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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 262-265

convertidos. Había que proteger de los lobos rapaces a estas ovejas. Wesley no había pensado formar una nueva denominación, pero organizó a los convertidos en lo que se llamó en aquel entonces la Unión Metodista.

Misteriosa y ruda fue la oposición que estos predicadores encontraron por parte de la iglesia establecida; y sin embargo, Dios, en su sabiduría, ordenó las cosas de modo que la reforma se inició dentro de la misma iglesia. Si hubiera venido por completo de afuera, no habría podido penetrar donde tanto se necesitaba Pero como los predicadores del reavivamiento eran eclesiásticos, y trabajaban dentro del jirón de la iglesia dondequiera que encontraban oportunidad para ello, la verdad entró donde las puertas hubieran de otro modo quedado cerradas. Algunos de los clérigos despertaron de su sopor y se convirtieron en predicadores activos de sus parroquias. Iglesias que habían sido petrificadas por el formalismo fueron de pronto devueltas a la vida.

En los tiempos de Wesley, como en todas las épocas de la historia de la iglesia, hubo hombres dotados de diferentes dones que hicieron cada uno la obra que les fuera señalada. No estuvieron de acuerdo en todos los puntos de doctrina, pero todos fueron guiados por el Espíritu de Dios y unidos en el absorbente propósito de ganar almas para Cristo. Las diferencias que mediaron entre Whitefield y los Wesley estuvieron en cierta ocasión a punto de separarlos; pero habiendo aprendido a ser mansos en la escuela de Cristo, la tolerancia y el amor fraternal los reconciliaron. No tenían tiempo para disputarse cuando en derredor suyo abundaban el mal y la iniquidad y los pecadores iban hacia la ruina.

Los siervos de Dios tuvieron que recorrer un camino duro. Hombres de saber y de talento empleaban su influencia contra ellos. Al cabo de algún tiempo muchos de los eclesiásticos manifestaron hostilidad resuelta y las puertas de la iglesia se cerraron a la fe pura y a los que la proclamaban. La actitud adoptada por los clérigos al denunciarlos desde el púlpito despertó los elementos favorables a las tinieblas, la ignorancia y la iniquidad. Una y otra vez, Wesley escapó a la muerte por algún milagro de la misericordia de Dios. Cuando la ira de las turbas rugía contra él y parecía no haber ya modo de escapar, un ángel en forma de hombre se le ponía al lado, la turba retrocedía, y el siervo de Cristo salía ileso del lugar peligroso.

Hablando él de cómo se salvó de uno de estos lances dijo: “Muchos trataron de derribarme mientras descendíamos de una

montaña por una senda resbalosa que conducía a la ciudad, porque suponían, y con razón, que una vez caído allí me hubiera sido muy difícil levantarme. Pero no tropecé ni una vez, ni resbalé en la pendiente, hasta lograr ponerme fuera de sus manos [...]. Muchos quisieron sujetarme por el cuello o tirarme de los faldones para hacerme caer, pero no lo pudieron, si bien hubo uno que alcanzó a asirse de uno de los faldones de mi chaleco, el cual se le quedó en la mano, mientras que el otro faldón, en cuyo bolsillo guardaba yo un billete de banco, no fue desgarrado más que a medias [...]. Un sujeto fornido que venía detrás de mí me dirigió repetidos golpes con un garrote de encina. Si hubiera logrado pegarme una sola vez en la nuca, se habría ahorrado otros esfuerzos. Pero siempre se le desviaba el golpe, y no puedo explicar el porqué, pues me era imposible moverme hacia la derecha ni hacia la izquierda [...]. Otro vino corriendo entre el tumulto y levantó el brazo para descargar un golpe sobre mí, se detuvo de pronto y solo me acarició la cabeza, diciendo: ‘¡Qué cabello tan suave tiene!’ [...]”

Los primeros que se convirtieron fueron los héroes del pueblo, los que en todas las ocasiones capitanean a la canalla, uno de los cuales había ganado un premio peleando en el patio de los osos [...].

“¡Cuán suave y gradualmente nos prepara Dios para hacer su voluntad! Dos años ha, pasó rozándome el hombro un pedazo de ladrillo. Un año después recibí una pedrada en la frente. Hace un mes que me asestaron un golpe y hoy por la tarde, dos; uno antes de que entrara en el pueblo y otro después de haber salido de él; pero fue como si no me hubieran tocado; pues si bien un desconocido me dio un golpe en el pecho con todas sus fuerzas y el otro en la boca con tanta furia que la sangre brotó inmediatamente, no sentí más dolor que si me hubieran dado con una paja”. John Wesley, Works 3:297, 298.

