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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 324-330

“Estando completamente convencido—dice Miller—de que toda Escritura divinamente inspirada es útil (2 Timoteo 3:16); que en ningún tiempo fue dada por voluntad de hombre, sino que fue escrita por hombres santos inspirados del Espíritu Santo (2 Pedro 1:21), y esto ‘para nuestra enseñanza’ ‘para que por la paciencia, y por la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza’ (Romanos 15:4), no pude menos que considerar las partes cronológicas de la Biblia tan pertinentes a la Palabra de Dios y tan acreedoras a que las tomáramos en cuenta como cualquiera otra parte de las Sagradas Escrituras. Pensé por consiguiente que al tratar de comprender lo que Dios, en su misericordia, había juzgado conveniente revelarnos, yo no tenía derecho para pasar por alto los períodos proféticos”. Bliss, 75.

La profecía que parecía revelar con la mayor claridad el tiempo del segundo advenimiento, era la de Daniel 8:14: “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el Santuario” (VM). Siguiendo la regla que se había impuesto, de dejar que las Sagradas Escrituras se interpretasen a sí mismas, Miller llegó a saber que un día en la profecía simbólica representa un año (Números 14:34; Ezequiel 4:6); vio que el período de los 2.300 días proféticos, o años literales, se extendía mucho más allá del fin de la era judaica, y que por consiguiente no podía referirse al santuario de aquella economía. Miller aceptaba la creencia general de que durante la era cristiana la tierra es el santuario, y dedujo por consiguiente que la purificación del santuario predicha en (Daniel 8:14) representaba la purificación de la tierra con fuego en el segundo advenimiento de Cristo. Llegó pues a la conclusión de que si se podía encontrar el punto de partida de los 2.300 días, sería fácil fijar el tiempo del segundo advenimiento. Así quedaría revelado el tiempo de aquella gran consumación, “el tiempo en que concluiría el presente estado de cosas, con todo su orgullo y poder, su pompa y vanidad, su maldad y opresión, [...] el tiempo en que la tierra dejaría de ser maldita, en que la muerte sería destruida y se daría el galardón a los siervos de Dios, a los profetas y santos, y a todos los que temen su nombre, el tiempo en que serían destruidos los que destruyen la tierra”. Bliss, 76.

Miller siguió escudriñando las profecías con más empeño y fervor que nunca, dedicando noches y días enteros al estudio de lo que resultaba entonces de tan inmensa importancia y

absorbente interés. En el capítulo octavo de Daniel no pudo encontrar guía para el punto de partida de los 2.300 días. Aunque se le mandó que hiciera comprender la visión a Daniel, el ángel Gabriel solo le dio a este una explicación parcial. Cuando el profeta vio las terribles persecuciones que sobrevendrían a la iglesia, desfallecieron sus fuerzas físicas. No pudo soportar más, y el ángel le dejó por algún tiempo. Daniel quedó “sin fuerzas”, y estuvo “enfermo algunos días”. “Estaba asombrado de la visión—dice—mas no hubo quien la explicase”.

Y sin embargo Dios había mandado a su mensajero: “Haz que este entienda la visión”. Esa orden debía ser ejecutada. En obedecimiento a ella, el ángel, poco tiempo después, volvió hacia Daniel, diciendo: “Ahora he salido para hacerte sabio de entendimiento”; “entiende pues la palabra, y alcanza inteligencia de la visión”. Daniel 8:27, 16; 9:22, 23 (VM). Había un punto importante en la visión del capítulo octavo, que no había sido explicado, a saber, el que se refería al tiempo: el período de los 2.300 días; por consiguiente, el ángel, reanudando su explicación, se espacia en la cuestión del tiempo:

“Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad [...]. Sepas pues y entiendas, que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas; tornaráse a edificar la plaza y el muro en tiempos angustiosos. Y después de las sesenta y dos semanas se quitará la vida al Mesías, y no por sí [...]. Y en otra semana confirmará el pacto a muchos, y a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. Daniel 9:24-27.

El ángel había sido enviado a Daniel con el objeto expreso de que le explicara el punto que no había logrado comprender en la visión del capítulo octavo, el dato relativo al tiempo: “Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario”. Después de mandar a Daniel que “entienda” “la palabra” y que alcance inteligencia de “la visión”, las primeras palabras del ángel son: “Setenta semanas están determinadas sobre tu pueblo y sobre tu santa ciudad”.

La palabra traducida aquí por “determinadas”, significa literalmente “descontadas”. El ángel declara que setenta semanas, que representaban 490 años, debían ser descontadas por pertenecer especialmente a los judíos. ¿Pero de dónde fueron descontadas? Como los 2.300 días son el único período de tiempo

mencionado en el capítulo octavo, deben constituir el período del que fueron descontadas las setenta semanas; las setenta semanas deben por consiguiente formar parte de los 2.300 días, y ambos períodos deben comenzar juntos. El ángel declaró que las setenta semanas datan del momento en que salió el edicto para reedificar a Jerusalén. Si se puede encontrar la fecha de aquel edicto, queda fijado el punto de partida del gran período de los 2.300 días.

