Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 33
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Lectura bíblica
Hechos 9:19-31
Hechos 9:19-31
19 y habiendo comido, recuperó las fuerzas. Saulo estuvo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. 20 Y en seguida predicaba a Jesús en las sinagogas, diciendo: --Éste es el Hijo de Dios. 21 Todos los que le oían estaban atónitos y decían: --¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre? ¿Y no ha venido acá para eso mismo, para llevarles presos ante los principales sacerdotes? 22 Pero Saulo se fortalecía aun más y confundía a los judíos que habitaban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo. 23 Pasados muchos días, los judíos consultaron entre sí para matarle; 24 pero sus asechanzas fueron conocidas por Saulo. Y guardaban aun las puertas de la ciudad de día y de noche para matarle. 25 Entonces sus discípulos tomaron a Saulo de noche y le bajaron por el muro en una canasta. 26 Cuando fue a Jerusalén, intentaba juntarse con los discípulos; y todos le tenían miedo, porque no creían que fuera discípulo. 27 Pero Bernabé le recibió y le llevó a los apóstoles. Les contó cómo había visto al Señor en el camino, y que había hablado con él, y cómo en Damasco había predicado con valentía en el nombre de Jesús. 28 Así entraba y salía con ellos en Jerusalén, 29 predicando con valentía en el nombre del Señor. Hablaba y discutía con los helenistas, pero ellos procuraban matarle. 30 Luego, cuando los hermanos lo supieron, le acompañaron hasta Cesarea y le enviaron a Tarso. 31 Entonces por toda Judea, Galilea y Samaria la iglesia tenía paz. Iba edificándose y vivía en el temor del Señor, y con el consuelo del Espíritu Santo se multiplicaba.
Versión Reina Valera Actualizada
Lectura del libro
Los Hechos de los Apóstoles, páginas 101-103
Capítulo 13—Días de preparación
Este capítulo está basado en Hechos 9:19-30.
Después de su bautismo, Pablo dejó de ayunar y permaneció “por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. Y luego en las sinagogas predicaba a Cristo, diciendo que éste era el Hijo de Dios.” Osadamente declaraba que Jesús de Nazaret era el Mesías por mucho tiempo esperado, que “fué muerto por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; ... fué sepultado, y ... resucitó al tercer día,” después de lo cual fué visto por los doce, y por otros. “Y el postrero de todos,” añadió Pablo, “como a un abortivo, me apareció a mí.” 1 Corintios 15:3, 4, 8. Sus argumentos de las profecías eran tan concluyentes, y sus esfuerzos estaban tan manifiestamente asistidos por el poder de Dios, que los judíos se confundían y eran incapaces de contestarle.
Las noticias de la conversión de Pablo llegaron a los judíos produciendo una gran sorpresa. El que había ido a Damasco “con potestad y comisión de los príncipes de los sacerdotes” (Hechos 26:12), para aprehender y perseguir a los creyentes, estaba ahora predicando el Evangelio de un Salvador crucificado y resucitado, fortaleciendo las manos de los que eran ya sus discípulos, y trayendo continuamente nuevos conversos a la fe que una vez combatió acerbamente.
Pablo había sido conocido anteriormente como un celoso defensor de la religión judía, y un incansable perseguidor de los seguidores de Jesús. Era valeroso, independiente, perseverante, y sus talentos y preparación le capacitaban para prestar casi cualquier servicio. Razonaba con extraordinaria claridad, y mediante su aplastador sarcasmo podía colocar a un oponente
en situación nada envidiable. Y ahora los judíos veían a ese joven de posibilidades extraordinarias unido a los que anteriormente había perseguido, y predicando sin temor en el nombre de Jesús.
Un general muerto en la batalla es una pérdida para su ejército, pero su muerte no da fuerza adicional al enemigo. Más cuando un hombre eminente se une al adversario, no solamente se pierden sus servicios, sino que aquellos a quienes él se une obtienen una decidida ventaja. Saulo de Tarso, en el camino a Damasco, podría fácilmente haber sido muerto por el Señor, y se hubiera restado mucha fuerza al poder perseguidor. Pero Dios en su providencia no sólo le perdonó la vida, sino que lo convirtió, transfiriendo así un campeón del bando del enemigo al bando de Cristo. Como elocuente orador y crítico severo, Pablo, con su firme propósito y denodado valor, poseía precisamente las cualidades que se necesitaban en la iglesia primitiva.
Mientras Pablo predicaba a Cristo en Damasco, todos los que lo oían se asombraban, y decían: “¿No es éste el que asolaba en Jerusalem a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos a los príncipes de los sacerdotes?” Pablo declaraba que su cambio de fe no había sido provocado por impulso o fanatismo, sino por una evidencia abrumadora. Al presentar el Evangelio, trataba de exponer con claridad las profecías relativas al primer advenimiento de Cristo. Mostraba concluyentemente que esas profecías se habían cumplido literalmente en Jesús de Nazaret. El fundamento de su fe era la segura palabra profética.
A medida que Pablo continuaba instando a sus asombrados oyentes a “que se arrepintiesen y se convirtiesen a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento” (Hechos 26:20), “mucho más se esforzaba, y confundía a los Judíos que moraban en Damasco, afirmando que éste es el Cristo.” Pero muchos endurecieron sus corazones y rehusaron responder a su mensaje; y pronto su asombro por la conversión de Saulo se trocó
en intenso odio, como el que habían manifestado para con Jesús.
La oposición se tornó tan fiera que no se le permitió a Pablo continuar sus labores en Damasco. Un mensajero del cielo le ordenó que dejara el lugar por un tiempo; y fué “a la Arabia” (Gálatas 1:17), donde halló un refugio seguro.
Allí, en la soledad del desierto, Pablo tenía amplia oportunidad para estudiar y meditar con quietud. Repasó serenamente su experiencia pasada, y se arrepintió cabalmente. Buscó a Dios con todo su corazón, sin descansar hasta saber con certeza que su arrepentimiento fué aceptado y sus pecados perdonados. Anhelaba tener la seguridad de que Jesús estaría con él en su ministerio futuro. Vació su alma de los prejuicios y tradiciones que hasta entonces habían amoldado su vida, y recibió instrucción de la Fuente de la verdad. Jesús se comunicó con él, y lo estableció en la fe concediéndole una rica medida de sabiduría y gracia.
Cuando la mente del hombre se pone en comunión con la mente de Dios, el ser finito con el Infinito, el efecto sobre el cuerpo, la mente y el alma es superior a todo cálculo. En esa comunión se halla la más elevada educación. Es el método de Dios para desarrollar a los hombres. “Amístate ahora con él” (Job 22:21), es su mensaje a la humanidad.
El solemne cometido que se dió a Pablo en ocasión de su entrevista con Ananías pesaba de modo creciente sobre su corazón. Cuando, en respuesta a las palabras: “Hermano Saulo, recibe la vista,” Pablo había mirado por primera vez el rostro de este hombre devoto, Ananías, bajo la inspiración del Espíritu Santo, le dijo: “El Dios de nuestros padres te ha predestinado para que conocieses su voluntad, y vieses a aquel Justo, y oyeses la voz de su boca. Porque has de ser testigo suyo a todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate, y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” Hechos 22:14-16.
Estas palabras estaban en armonía con las de Jesús mismo,
Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White