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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 104-106

quien, cuando detuvo a Saulo en el camino a Damasco, declaró: “Para esto te he aparecido, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que apareceré a ti: librándote del pueblo y de los Gentiles, a los cuales ahora te envío, para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados.” Hechos 26:16-18.

Mientras consideraba estas cosas en su corazón, Pablo entendía más y más claramente el significado de su llamamiento “a ser apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios.” 1 Corintios 1:1. Su llamamiento había provenido, “no de los hombres, ni por hombre, mas por Jesucristo y por Dios el Padre.” Gálatas 1:1. La magnitud de la obra que le aguardaba le indujo a estudiar mucho las Sagradas Escrituras, a fin de poder predicar el Evangelio “no en sabiduría de palabras, porque no sea hecha vana la cruz de Cristo,” “mas con demostración del Espíritu y de poder,” para que la fe de todos los que lo oyeran “no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios.” 1 Corintios 1:17; 2:4, 5.

Mientras Pablo escudriñaba las Escrituras, descubrió que a través de los siglos, “no ... muchos sabios según la carne, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo flaco del mundo escogió Dios, para avergonzar lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para desahacer lo que es: para que ninguna carne se jacte en su presencia.” 1 Corintios 1:26-29. Y así, viendo la sabiduría del mundo a la luz de la cruz, Pablo se propuso “no conocer nada, ... sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” 1 Corintios 2:2 (VM).

En el curso de su ministerio ulterior, Pablo nunca perdió de vista la fuente de su sabiduría y fuerza. Oídlo años más tarde declarar todavía: “Para mí el vivir es Cristo.” Filipenses 1:21. Y otra vez: “Y ciertamente, aun reputo todas las cosas pérdida

por el eminente conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, ... para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y la virtud de su resurrección, y la participación de sus padecimientos.” Filipenses 3:8-10.

De Arabia volvió Pablo “de nuevo a Damasco” (Gálatas 1:17), “y hablaba confiadamente en el nombre de Jesús.” Incapaces los judíos de rebatir la sabiduría de sus argumentos, “hicieron entre sí consejo de matarle.” Día y noche guardaron diligentemente las puertas de la ciudad para que no escapara. Esta crisis movió a los discípulos a buscar a Dios ardientemente, y al fin, “tomándole de noche, le bajaron por el muro en una espuerta.”

Después de haber huído de Damasco, fué Pablo a Jerusalén a los tres años de su conversión, con el principal objeto de “ver a Pedro,” según él mismo declaró después. Al llegar a la ciudad donde tan conocido fuera un tiempo como Saulo el perseguidor, “tentaba de juntarse con los discípulos; mas todos tenían miedo de él, no creyendo que era discípulo.” Era difícil para ellos creer que ese fanático fariseo, que tanto había hecho para destruir la iglesia, pudiese llegar a ser un sincero seguidor de Jesús. “Entonces Bernabé, tomándole, lo trajo a los apóstoles, y contóles cómo había visto al Señor en el camino, y que le había hablado, y cómo en Damasco había hablado confiadamente en el nombre de Jesús.”

Al oír esto, los discípulos lo admitieron en su medio, y muy luego tuvieron abundantes pruebas de la sinceridad de su experiencia cristiana. El futuro apóstol de los gentiles estaba a la sazón en la ciudad donde residían muchos de sus antiguos colegas, y anhelaba explicar a estos dirigentes judíos las profecías referentes al Mesías, que se habían cumplido con el advenimiento del Salvador. Tenía Pablo la seguridad de que los doctores de Israel con quienes tan bien relacionado estuvo, eran igualmente sinceros y honrados como había sido él; pero no tuvo Pablo en cuenta el ánimo de sus colegas judíos, y se

trocaron en amargo desengaño las esperanzas que había puesto en su rápida conversión. Aunque “hablaba confiadamente en el nombre del Señor: y disputaba con los Griegos,” los dignatarios de la iglesia judaica no quisieron creer, y “procuraban matarle.” Entristecióse el corazón de Pablo. De bonísima gana hubiera dado su vida, si con ello trajera a alguien al conocimiento de la verdad. Avergonzado, pensaba en la activa parte que había tomado en el martirio de Esteban; y en su ansiedad de lavar la mancha arrojada sobre el calumniado mártir, quería vindicar la verdad por la cual había entregado Esteban su vida.

Afligido por la ceguera de los incrédulos, estaba Pablo orando en el templo, según él mismo atestiguó después, cuando cayó en éxtasis, y apareciósele un mensajero celestial que le dijo: “Date prisa, y sal prestamente fuera de Jerusalem; porque no recibirán tu testimonio de mí.” Hechos 22:18.

Pablo estaba inclinado a quedarse en Jerusalén, donde podría arrostrar la oposición. Le parecía un acto cobarde la huída, si quedándose podía convencer a algunos de los obstinados judíos de la verdad del mensaje evangélico, aunque el quedarse le costara la vida. Así que respondió: “Señor, ellos saben que yo encerraba en cárcel, y hería por las sinagogas a los que creían en ti; y cuando se derramaba la sangre de Esteban tu testigo, yo también estaba presente, y consentía a su muerte y guardaba las ropas de los que lo mataban.” Pero no estaba de acuerdo con los designios de Dios que su siervo expusiera inútilmente su vida; y el mensajero celestial replicó: “Ve, porque yo te tengo que enviar lejos a los Gentiles.” Vers. 19-21.

Al enterarse de esta visión, los hermanos se apresuraron a facilitar a Pablo la fuga, en secreto, de Jerusalén, por temor de que lo asesinaran, y “le acompañaron hasta Cesarea, y le enviaron a Tarso.” La partida de Pablo suspendió por algún tiempo la violenta oposición de los judíos, y la iglesia disfrutó de un período de sosiego, durante el cual se multiplicó el número de creyentes.

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

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