Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 38
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Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 113-115
Y luego, a ese compañía de atentos oyentes predicó el apóstol a Cristo, su vida, sus milagros, su entrega y crucifixión, su resurrección y ascensión y su obra en el cielo como representante y defensor del hombre. Mientras señalaba a los presentes a Jesús como única esperanza del pecador, Pedro mismo comprendió más plenamente el significado de la visión que había tenido, y en su corazón ardía el espíritu de la verdad que estaba presentando.
De repente, el discurso fué interrumpido por el descenso del Espíritu Santo. “Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el sermón. Y se espantaron los fieles que eran de la circuncisión, que habían venido con Pedro, de que también sobre los Gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios.
“Entonces respondió Pedro: ¿Puede alguno impedir el agua, para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros? Y les mandó bautizar en el nombre del Señor Jesús.”
Así fué comunicado el Evangelio a los que habían sido extraños, haciéndolos conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. La conversión de Cornelio y su familia no fué sino las primicias de una mies que se había de cosechar. Comenzando con esta familia, se llevó a cabo una extensa obra de gracia en esa ciudad pagana.
Hoy día Dios está buscando almas tanto entre los encumbrados como entre los humildes. Hay muchos hombres como Cornelio a quienes el Señor desea vincular con su obra en el mundo. Sus simpatías están con el pueblo del Señor, pero los vínculos que los atan al mundo los retienen firmemente. Decidirse por Cristo exige valor moral de su parte. Debieran hacerse esfuerzos especiales por esas almas cuyas responsabilidades y asociaciones les hacen correr tan gran peligro.
Dios busca obreros fervientes y humildes, que lleven el Evangelio a las clases encumbradas. Se han de obrar milagros
de genuinas conversiones, milagros que actualmente no se ven. Los mayores hombres de esta tierra no están fuera del alcance del poder de un Dios que obra maravillas. Si aquellos que son obreros juntamente con él aprovechan las oportunidades, cumpliendo fiel y valientemente su deber, Dios convertirá a hombres que ocupan puestos de responsabilidad, hombres de intelecto e influencia. Mediante el poder del Espíritu Santo, muchos aceptarán los principios divinos. Convertidos a la verdad, llegarán a ser agentes en las manos de Dios para comunicar la luz. Sentirán una preocupación especial por otras almas de esta clase descuidada. Consagrarán tiempo y dinero a la obra del Señor, y se añadirán nueva eficiencia y nuevo poder a la iglesia.
Por cuanto Cornelio vivía en obediencia a toda la instrucción que había recibido, Dios ordenó los acontecimientos de modo que se le diese más de la verdad. Se envió un mensajero de las cortes del cielo al oficial romano y a Pedro, a fin de que Cornelio pudiera ser puesto en relación con uno que podía guiarlo a una luz mayor.
Hay en nuestro mundo muchos que están más cerca del reino de Dios de lo que suponemos. En este obscuro mundo de pecado, el Señor tiene muchas joyas preciosas, hacia las que él guiará a sus mensajeros. Por doquiera hay quienes se decidirán por Cristo. Muchos apreciarán la sabiduría de Dios más que cualquier ventaja terrenal, y llegarán a ser fieles portaluces. Constreñidos por el amor de Cristo, constreñirán a otros a ir a él.
Cuando los hermanos de Judea oyeron decir que Pedro había ido a la casa de un gentil y predicado a los que en ella estaban congregados, se sorprendieron y escandalizaron. Temían que semejante conducta, que les parecía presuntuosa, hubiese de contrarrestar sus propias enseñanzas. En cuanto vieron a Pedro después de esto, le recibieron con severas censuras, diciendo: “¿Por qué has entrado a hombres incircuncisos, y has comido con ellos?”
Pedro les presentó todo el asunto. Relató su visión, e insistió en que ella le amonestaba a no observar más la distinción ceremonial de la circuncisión e incircuncisión, y a no considerar a los gentiles como inmundos. Les habló de la orden que le había sido dada de ir a los gentiles, de la llegada de los mensajeros, de su viaje a Cesarea y de la reunión con Cornelio. Relató el resumen de su entrevista con el centurión, en la que este último le había referido la visión donde se le indicaba que mandase llamar a Pedro.
“Y como comencé a hablar—dijo, relatando el incidente,—cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé del dicho del Señor, como dijo: Juan ciertamente bautizó en agua; mas vosotros seréis bautizados en Espíritu Santo. Así que, si Dios les dió el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?”
Al oír esta explicación, los hermanos callaron. Convencidos de que la conducta de Pedro estaba de acuerdo con el cumplimiento directo del plan de Dios, y que sus prejuicios y espíritu exclusivo eran totalmente contrarios al espíritu del Evangelio, glorificaron a Dios, diciendo: “De manera que también a los Gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida.”
Así, sin discusión, los prejuicios fueron quebrantados, se abandonó el espíritu exclusivista establecido por la costumbre secular, y quedó expedito el camino para la proclamación del Evangelio a los gentiles.
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White