Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 244
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 259-261
podido por servir a Dios”. Pero como el amigo que le dirigiera la pregunta no parecía satisfecho con la contestación, Wesley pensó: “¡Qué! ¿No son suficientes mis esfuerzos para fundar mi esperanza? ¿Me privaría de mis esfuerzos? No tengo otra cosa en que confiar”. John Whitehead, Life of the Rev. Charles Wesley, 102. Tales eran las tinieblas que habían caído sobre la iglesia, y ocultaban la expiación, despojaban a Cristo de su gloria y desviaban la mente de los hombres de su única esperanza de salvación: la sangre del Redentor crucificado.
Wesley y sus compañeros fueron inducidos a reconocer que la religión verdadera tiene su asiento en el corazón y que la ley de Dios abarca los pensamientos lo mismo que las palabras y las obras. Convencidos de la necesidad de tener santidad en el corazón, así como de conducirse correctamente, decidieron seriamente iniciar una vida nueva. Por medio de esfuerzos diligentes acompañados de fervientes oraciones, se empeñaban en vencer las malas inclinaciones del corazón natural. Llevaban una vida de abnegación, de amor y de humillación, y observaban rigurosamente todo aquello que a su parecer podría ayudarles a alcanzar lo que más deseaban: una santidad que pudiese asegurarles el favor de Dios. Pero no lograban lo que buscaban. Vanos eran sus esfuerzos para librarse de la condenación del pecado y para quebrantar su poder. Era la misma lucha que había tenido que sostener Lutero en su celda del convento en Erfurt. Era la misma pregunta que le había atormentado el alma: “¿Cómo puede el hombre ser justo para con Dios?” Job 9:2 (VM).
El fuego de la verdad divina que se había extinguido casi por completo en los altares del protestantismo, iba a prender de nuevo al contacto de la antorcha antigua que al través de los siglos había quedado firme en manos de los cristianos de Bohemia. Después de la Reforma, el protestantismo había sido pisoteado en Bohemia por las hordas de Roma. Los que no quisieron renunciar a la verdad tuvieron que huir. Algunos de ellos que se refugiaron en Sajonia guardaron allí la antigua fe, y de los descendientes de estos cristianos provino la luz que iluminó a Wesley y a sus compañeros.
Después de haber sido ordenados para el ministerio, Juan y Carlos Wesley fueron enviados como misioneros a América. Iba también a bordo un grupo de moravos. Durante el viaje se desencadenaron violentas tempestades, y Juan Wesley, viéndose frente a la muerte, no se sintió seguro de estar en paz con Dios. Los
alemanes, por el contrario, manifestaban una calma y una confianza que él no conocía.
“Ya mucho antes—dice él—, había notado yo el carácter serio de aquella gente. De su humildad habían dado pruebas manifiestas, al prestarse a desempeñar en favor de los otros pasajeros las tareas serviles que ninguno de los ingleses quería hacer, y al no querer recibir paga por estos servicios, declarando que era un beneficio para sus altivos corazones y que su amante Salvador había hecho más por ellos. Y día tras día manifestaban una mansedumbre que ninguna injuria podía alterar. Si eran empujados, golpeados o derribados, se ponían en pie y se marchaban a otro lugar; pero sin quejarse. Ahora se presentaba la oportunidad de probar si habían quedado tan libres del espíritu de temor como del de orgullo, ira y venganza. Cuando iban a la mitad del salmo que estaban entonando al comenzar su culto, el mar embravecido desgarró la vela mayor, anegó la embarcación, y penetró de tal modo por la cubierta que parecía que las tremendas profundidades nos habían tragado ya. Los ingleses se pusieron a gritar desaforadamente. Los alemanes siguieron cantando con serenidad. Más tarde, pregunté a uno de ellos: ‘¿No tuvisteis miedo?’ Y me dijo: ‘No; gracias a Dios’. Volví a preguntarle: ‘¿No tenían temor las mujeres y los niños?’ Y me contestó con calma: ‘No; nuestras mujeres y nuestros niños no tienen miedo de morir’”. Whitehead, o cit., 10.
Al arribar a Savannah vivió Wesley algún tiempo con los moravos y quedó muy impresionado por su comportamiento cristiano. Refiriéndose a uno de sus servicios religiosos que contrastaba notablemente con el formalismo sin vida de la iglesia anglicana, dijo: “La gran sencillez y solemnidad del acto entero casi me hicieron olvidar los diecisiete siglos transcurridos, y me parecía estar en una de las asambleas donde no había fórmulas ni jerarquía, sino donde presidía Pablo, el tejedor de tiendas, o Pedro, el pescador, y donde se manifestaba el poder del Espíritu”. Ibíd., 11, 12.
Al regresar a Inglaterra, Wesley, bajo la dirección de un predicador moravo llegó a una comprensión más clara de la fe bíblica. Llegó al convencimiento de que debía renunciar por completo a depender de sus propias obras para la salvación, y confiar plenamente en el “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. En una reunión de la sociedad morava, en Londres, se leyó una declaración de Lutero que describía el cambio que obra el Espíritu de Dios en el corazón del creyente. Al escucharlo Wesley, se encendió
la fe en su alma. “Sentí—dice—calentarse mi corazón de un modo extraño”. “Sentí entrar en mí la confianza en Cristo y en Cristo solo, para mi salvación; y fuéme dada plena seguridad de que había quitado mis pecados, sí, los míos, y de que me había librado a mí de la ley del pecado y de la muerte”. Ibíd., 52.
Durante largos años de arduo y enojoso trabajo, de rigurosa abnegación, de censuras y de humillación, Wesley se había sostenido firme en su propósito de buscar a Dios. Al fin le encontró y comprobó que la gracia que se había empeñado en ganar por medio de oraciones y ayunos, de limosnas y sacrificios, era un don “sin dinero y sin precio”.
Una vez afirmado en la fe de Cristo, ardió su alma en deseos de esparcir por todas partes el conocimiento del glorioso evangelio de la libre gracia de Dios. “Considero el mundo entero como mi parroquia—decía él—, y dondequiera que esté, encuentro oportuno, justo y de mi deber declarar a todos los que quieran oírlas, las alegres nuevas de la salvación”. Ibíd., 74.
Siguió llevando una vida de abnegación y rigor, ya no como base sino como resultado de la fe; no como raíz sino como fruto de la santidad. La gracia de Dios en Cristo es el fundamento de la esperanza del cristiano, y dicha gracia debe manifestarse en la obediencia. Wesley consagró su vida a predicar las grandes verdades que había recibido: la justificación por medio de la fe en la sangre expiatoria de Cristo, y el poder regenerador del Espíritu Santo en el corazón, que lleva fruto en una vida conforme al ejemplo de Cristo.
Whitefield y los Wesley habían sido preparados para su obra por medio de un profundo sentimiento de su propia perdición; y para poder sobrellevar duras pruebas como buenos soldados de Jesucristo, se habían visto sometidos a una larga serie de escarnios, burlas y persecución, tanto en la universidad, como al entrar en el ministerio. Ellos y otros pocos que simpatizaban con ellos fueron llamados despectivamente “metodistas” por sus condiscípulos incrédulos, pero en la actualidad el apodo es considerado como honroso por una de las mayores denominaciones de Inglaterra y América.
Como miembros de la iglesia de Inglaterra estaban muy apegados a sus formas de culto, pero el Señor les había señalado en su Palabra un modelo más perfecto. El Espíritu Santo les constriñó a predicar a Cristo y a este crucificado. El poder del Altísimo acompañó sus labores. Millares fueron convencidos y verdaderamente
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White