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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 321-323

Bliss, 70. Eslabón tras eslabón de la cadena de la verdad descubierta vino a recompensar sus esfuerzos, a medida que paso a paso seguía las grandes líneas de la profecía. Ángeles del cielo dirigían sus pensamientos y descubrían las Escrituras a su inteligencia.

Tomando por criterio el modo en que las profecías se habían cumplido en lo pasado, para considerar el modo en que se cumplirían las que quedaban aún por cumplirse, se convenció de que el concepto popular del reino espiritual de Cristo—un milenio temporal antes del fin del mundo—no estaba fundado en la Palabra de Dios. Esta doctrina que indicaba mil años de justicia y de paz antes de la venida personal del Señor, difería para un futuro muy lejano los terrores del día de Dios. Pero, por agradable que ella sea, es contraria a las enseñanzas de Cristo y de sus apóstoles, quienes declaran que el trigo y la cizaña crecerán juntos hasta la siega al fin del mundo; que “los malos hombres y los engañadores, irán de mal en peor”; que “en los postreros días vendrán tiempos peligrosos”; y que el reino de las tinieblas subsistirá hasta el advenimiento del Señor y será consumido por el espíritu de su boca y destruido con el resplandor de su venida. Mateo 13:30, 38-41; 2 Timoteo 3:13, 1; 2 Tesalonicenses 2:8.

La doctrina de la conversión del mundo y del reino espiritual de Cristo no era sustentada por la iglesia apostólica. No fue generalmente aceptada por los cristianos hasta casi a principios del siglo XVIII. Como todos los demás errores, este también produjo malos resultados. Enseñó a los hombres a dejar para un remoto porvenir la venida del Señor y les impidió que dieran importancia a las señales de su cercana llegada. Infundía un sentimiento de confianza y seguridad mal fundado, y llevó a muchos a descuidar la preparación necesaria para ir al encuentro de su Señor.

Miller encontró que la venida verdadera y personal de Cristo está claramente enseñada en las Santas Escrituras. San Pablo dice: “El Señor mismo descenderá del cielo con mandato soberano, con la voz del arcángel y con trompeta de Dios”. Y el Salvador declara que “verán al Hijo del hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y grande gloria”. “Porque como el relámpago sale del oriente, y se ve lucir hasta el occidente, así será la venida del Hijo del hombre”. Será acompañado por todas las huestes del cielo, pues “el Hijo del hombre” vendrá “en su

gloria, y todos los ángeles con él”. “Y enviará sus ángeles con grande estruendo de trompeta, los cuales juntarán a sus escogidos”. 1 Tesalonicenses 4:16; Mateo 24:30, 27, 31; 25:31 (VM).

A su venida los justos muertos resucitarán, y los justos que estuvieren aún vivos serán mudados. “No todos dormiremos—dice Pablo—, mas todos seremos mudados, en un momento, en un abrir de ojos, al sonar la última trompeta: porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos mudados. Porque es necesario que este cuerpo corruptible se revista de incorrupción, y que este cuerpo mortal se revista de inmortalidad”. 1 Corintios 15:51-53 (VM). Y en 1 Tesalonicenses 4:16, 17, después de describir la venida del Señor, dice: “Los muertos en Cristo se levantarán primero; luego, nosotros los vivientes, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos a las nubes, al encuentro del Señor, en el aire; y así estaremos siempre con el Señor”.

El pueblo de Dios no puede recibir el reino antes que se realice el advenimiento personal de Cristo. El Señor había dicho: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones; y apartará a los hombres unos de otros, como el pastor aparta las ovejas de las cabras: y pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!” Mateo 25:31-34 (VM). Hemos visto por los pasajes que acabamos de citar que cuando venga el Hijo del hombre, los muertos serán resucitados incorruptibles, y que los vivos serán mudados. Este gran cambio los preparará para recibir el reino; pues San Pablo dice: “La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción”. 1 Corintios 15:50 (VM). En su estado presente el hombre es mortal, corruptible; pero el reino de Dios será incorruptible y sempiterno. Por lo tanto, en su estado presente el hombre no puede entrar en el reino de Dios. Pero cuando venga Jesús, concederá la inmortalidad a su pueblo; y luego los llamará a poseer el reino, del que hasta aquí solo han sido presuntos herederos.

Estos y otros pasajes bíblicos probaron claramente a Miller que los acontecimientos que generalmente se esperaba que se

verificasen antes de la venida de Cristo, tales como el reino universal de la paz y el establecimiento del reino de Dios en la tierra, debían realizarse después del segundo advenimiento. Además, todas las señales de los tiempos y el estado del mundo correspondían a la descripción profética de los últimos días. Por el solo estudio de las Sagradas Escrituras, Miller tuvo que llegar a la conclusión de que el período fijado para la subsistencia de la tierra en su estado actual estaba por terminar.

“Otra clase de evidencia que afectó vitalmente mi espíritu—dice él—fue la cronología de las Santas Escrituras [...]. Encontré que los acontecimientos predichos, que se habían cumplido en lo pasado, se habían desarrollado muchas veces dentro de los límites de un tiempo determinado. Los ciento y veinte años hasta el diluvio (Génesis 6:3); los siete días que debían precederlo, con el anunció de cuarenta días de lluvia (Génesis 7:4); los cuatrocientos años de la permanencia de la posteridad de Abraham en Egipto (Génesis 15:13); los tres días de los sueños del copero y del panadero (Génesis 40:12-20); los siete años de Faraón (Génesis 41:28-54); los cuarenta años en el desierto (Números 14:34); los tres años y medio de hambre (1 Reyes 17:1); (véase Lucas 4:25); [...] los setenta años del cautiverio en Babilonia (Jeremías 25:11); los siete tiempos de Nabucodonosor (Daniel 4:13-16); y las siete semanas, sesenta y dos semanas, y la una semana, que sumaban setenta semanas determinadas sobre los judíos (Daniel 9:24-27); todos los acontecimientos limitados por estos períodos de tiempo no fueron una vez más que asunto profético, pero se cumplieron de acuerdo con las predicciones”. Bliss, 74, 75.

Por consiguiente, al encontrar en su estudio de la Biblia varios períodos cronológicos, que, según su modo de entenderlos, se extendían hasta la segunda venida de Cristo, no pudo menos que considerarlos como los “tiempos señalados”, que Dios había revelado a sus siervos. “Las cosas secretas—dice Moisés—pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre”, y el Señor declara por el profeta Amós que “no hará nada sin que revele su secreto a sus siervos los profetas”. Deuteronomio 29:29; Amós 3:7 (VM). Así que los que estudian la Palabra de Dios pueden confiar que encontrarán indicado con claridad en las Escrituras el acontecimiento más estupendo que debe realizarse en la historia de la humanidad.

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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