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Lectura del libro

El Conflicto de los Siglos, páginas 189-190

orden de arresto contra el importuno profesor de Heidelberg. A Melanchton no le cabía duda de que Dios había salvado a su amigo enviando a uno de los santos ángeles para avisarle del peligro.

Melanchton permaneció en la ribera del río hasta que las aguas mediaran entre su amado amigo y aquellos que le buscaban para quitarle la vida. Así que le vio a salvo, en la ribera opuesta, exclamó: ‘Ya está fuera del alcance de las garras de los que tienen sed de sangre inocente’. De regreso en su casa, se le dijo a Melanchton que unos emisarios habían estado buscando a Gryneo y registrándolo todo de arriba abajo” (ibíd.).

La Reforma debía alcanzar mayor preeminencia ante los poderosos de la tierra. El rey Fernando se había negado a oír a los príncipes evangélicos, pero iban a tener estos la oportunidad de presentar su causa ante el emperador y ante la asamblea de los dignatarios del estado y de la iglesia. Para calmar las disensiones que perturbaban al imperio, Carlos V, un año después de la protesta de Spira, convocó una dieta en Augsburgo, manifestando que él mismo la presidiría en persona. Y a ella fueron convocados los jefes de la causa protestante.

Grandes peligros amenazaban a la Reforma; pero sus defensores confiaron su causa a Dios, y se comprometieron a permanecer firmes y fieles al evangelio. Los consejeros del elector de Sajonia le instaron a que no compareciera ante la dieta. Decían ellos que el emperador pedía la presencia de los príncipes para atraerlos a una trampa. “¿No era arriesgarlo todo, eso de encerrarse dentro de los muros de una ciudad, a merced de un poderoso enemigo?” Otros en cambio decían: “Si los príncipes se portan con valor, la causa de Dios está salvada”. “Fiel es Dios y nunca nos abandonará”, decía Lutero (ibíd., lib. 14, cap. 2). El elector y su comitiva se encaminaron a Augsburgo. Todos conocían el peligro que les amenazaba, y muchos seguían adelante con triste semblante y corazón turbado. Pero Lutero, que los acompañara hasta Coburgo, reanimó su débil fe cantando el himno escrito en el curso de aquel viaje: “Castillo fuerte es nuestro Dios”. Muchos lúgubres presentimientos se desvanecieron y muchos corazones apesadumbrados sintieron alivio, al oír las inspiradas estrofas.

Los príncipes reformados habían resuelto redactar una exposición sistemática de sus opiniones, con pruebas de las Santas Escrituras, y presentarla a la dieta; y la preparación de ella fue encomendada a Lutero, Melanchton y sus compañeros. Esta confesión fue aceptada

por los protestantes como expresión genuina de su fe, y se reunieron para firmar tan importante documento. Fue esta una ocasión solemne y decisiva. Estaban muy deseosos los reformadores de que su causa no se confundiera con los asuntos políticos, y creían que la Reforma no debía ejercer otra influencia que la que procede de la Palabra de Dios. Cuando los príncipes cristianos se adelantaron a firmar la confesión, Melanchton se interpuso, diciendo: “A los teólogos y a los ministros es a quienes corresponde proponer estas cosas; reservemos para otros asuntos la autoridad de los poderosos de esta tierra”. “No permita Dios—replicó Juan de Sajonia—que sea yo excluido. Estoy resuelto a cumplir con mi deber, sin preocuparme de mi corona. Deseo confesar al Señor. Mi birrete y mi toga de elector no me son tan preciosos como la cruz de Cristo”. Habiendo dicho esto, firmó. Otro de los príncipes, al tomar la pluma para firmar, dijo: “Si la honra de mi Señor Jesucristo lo requiere, estoy listo [...] para sacrificar mis bienes y mi vida”. “Preferiría dejar a mis súbditos, mis estados y la tierra de mis padres, para irme bordón en mano—prosiguió diciendo—, antes que recibir otra doctrina que la contenida en esta confesión” (ibíd., cap. 6). Tal era la fe y el arrojo de aquellos hombres de Dios.

Llegó el momento señalado para comparecer ante el emperador. Carlos V, sentado en su trono, rodeado de los electores y los príncipes, dio audiencia a los reformadores protestantes. Se dio lectura a la confesión de fe de estos. Fueron presentadas con toda claridad las verdades del evangelio ante la augusta asamblea, y señalados los errores de la iglesia papal. Con razón fue llamado aquel día “el día más grande de la Reforma y uno de los más gloriosos en la historia del cristianismo y de la humanidad” (ibíd., cap. 7).

Hacía apenas unos cuantos años que el monje de Wittenberg se presentara solo en Worms ante el concilio nacional; y ahora, en vez de él se veían los más nobles y poderosos príncipes del imperio. A Lutero no se le había permitido comparecer en Augsburgo, pero estaba presente por sus palabras y por sus oraciones. “Me lleno de gozo—escribía—, por haber llegado hasta esta hora en que Cristo ha sido ensalzado públicamente por tan ilustres confesores y en tan gloriosa asamblea” (ibíd.). Así se cumplió lo que dicen las Sagradas Escrituras: “Hablaré de tus testimonios delante de los reyes”. Salmos 119:46.

En tiempo de Pablo, el evangelio, por cuya causa se le encarceló, fue presentado así a los príncipes y nobles de la ciudad imperial.

El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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