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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 266-268

son contrarios a las Escrituras. “Porque la gracia de Dios que trae salvación a todos los hombres, se manifestó”. “Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador; el cual quiere que todos los hombres sean salvos, y que vengan al conocimiento de la verdad. Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dio a sí mismo en precio del rescate por todos”. Tito 2:11; 1 Timoteo 2:3-6. El Espíritu de Dios es concedido libremente para que todos puedan echar mano de los medios de salvación. Así es cómo Cristo “la Luz verdadera”, “alumbra a todo hombre que viene a este mundo”. Juan 1:9. Los hombres se privan de la salvación porque rehusan voluntariamente la dádiva de vida.

En contestación al aserto de que a la muerte de Cristo quedaron abolidos los preceptos del Decálogo juntamente con los de la ley ceremonial, decía Wesley: “La ley moral contenida en los Diez Mandamientos y sancionada por los profetas, Cristo no la abolió. Al venir al mundo, no se propuso suprimir parte alguna de ella. Esta es una ley que jamás puede ser abolida, pues permanece firme como fiel testigo en los cielos [...]. Existía desde el principio del mundo, habiendo sido escrita no en tablas de piedra sino en el corazón de todos los hijos de los hombres al salir de manos del Creador. Y no obstante estar ahora borradas en gran manera por el pecado las letras tiempo atrás escritas por el dedo de Dios, no pueden serlo del todo mientras tengamos conciencia alguna del bien y del mal. Cada parte de esta ley ha de seguir en vigor para toda la humanidad y por todos los siglos; porque no depende de ninguna consideración de tiempo ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia sujeta a alteración, sino que depende de la naturaleza de Dios mismo, de la del hombre y de la invariable relación que existe entre uno y otro.

“‘No he venido para abrogar, sino a cumplir’. [...] Sin duda quiere [el Señor] dar a entender en este pasaje—según se colige por el contexto—que vino a establecerla en su plenitud a despecho de cómo puedan interpretarla los hombres; que vino a aclarar plenamente lo que en ella pudiera haber de oscuro; vino para poner de manifiesto la verdad y la importancia de cada una de sus partes; para demostrar su longitud y su anchura, y la medida exacta de cada mandamiento que la ley contiene y al mismo tiempo la altura y la profundidad, la inapreciable pureza y la espiritualidad de ella en todas sus secciones” (Wesley, sermón 25).

Wesley demostró la perfecta armonía que existe entre la ley y el evangelio. “Existe, pues, entre la ley y el evangelio la relación más estrecha que se pueda concebir. Por una parte, la ley nos abre continuamente paso hacia el evangelio y nos lo señala; y por otra, el evangelio nos lleva constantemente a un cumplimiento exacto de la ley. La ley, por ejemplo, nos exige que amemos a Dios y a nuestro prójimo, y que seamos mansos, humildes y santos. Nos sentimos incapaces de estas cosas y aun más, sabemos que ‘a los hombres esto es imposible;’ pero vemos una promesa de Dios de darnos ese amor y de hacernos humildes, mansos y santos; nos acogemos a este evangelio y a estas alegres nuevas; se nos da conforme a nuestra fe; y ‘la justicia de la ley se cumple en nosotros’ por medio de la fe que es en Cristo Jesús [...].

“Entre los más acérrimos enemigos del evangelio de Cristo—dijo Wesley—, se encuentran aquellos que ‘juzgan la ley’ misma abierta y explícitamente y ‘hablan mal de ella’; que enseñan a los hombres a quebrantar (a disolver, o anular la obligación que impone) no solo uno de los mandamientos de la ley, ya sea el menor o el mayor, sino todos ellos de una vez [...]. La más sorprendente de todas las circunstancias que acompañan a este terrible engaño, consiste en que los que se entregan a él creen que realmente honran a Cristo cuando anulan su ley, y que ensalzan su carácter mientras destruyen su doctrina. Sí, le honran como le honró Judas cuando le dijo: ‘Salve, Maestro. Y le besó’. Y él podría decir también a cada uno de ellos: ‘¿Con beso entregas al Hijo del hombre?’ No es otra cosa que entregarle con un beso hablar de su sangre y despojarle al mismo tiempo de su corona; despreciar una parte de sus preceptos, con el pretexto de hacer progresar su evangelio. Y en verdad nadie puede eludir el cargo, si predica la fe de una manera que directa o indirectamente haga caso omiso de algún aspecto de la obediencia: si predica a Cristo de un modo que anule o debilite en algo el más pequeño de los mandamientos de Dios” (ibíd., sermón 35).

Y a los que insistían en que “la predicación del evangelio satisface todas las exigencias de la ley”, Wesley replicaba: “Lo negamos rotundamente. No satisface ni siquiera el primer fin de la ley que es convencer a los hombres de su pecado, despertar a los que duermen aún al borde del infierno”. El apóstol Pablo dice que “por medio de la ley es el conocimiento del pecado”, “y mientras no esté el hombre completamente convencido de sus pecados, no puede sentir verdaderamente la necesidad de la sangre expiatoria de

Cristo [...]. Como lo dijo nuestro Señor, ‘los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos’. Es por lo tanto absurdo ofrecerle médico al que está sano o que cuando menos cree estarlo. Primeramente tenéis que convencerle de que está enfermo; de otro modo no os agradecerá la molestia que por él os dais. Es igualmente absurdo ofrecer a Cristo a aquellos cuyo corazón no ha sido quebrantado todavía” (ibíd.).

De modo que, al predicar el evangelio de la gracia de Dios, Wesley, como su Maestro, procuraba “engrandecer” la ley y hacerla “honorable”. Hizo fielmente la obra que Dios le encomendara y gloriosos fueron los resultados que le fue dado contemplar. Hacia el fin de su larga vida de más de ochenta años—de los cuales consagró más de medio siglo a su ministerio itinerante—sus fieles adherentes sumaban más de medio millón de almas. Pero las multitudes que por medio de sus trabajos fueron rescatadas de la ruina y de la degradación del pecado y elevadas a un nivel más alto de pureza y santidad, y el número de los que por medio de sus enseñanzas han alcanzado una experiencia más profunda y más rica, nunca se conocerán hasta que toda la familia de los redimidos sea reunida en el reino de Dios. La vida de Wesley encierra una lección de incalculable valor para cada cristiano. ¡Ojalá que la fe y la humildad, el celo incansable, la abnegación y el desprendimiento de este siervo de Cristo se reflejasen en las iglesias de hoy!

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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