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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 331-333

librarse de la convicción de que tenía un deber personal que cumplir dando el aviso. De continuo se presentaban a su espíritu las siguientes palabras: “Anda y anúncialo al mundo; su sangre demandaré de tu mano”. Esperó nueve años; y la carga continuaba pesando sobre su alma, hasta que en 1831 expuso por primera vez en público las razones de la fe que tenía.

Así como Eliseo fue llamado cuando seguía a sus bueyes en el campo, para recibir el manto de la consagración al ministerio profético, así también Guillermo Miller fue llamado a dejar su arado y revelar al pueblo los misterios del reino de Dios. Con temblor dio principio a su obra de conducir a sus oyentes paso a paso a través de los períodos proféticos hasta el segundo advenimiento de Cristo. Con cada esfuerzo cobraba más energía y valor al ver el marcado interés que despertaban sus palabras.

A la solicitación de sus hermanos, en cuyas palabras creyó oír el llamamiento de Dios, se debió que Miller consintiera en presentar sus opiniones en público. Tenía ya cincuenta años, y no estando acostumbrado a hablar en público, se consideraba incapaz de hacer la obra que de él se esperaba. Pero desde el principio sus labores fueron notablemente bendecidas para la salvación de las almas. Su primera conferencia fue seguida de un despertamiento religioso, durante el cual treinta familias enteras, menos dos personas, fueron convertidas. Se le instó inmediatamente a que hablase en otros lugares, y casi en todas partes su trabajo tuvo por resultado un avivamiento de la obra del Señor. Los pecadores se convertían, los cristianos renovaban su consagración a Dios, y los deístas e incrédulos eran inducidos a reconocer la verdad de la Biblia y de la religión cristiana. El testimonio de aquellos entre quienes trabajara fue: “Consigue ejercer una influencia en una clase de espíritus a la que no afecta la influencia de otros hombres”. Ibíd., 138. Su predicación era para despertar interés en los grandes asuntos de la religión y contrarrestar la mundanalidad y sensualidad crecientes de la época.

En casi todas las ciudades se convertían los oyentes por docenas y hasta por centenares. En muchas poblaciones se le abrían de par en par las iglesias protestantes de casi todas las denominaciones, y las invitaciones para trabajar en ellas le llegaban generalmente de los mismos ministros de diversas congregaciones. Tenía por regla invariable no trabajar donde no hubiese sido invitado. Sin embargo pronto vio que no le era posible atender siquiera la mitad de los

llamamientos que se le dirigían. Muchos que no aceptaban su modo de ver en cuanto a la fecha exacta del segundo advenimiento, estaban convencidos de la seguridad y proximidad de la venida de Cristo y de que necesitaban prepararse para ella. En algunas de las grandes ciudades, sus labores hicieron extraordinaria impresión. Hubo taberneros que abandonaron su tráfico y convirtieron sus establecimientos en salas de culto; los garitos eran abandonados; incrédulos, deístas, universalistas y hasta libertinos de los más perdidos—algunos de los cuales no habían entrado en ningún lugar de culto desde hacía años—se convertían. Las diversas denominaciones establecían reuniones de oración en diferentes barrios y a casi cualquier hora del día los hombres de negocios se reunían para orar y cantar alabanzas. No se notaba excitación extravagante, sino que un sentimiento de solemnidad dominaba a casi todos. La obra de Miller, como la de los primeros reformadores, tendía más a convencer el entendimiento y a despertar la conciencia que a excitar las emociones.

En 1833 Miller recibió de la iglesia bautista, de la cual era miembro, una licencia que le autorizaba para predicar. Además, buen número de los ministros de su denominación aprobaban su obra, y le dieron su sanción formal mientras proseguía sus trabajos.

Viajaba y predicaba sin descanso, si bien sus labores personales se limitaban principalmente a los estados del este y del centro de los Estados Unidos. Durante varios años sufragó él mismo todos sus gastos de su bolsillo y ni aun más tarde se le costearon nunca por completo los gastos de viaje a los puntos adonde se le llamaba. De modo que, lejos de reportarle provecho pecuniario, sus labores públicas constituían un pesado gravamen para su fortuna particular que fue menguando durante este período de su vida. Era padre de numerosa familia, pero como todos los miembros de ella eran frugales y diligentes, su finca rural bastaba para el sustento de todos ellos.

En 1833, dos años después de haber principiado Miller a presentar en público las pruebas de la próxima venida de Cristo, apareció la última de las señales que habían sido anunciadas por el Salvador como precursoras de su segundo advenimiento. Jesús había dicho: “Las estrellas caerán del cielo”. Mateo 24:29. Y Juan, al recibir la visión de la escenas que anunciarían el día de Dios, declara en el Apocalipsis: “Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera echa sus higos cuando es movida de gran viento”. Apocalipsis 6:13. Esta profecía se cumplió de modo

sorprendente y pasmoso con la gran lluvia meteórica del 13 de noviembre de 1833. Fue este el más dilatado y admirable espectáculo de estrellas fugaces que se haya registrado, pues “¡sobre todos los Estados Unidos el firmamento entero estuvo entonces, durante horas seguidas, en conmoción ígnea! No ha ocurrido jamás en este país, desde el tiempo de los primeros colonos, un fenómeno celestial que despertara tan grande admiración entre unos, ni tanto terror ni alarma entre otros”. “Su sublimidad y terrible belleza quedan aún grabadas en el recuerdo de muchos [...] Jamás cayó lluvia más tupida que ésa en que cayeron los meteoros hacia la tierra; al este, al oeste, al norte y al sur era lo mismo. En una palabra, todo el cielo parecía en conmoción [...]. El espectáculo, tal como está descrito en el diario del profesor Silliman, fue visto por toda la América del Norte [...]. Desde las dos de la madrugada hasta la plena claridad del día, en un firmamento perfectamente sereno y sin nubes, todo el cielo estuvo constantemente surcado por una lluvia incesante de cuerpos que brillaban de modo deslumbrador” (R. M. Devens, American Progress; or, The Great Events of the Greatest Century, cap. 28, párrs. 1-5).

“En verdad, ninguna lengua podría describir el esplendor de tan hermoso espectáculo; [...] nadie que no lo haya presenciado puede formarse exacta idea de su esplendor. Parecía que todas las estrellas del cielo se hubiesen reunido en un punto cerca del cénit, y que fuesen lanzadas de allí, con la velocidad del rayo, en todas las direcciones del horizonte; y sin embargo no se agotaban: con toda rapidez seguíanse por miles unas tras otras, como si hubiesen sido creadas para el caso” (F. Reed, Christian Advocate and Journal, 13 de diciembre de 1833). “Es imposible contemplar una imagen más exacta de la higuera que deja caer sus higos cuando es sacudida por un gran viento” (“The Old Countryman” Evening Advertiser de Portland, 26 de noviembre de 1833).

En el Journal of Commerce de Nueva York del 14 de noviembre se publicó un largo artículo referente a este maravilloso fenómeno y en él se leía la siguiente declaración: “Supongo que ningún filósofo ni erudito ha referido o registrado jamás un suceso como el de ayer por la mañana. Hace mil ochocientos años un profeta lo predijo con toda exactitud, si entendemos que las estrellas que cayeron eran estrellas errantes o fugaces, [...] que es el único sentido verdadero y literal”.

Así se realizó la última de las señales de su venida acerca de las cuales Jesús había dicho a sus discípulos: “Cuando viereis todas

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

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