Los metodistas de aquellos días—tanto el pueblo como los predicadores—eran blanco de escarnios y persecuciones, tanto por parte de los miembros de la iglesia establecida como de gente irreligiosa excitada por las calumnias inventadas por esos miembros. Se les arrastraba ante los tribunales de justicia, que lo eran solo de nombre, pues la justicia en aquellos días era rara en las cortes. Con frecuencia eran atacados por sus perseguidores. La turba iba de casa en casa y les destruía los muebles y lo que encontraban, llevándose lo que les parecía y ultrajando brutalmente a hombres, mujeres y niños. En ocasiones se fijaban avisos en las calles convocando a

los que quisiesen ayudar a quebrar ventanas y saquear las casas de los metodistas, dándoles cita en lugar y hora señalados. Estos atropellos de las leyes divinas y humanas se dejaban pasar sin castigo. Se organizó una persecución en forma contra gente cuya única falta consistía en que procuraban apartar a los pecadores del camino de la perdición y llevarlos a la senda de la santidad.

Refiriéndose Juan Wesley a las acusaciones dirigidas contra él y sus compañeros, dijo: “Algunos sostienen que las doctrinas de estos hombres son falsas, erróneas e hijas del entusiasmo; que son cosa nueva y desconocida hasta últimamente; que son cuaquerismo, fanatismo o romanismo. Todas estas pretensiones han sido cortadas de raíz y ha quedado bien probado que cada una de dichas doctrinas es sencillamente doctrina de las Escrituras, interpretada por nuestra propia iglesia. De consiguiente no pueden ser falsas ni erróneas, si es que la Escritura es verdadera”. “Otros sostienen que las doctrinas son demasiado estrictas; que hacen muy estrecho el camino del cielo, y esta es en verdad la objeción fundamental (pues durante un tiempo fue casi la única) y en realidad se basan implícitamente en ella otras más que se presentan en varias formas. Sin embargo, ¿hacen el camino del cielo más estrecho de lo que fue hecho por el Señor y sus apóstoles? ¿Son sus doctrinas más estrictas que las de la Biblia? Considerad solo unos cuantos textos: ‘Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas [...]. Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. ‘Mas yo os digo, que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio’. ‘Si pues coméis, o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios’”.

“Si su doctrina es más estricta que esto, son dignos de censura; pero en conciencia bien sabéis que no lo es. Y ¿quién puede ser menos estricto sin corromper la Palabra de Dios? ¿Podría algún mayordomo de los misterios de Dios ser declarado fiel si alterase parte siquiera de tan sagrado depósito? No; nada puede quitar; nada puede suavizar; antes está en la obligación de manifestar a todos: ‘No puedo rebajar las Escrituras a vuestro gusto. Tenéis que elevaros vosotros mismos hasta ellas o morir para siempre’. El grito general es: ‘¡Qué faltos de caridad son estos hombres!’ ¿Que no tienen caridad? ¿En qué respecto? ¿No dan de comer al hambriento y no visten al desnudo? ‘No; no es este el asunto, que en esto no faltan; donde les falta caridad es en su modo de juzgar, pues creen que

ninguno puede ser salvo a no ser que siga el camino de ellos’”. Ibíd., 3:152, 153.

El decaimiento espiritual que se había dejado sentir en Inglaterra poco antes del tiempo de Wesley, era debido en gran parte a las enseñanzas contrarias a la ley de Dios, o antinomianismo. Muchos afirmaban que Cristo había abolido la ley moral y que los cristianos no tenían obligación de observarla; que el creyente está libre de la “esclavitud de las buenas obras”. Otros, si bien admitían la perpetuidad de la ley, declaraban que no había necesidad de que los ministros exhortaran al pueblo a que obedeciera los preceptos de ella, puesto que los que habían sido elegidos por Dios para ser salvos eran “llevados por el impulso irresistible de la gracia divina, a practicar la piedad y la virtud”, mientras los sentenciados a eterna perdición, “no tenían poder para obedecer a la ley divina”.

Otros, que también sostenían que “los elegidos no pueden ser destituidos de la gracia ni perder el favor divino” llegaban a la conclusión aun más horrenda de que “sus malas acciones no son en realidad pecaminosas ni pueden ser consideradas como casos de violación de la ley divina, y que en consecuencia los tales no tienen por qué confesar sus pecados ni romper con ellos por medio del arrepentimiento” (McClintock-Strong, Cyclopedia, art. Antinomians). Por lo tanto, declaraban que aun uno de los pecados más viles “considerado universalmente como enorme violación de la ley divina, no es pecado a los ojos de Dios”, siempre que lo hubiera cometido uno de los elegidos, “porque es característica esencial y distintiva de estos que no pueden hacer nada que desagrade a Dios ni que sea contrario a la ley”.

Estas monstruosas doctrinas son esencialmente lo mismo que la enseñanza posterior de los educadores y teólogos populares, quienes dicen que no existe ley divina como norma inmutable de lo que es recto, y que más bien la norma de la moralidad es indicada por la sociedad y que ha estado siempre sujeta a cambios. Todas estas ideas son inspiradas por el mismo espíritu maestro: por aquel que, hasta entre los seres impecables de los cielos, comenzó su obra de procurar suprimir las justas restricciones de la ley de Dios.

La doctrina de los decretos divinos que fija de una manera inalterable el carácter de los hombres, había inducido a muchos a rechazar virtualmente la ley de Dios. Wesley se oponía tenazmente a los errores de los maestros del antinomianismo y probaba que

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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