Ese decreto se encuentra en el capítulo séptimo de Esdras. Vers. 12-26. Fue expedido en su forma más completa por Artajerjes, rey de Persia, en el año 457 a. C. Pero en (Esdras 6:14) se dice que la casa del Señor fue edificada en Jerusalén “por mandamiento de Ciro, y de Darío y de Artajerjes rey de Persia”. Estos tres reyes, al expedir el decreto y al confirmarlo y completarlo, lo pusieron en la condición requerida por la profecía para que marcase el principio de los 2.300 años. Tomando el año 457 a. C. en que el decreto fue completado, como fecha de la orden, se comprobó que cada especificación de la profecía referente a las setenta semanas se había cumplido.

“Desde la salida de la palabra para restaurar y edificar a Jerusalén hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta y dos semanas”, es decir sesenta y nueve semanas, o sea 483 años. El decreto de Artajerjes fue puesto en vigencia en el otoño del año 457 a. C. Partiendo de esta fecha, los 483 años alcanzan al otoño del año 27 d. C. (véase el Apéndice, así como el diagrama de la página siguiente). Entonces fue cuando esta profecía se cumplió. La palabra “Mesías” significa “el Ungido”. En el otoño del año 27 d. C., Cristo fue bautizado por Juan y recibió la unción del Espíritu Santo.

Los 2.300 días

Este periodo profético, el más largo de la Biblia, había de extenderse, según la profecía de Daniel, desde “la salida de la palabra para restaurar y edificar Jerusalén” hasta la purificación del santuario. La orden de reedificar a Jerusalén se dio en 457 a.C. Setenta semanas (490 años) debía cortarse para los judíos, y al fin de este período, en el año 34 de nuestra era, se principió a predicar el evangelio a los gentiles. Desde que comenzó el período, en 457 a. C., hasta el Mesías Príncipe, iba a haber 69 semanas (483 años). Precisamente en el momento predicho, en el otoño del 27 d. C., Jesús fue bautizado en el Jordán por Juan el Bautista. Fue también ungido por el Espíritu Santo, e inició su ministerio público. “A la mitad de la semana” (3 años y medio más tarde) el Mesías fue cortado. El período completo de los 2.300 días se extendía de 457 a. C. hasta 1844 de nuestra era, cuando se inició en el cielo el juicio investigador.

El apóstol Pedro testifica que “a Jesús de Nazaret: [...] Dios le ungió con el Espíritu Santo y con poder”. Hechos 10:38 (VM). Y el mismo Salvador declara: “El Espíritu del Señor está sobre mí; por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres”. Después de su bautismo, Jesús volvió a Galilea, “predicando el evangelio de Dios, y diciendo: Se ha cumplido el tiempo”. Lucas 4:18; Marcos 1:14, 15 (VM).

“Y en otra semana confirmará el pacto a muchos”. La semana de la cual se habla aquí es la última de las setenta. Son los siete últimos años del período concedido especialmente a los judíos. Durante ese plazo, que se extendió del año 27 al año 34 d. C., Cristo, primero en persona y luego por intermedio de sus discípulos, presentó la invitación del evangelio especialmente a los judíos. Cuando los apóstoles salieron para proclamar las buenas nuevas del reino, las instrucciones del Salvador fueron: “Por el camino de los Gentiles no iréis, y en ciudad de Samaritanos no entréis”. Mateo 10:5, 6.

“A la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda”. En el año 31 d. C., tres años y medio después de su bautismo, nuestro Señor fue crucificado. Con el gran sacrificio ofrecido en el Calvario, terminó aquel sistema de ofrendas que durante cuatro mil años había prefigurado al Cordero de Dios. El tipo se encontró con el antitipo, y todos los sacrificios y oblaciones del sistema ceremonial debían cesar.

Las setenta semanas, o 490 años concedidos a los judíos, terminaron, como lo vimos, en el año 34 d. C. En dicha fecha, por auto del Sanedrín judaico, la nación selló su rechazamiento del evangelio con el martirio de Esteban y la persecución de los discípulos de Cristo. Entonces el mensaje de salvación, no estando más reservado exclusivamente para el pueblo elegido, fue dado al mundo. Los discípulos, obligados por la persecución a huir de Jerusalén, “andaban por todas partes, predicando la Palabra”. “Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les proclamó el Cristo”. Pedro, guiado por Dios, dio a conocer el evangelio al centurión de Cesarea, el piadoso Cornelio; el ardiente Pablo, ganado a la fe de Cristo fue comisionado para llevar las alegres nuevas “lejos [...] a los gentiles”. Hechos 8:4, 5; 22:21 (VM).

