Cristo La Iglesia

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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 111-112

habían creído en Cristo, pero la conversión de Cornelio había de ser la primera de importancia entre los gentiles.

Había llegado el tiempo en que la iglesia de Cristo debía emprender una fase enteramente nueva de su obra. Debía abrirse la puerta que muchos de los judíos conversos habían cerrado a los gentiles. Y de entre éstos los que aceptaran el Evangelio habían de ser considerados iguales a los discípulos judíos, sin necesidad de observar el rito de la circuncisión.

¡Cuán cuidadosamente obró el Señor para vencer los prejuicios contra los gentiles, que tan firmemente había inculcado en la mente de Pedro su educación judaica! Por la visión del lienzo y de su contenido, trató de despojar la mente del apóstol de esos prejuicios, y de enseñarle la importante verdad de que en el Cielo no hay acepción de personas; que los judíos y los gentiles son igualmente preciosos a la vista de Dios; que por medio de Cristo los paganos pueden ser hechos partícipes de las bendiciones y privilegios del Evangelio.

Mientras Pedro meditaba en el significado de la visión, llegaron a Joppe los hombres enviados por Cornelio, y se hallaban delante de la puerta de la casa en que posaba. Entonces el Espíritu le dijo: “He aquí, tres hombres te buscan. Levántate, pues, y desciende, y no dudes ir con ellos; porque yo los he enviado.”

Para Pedro esa orden era penosa, y debía hacer violencia a su voluntad a cada paso que daba mientras emprendía el deber que se le imponía; pero no se atrevía a desobedecer. Así que, “descendiendo a los hombres que eran enviados por Cornelio, dijo: He aquí, yo soy el que buscáis: ¿cuál es la causa por la que habéis venido?” Ellos le refirieron su singular misión, diciendo: “Cornelio, el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene testimonio de toda la nación de los Judíos, ha recibido respuesta por un santo ángel, de hacerte venir a su casa, y oír de ti palabras.”

En obediencia a las indicaciones que acababa de recibir de Dios, el apóstol prometió ir con ellos. A la mañana siguiente

salió para Cesarea acompañado de seis de sus hermanos. Estos habían de ser testigos de todo lo que dijera o hiciera mientras visitaba a los gentiles; porque Pedro sabía que sería llamado a dar cuenta de tan directa violación de las enseñanzas judaicas.

Al entrar Pedro en la casa del gentil, Cornelio no lo saludó como a un visitante común, sino como a un ser honrado del Cielo y enviado a él por Dios. Es costumbre oriental postrarse ante un príncipe u otro alto dignatario, y que los niños se inclinen ante sus padres; pero Cornelio, embargado por la reverencia hacia el que Dios le había enviado para enseñarle, cayó en adoración a los pies del apóstol. Pedro se quedó horrorizado, y levantó al centurión, diciendo: “Levántate; yo mismo también soy hombre.”

Mientras los mensajeros de Cornelio se hallaban cumpliendo su misión, el centurión “los estaba esperando, habiendo llamado a sus parientes y los amigos más familiares,” para que juntamente con él pudiesen oír la predicación del Evangelio. Cuando Pedro llegó, halló a una gran compañía que aguardaba ansiosa de oír sus palabras.

Pedro habló primero a los congregados de la costumbre de los judíos, diciendo que ellos tenían por ilícito el trato social con gentiles, y que el practicarlo entrañaba contaminación ceremonial. “Vosotros sabéis—dijo—que es abominable a un varón Judío juntarse o llegarse a un extranjero, mas me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, llamado, he venido sin dudar. Así que pregunto: ¿Por qué causa me habéis hecho venir?”

Cornelio refirió entonces lo que le había sucedido y las palabras del ángel, diciendo en conclusión: “Así que, luego envié a ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora pues, todos nosotros estamos aquí en la presencia de Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado.”

Pedro dijo: “Por verdad hallo que Dios no hace acepción de personas; sino que de cualquiera nación que le teme y obra justicia, se agrada.”

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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