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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 191-194

Igualmente, en Augsburgo, lo que el emperador había prohibido que se predicase desde el púlpito se proclamó en el palacio. Lo que había sido estimado aun indigno de ser escuchado por los sirvientes, era escuchado con admiración por los amos y señores del imperio. El auditorio se componía de reyes y de nobles, los predicadores eran príncipes coronados, y el sermón era la verdad real de Dios. “Desde los tiempos apostólicos—dice un escritor—, no hubo obra tan grandiosa, ni tan inmejorable confesión” (ibíd.).

“Cuanto ha sido dicho por los luteranos, es cierto, y no lo podemos negar”, declaraba un obispo papista. “¿Podéis refutar con buenas razones la confesión hecha por el elector y sus aliados?” preguntaba otro obispo al doctor Eck. “Sí, lo puedo—respondía—, pero no con los escritos de los apóstoles y los profetas, sino con los concilios y con los escritos de los padres”. “Comprendo—repuso el que hacía la pregunta—. Según su opinión, los luteranos están basados en las Escrituras, en tanto que nosotros estamos fuera de ellas” (ibíd., cap. 8).

Varios príncipes alemanes fueron convertidos a la fe reformada, y el mismo emperador declaró que los artículos protestantes contenían la verdad. La confesión fue traducida a muchos idiomas y circuló por toda Europa, y en las generaciones subsiguientes millones la aceptaron como expresión de su fe.

Los fieles siervos de Dios no trabajaban solos. Mientras que los principados y potestades de los espíritus malos se ligaban contra ellos, el Señor no desamparaba a su pueblo. Si sus ojos hubieran podido abrirse habrían tenido clara evidencia de la presencia y el auxilio divinos, que les fueron concedidos como a los profetas en la antigüedad. Cuando el siervo de Eliseo mostró a su amo las huestes enemigas que los rodeaban sin dejarles cómo escapar, el profeta oró: “Te ruego, Jehová, que abras sus ojos para que vea”. 2 Reyes 6:17 (RV95). Y he aquí el monte estaba lleno de carros y caballos de fuego: el ejército celestial protegía al varón de Dios. Del mismo modo, había ángeles que cuidaban a los que trabajaban en la causa de la Reforma.

Uno de los principios que sostenía Lutero con más firmeza, era que no se debía acudir al poder secular para apoyar la Reforma, ni recurrir a las armas para defenderla. Se alegraba de la circunstancia de que los príncipes del imperio confesaran el evangelio; pero cuando estos mismos príncipes intentaron unirse en una liga defensiva, declaró que “la doctrina del evangelio debía ser defendida solamente por Dios [...]. Cuanto menos interviniesen los

hombres en esta obra, más notable sería la intervención de Dios en su favor. Todas las precauciones políticas propuestas, eran, según su modo de ver, hijas de un temor indigno y de una desconfianza pecaminosa” (ibíd., lib. 10, cap. 14).

Cuando enemigos poderosos se unían para destruir la fe reformada y millares de espadas parecían desenvainarse para combatirla, Lutero escribió: “Satanás manifiesta su ira; conspiran pontífices impíos; y nos amenaza la guerra. Exhortad al pueblo a que luche con fervor ante al trono de Dios, en fe y ruegos, para que nuestros adversarios, vencidos por el Espíritu de Dios, se vean obligados a ser pacíficos. Nuestra más ingente necesidad, la primera cosa que debemos hacer, es orar; haced saber al pueblo que en esta hora él mismo se halla expuesto al filo de la espada y a la ira del diablo; haced que ore” (ibíd.).

En otra ocasión, con fecha posterior, refiriéndose a la liga que trataban de organizar los príncipes reformados, Lutero declaró que la única arma que debería emplearse en esa causa era “la espada del Espíritu”. Escribió al elector de Sajonia: “No podemos en conciencia aprobar la alianza propuesta. Preferiríamos morir diez veces antes que el evangelio fuese causa de derramar una gota de sangre. Nuestra parte es ser como ovejas del matadero. La cruz de Cristo hay que llevarla. No tema su alteza. Más podemos nosotros con nuestras oraciones que todos nuestros enemigos con sus jactancias. Más que nada evitad que se manchen vuestras manos con la sangre de vuestros hermanos. Si el emperador exige que seamos llevados ante sus tribunales, estamos listos para comparecer. No podéis defender la fe: cada cual debe creer a costa suya” (ibíd., cap. 1).

Del lugar secreto de oración fue de donde vino el poder que hizo estremecerse al mundo en los días de la gran Reforma. Allí, con santa calma, se mantenían firmes los siervos de Dios sobre la roca de sus promesas. Durante la agitación de Augsburgo, Lutero “no dejó de dedicar tres horas al día a la oración; y este tiempo lo tomaba de las horas del día más propicias al estudio”. En lo secreto de su vivienda se le oía derramar su alma ante Dios con palabras “de adoración, de temor y de esperanza, como si hablara con un amigo”. “Sé que eres nuestro Padre y nuestro Dios—decía—, y que has de desbaratar a los que persiguen a tus hijos, porque tú también estás envuelto en el mismo peligro que nosotros. Todo este asunto es tuyo y si en él estamos también interesados nosotros es porque a ello nos constreñiste. Defiéndenos, pues, ¡oh Padre!” (ibíd., lib. 14, cap. 6).

A Melanchton que se hallaba agobiado bajo el peso de la ansiedad y del temor, le escribió: “¡Gracia y paz en Jesucristo! ¡En Cristo, digo, y no en el mundo! ¡Amén! Aborrezco de todo corazón esos cuidados exagerados que os consumen. Si la causa es injusta, abandonadla, y si es justa, ¿por qué hacer mentir la promesa de Aquel que nos manda dormir y descansar sin temor? [...] Jesucristo no faltará en la obra de justicia y de verdad. Él vive, él reina, ¿qué, pues, temeremos?” (ibíd.).

Dios oyó los clamores de sus hijos. Infundió gracia y valor a los príncipes y ministros para que sostuvieran la verdad contra las potestades de las tinieblas de este mundo. Dice el Señor: “¡He aquí que yo pongo en Sión la piedra principal del ángulo, escogida, preciosa; y aquel que creyere en ella no quedará avergonzado!” 1 Pedro 2:6 (VM). Los reformadores protestantes habían edificado sobre Cristo y las puertas del infierno no podían prevalecer contra ellos.

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El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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