Hasta aquí cada uno de los detalles de las profecías se ha cumplido de una manera sorprendente, y el principio de las setenta semanas queda establecido irrefutablemente en el año 457 a.C. y

su fin en el año 34 d.C. Partiendo de esta fecha no es difícil encontrar el término de los 2.300 días. Las setenta semanas—490 días—descontadas de los 2.300 días, quedaban 1.810 días. Concluidos las 490 días, quedaban aún por cumplirse los 1.810 días. Contando desde 34 d.C., los 1.810 años alcanzan al año 1844. Por consiguiente los 2.300 días de Daniel 8:14 terminaron en 1844. Al fin de este gran período profético, según el testimonio del ángel de Dios, “el santuario” debía ser “purificado”. De este modo la fecha de la purificación del santuario—la cual se creía casi universalmente que se verificaría en el segundo advenimiento de Cristo—quedó definitivamente establecida.

Miller y sus colaboradores creyeron primero que los 2.300 días terminarían en la primavera de 1.844, mientras que la profecía señala el otoño de ese mismo año (véase el diagrama, p. 327, y el Apéndice). La mala inteligencia de este punto fue causa de desengaño y perplejidad para los que habían fijado para la primavera de dicho año el tiempo de la venida del Señor. Pero esto no afectó en lo más mínimo la fuerza de la argumentación que demuestra que los 2.300 días terminaron en el año 1844 y que el gran acontecimiento representado por la purificación del santuario debía verificarse entonces.

Al empezar a estudiar las Sagradas Escrituras como lo hizo, para probar que son una revelación de Dios, Miller no tenía la menor idea de que llegaría a la conclusión a que había llegado. Apenas podía él mismo creer en los resultados de su investigación. Pero las pruebas de la Santa Escritura eran demasiado evidentes y concluyentes para rechazarlas.

Había dedicado dos años al estudio de la Biblia, cuando, en 1818, llegó a tener la solemne convicción de que unos veinticinco años después aparecería Cristo para redimir a su pueblo. “No necesito hablar—dice Miller—del gozo que llenó mi corazón ante tan embelesadora perspectiva, ni de los ardientes anhelos de mi alma para participar del júbilo de los redimidos. La Biblia fue para mí entonces un libro nuevo. Era esto en verdad una fiesta de la razón; todo lo que para mí había sido sombrío, místico u oscuro en sus enseñanzas, había desaparecido de mi mente ante la clara luz que brotaba de sus sagradas páginas; y ¡oh! ¡cuán brillante y gloriosa aparecía la verdad! Todas las contradicciones y disonancias que había encontrado antes en la Palabra desaparecieron; y si bien quedaban muchas partes que no comprendía del todo, era tanta la luz que

de las Escrituras manaba para alumbrar mi inteligencia oscurecida, que al estudiarlas sentía un deleite que nunca antes me hubiera figurado que podría sacar de sus enseñanzas”. Bliss, 76, 77.

“Solemnemente convencido de que las Santas Escrituras anunciaban el cumplimiento de tan importantes acontecimientos en tan corto espacio de tiempo, surgió con fuerza en mi alma la cuestión de saber cuál era mi deber para con el mundo, en vista de la evidencia que había conmovido mi propio espíritu”. Ibíd., 81. No pudo menos que sentir que era deber suyo impartir a otros la luz que había recibido. Esperaba encontrar oposición de parte de los impíos, pero estaba seguro de que todos los cristianos se alegrarían en la esperanza de ir al encuentro del Salvador a quien profesaban amar. Lo único que temía era que en su gran júbilo por la perspectiva de la gloriosa liberación que debía cumplirse tan pronto, muchos recibiesen la doctrina sin examinar detenidamente las Santas Escrituras para ver si era la verdad. De aquí que vacilara en presentarla, por temor de estar errado y de hacer descarriar a otros. Esto le indujo a revisar las pruebas que apoyaban las conclusiones a que había llegado, y a considerar cuidadosamente cualquiera dificultad que se presentase a su espíritu. Encontró que las objeciones se desvanecían ante la luz de la Palabra de Dios como la neblina ante los rayos del sol. Los cinco años que dedicó a esos estudios le dejaron enteramente convencido de que su manera de ver era correcta.

El deber de hacer conocer a otros lo que él creía estar tan claramente enseñado en las Sagradas Escrituras, se le impuso entonces con nueva fuerza. “Cuando estaba ocupado en mi trabajo—explicó—, sonaba continuamente en mis oídos el mandato: Anda y haz saber al mundo el peligro que corre. Recordaba constantemente este pasaje: ‘Diciendo yo al impío: Impío, de cierto morirás; si tú no hablares para que se guarde el impío de su camino, el impío morirá por su pecado, mas su sangre yo la demandaré de tu mano. Y si tú avisares al impío de su camino para que de él se aparte, y él no se apartare de su camino, por su pecado morirá él, y tú libraste tu vida’. Ezequiel 33:8, 9. Me parecía que si los impíos podían ser amonestados eficazmente, multitudes de ellos se arrepentirían; y que si no eran amonestados, su sangre podía ser demandada de mi mano”. Bliss, 92.

Empezó a presentar sus ideas en círculo privado siempre que se le ofrecía la oportunidad, rogando a Dios que algún ministro sintiese la fuerza de ellas y se dedicase a proclamarlas. Pero no podía

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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