesita hoy día representantes vivos de la verdad bíblica. Los ministros ordenados solos no pueden hacer frente a la tarea de amonestar a las grandes ciudades. Dios llama no solamente a ministros, sino también a médicos, enfermeros, colportores, obreros bíblicos, y a otros laicos consagrados de diversos talentos que conocen la Palabra de Dios y el poder de su gracia, y los invita a considerar las necesidades de las ciudades sin amonestar. El tiempo pasa rápidamente, y hay mucho que hacer. Deben usarse todos los agentes, para que puedan ser sabiamente aprovechadas las oportunidades actuales.
Las labores de Pablo en Antioquía, en unión con Bernabé, le fortalecieron en su convicción de que el Señor le había llamado a hacer una obra especial en el mundo gentil. En ocasión de la conversión de Pablo, el Señor había declarado que había de ser ministro a los gentiles, para abrir “sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados.” Hechos 26:18. El ángel que le apareció a Ananías le había dicho de Pablo: “Instrumento escogido me es éste, para que lleve mi nombre en presencia de los Gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel.” Hechos 9:15. Y Pablo mismo, más tarde en su vida cristiana, mientras oraba en el templo de Jerusalén, había sido visitado por un ángel del cielo, que le ordenó: “Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles.” Hechos 22:21.
Así el Señor había mandado a Pablo que entrase en el vasto campo misionero del mundo gentil. A fin de prepararlo para esta extensa y difícil tarea, Dios le había atraído en estrecha comunión consigo y había abierto ante su arrobada visión las bellezas y glorias del cielo. Se le había confiado el ministerio de hacer conocer el “misterio” que había estado “encubierto desde los tiempos eternos,” “el misterio de su voluntad, ... el cual misterio en los otros siglos no se dió a conocer a los hijos de los hombres como ahora es revelado a sus santos apóstoles y
profetas en el Espíritu: Que los Gentiles sean juntamente herederos, e incorporados, y consortes de su promesa en Cristo por el evangelio: Del cual—declara Pablo,—yo soy hecho ministro. ... A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, es dada esta gracia de anunciar entre los Gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que crió todas las cosas. Para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora notificada por la iglesia a los principados y potestades en los cielos, conforme a la determinación eterna, que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor.” Romanos 16:25; Efesios 1:9; 3:5-11.
Dios había bendecido abundantemente las labores de Pablo y Bernabé durante el año que permanecieron con los creyentes de Antioquía. Pero ni uno ni otro había sido ordenado todavía formalmente para el ministerio evangélico. Habían llegado a un punto en su experiencia cristiana cuando Dios estaba por encomendarles el cumplimiento de una empresa misionera difícil en cuya prosecución necesitarían todos los beneficios que pudieran obtenerse por medio de la iglesia.
“Había entonces en la iglesia que estaba en Antioquía, profetas y doctores: Bernabé, y Simón el que se llamaba Niger, y Lucio Cireneo, y Manahén, ... y Saulo. Ministrando pues éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra para la cual los he llamado.” Antes de ser enviados como misioneros al mundo pagano, estos apóstoles fueron dedicados solemnemente a Dios con ayuno y oración por la imposición de las manos. Así fueron autorizados por la iglesia, no solamente para enseñar la verdad, sino para cumplir el rito del bautismo, y para organizar iglesias, siendo investidos con plena autoridad eclesiástica.
La iglesia cristiana estaba entrando entonces en una era importante. La obra de proclamar el mensaje evangélico a los gentiles había de proseguirse ahora con vigor; y como resultado la iglesia iba a ser fortalecida por una gran cosecha de
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White