Cristo La Iglesia
Plan Encuentro 2 Día 230
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Lectura del libro
El Conflicto de los Siglos, páginas 185-188
“Rechacemos este decreto—dijeron los príncipes—. En asuntos de conciencia la mayoría no tiene poder”. Declararon los diputados: “Es al decreto de 1526 al que debemos la paz de que disfruta el imperio: su abolición llenaría a Alemania de disturbios y facciones. Es incompetente la dieta para hacer más que conservar la libertad religiosa hasta tanto que se reúna un concilio general” (ibíd.). Proteger la libertad de conciencia es un deber del estado, y es el límite de su autoridad en materia de religión. Todo gobierno secular que intenta regir las observancias religiosas o imponerlas por medio de la autoridad civil, sacrifica precisamente el principio por el cual lucharon tan noblemente los cristianos evangélicos.
Los papistas resolvieron concluir con lo que llamaban una “atrevida obstinación”. Para principiar, procuraron sembrar disensiones entre los que sostenían la causa de la Reforma e intimidar a quienes todavía no se habían declarado abiertamente por ella. Los representantes de las ciudades libres fueron citados a comparecer ante la dieta y se les exigió que declarasen si accederían a las condiciones del edicto. Pidieron ellos que se les diera tiempo para contestar, lo que no les fue concedido. Al llegar el momento en que cada cual debía dar su opinión personal, casi la mitad de los circunstantes se declararon por los reformadores. Los que así se negaron a sacrificar la libertad de conciencia y el derecho de seguir su juicio individual, harto sabían que su actitud les acarrearía las críticas, la condenación y la persecución. Uno de los delegados dijo: “Debemos negar la Palabra de Dios, o ser quemados” (ibíd.).
El rey Fernando, representante del emperador ante la dieta, vio que el decreto causaría serios disturbios, a menos que se indujese a los príncipes a aceptarlo y apoyarlo. En vista de esto, apeló al arte de la persuasión, pues sabía muy bien que emplear la fuerza contra semejantes hombres no tendría otro resultado que confirmarlos más en sus resoluciones. “Suplicó a los príncipes que aceptasen el decreto, asegurándoles que este acto llenaría de regocijo al emperador”. Pero estos hombres leales reconocían una autoridad superior a todos los gobernantes de la tierra, y contestaron con toda calma: “Nosotros obedeceremos al emperador en todo aquello que contribuya a mantener la paz y la gloria de Dios” (ibíd.).
Finalmente manifestó el rey al elector y a sus amigos en presencia de la dieta que el edicto “iba a ser promulgado como decreto imperial”, y que “lo único que les quedaba era someterse a la decisión de la mayoría”. Y habiéndose expresado así, salió de la asamblea,
sin dar oportunidad a los reformadores para discutir o replicar. “En vano estos le mandaron mensajeros para instarle a que volviera”. A las súplicas de ellos, solo contestó: “Es asunto concluido; no queda más que la sumisión” (ibíd.).
El partido imperial estaba convencido de que los príncipes cristianos se aferrarían a las Santas Escrituras como a algo superior a las doctrinas y a los mandatos de los hombres; sabía también que allí donde se adoptara esta actitud, el papado sería finalmente derrotado. Pero, como lo han hecho millares desde entonces, mirando “las cosas que se ven”, se lisonjeó de que la causa del emperador y del papa quedaba firme, y muy débil la de los reformadores. Si estos solo hubieran dependido del auxilio humano, habrían resultado tan impotentes como los suponían los papistas. Pero aunque débiles en número, y en desacuerdo con Roma, tenían fuerza. Apelaban “de las decisiones de la dieta a la Palabra de Dios, y del emperador Carlos a Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores” (ibíd., cap. 6).
Como Fernando se negara a tener en cuenta las convicciones de los príncipes, decidieron estos no hacer caso de su ausencia, sino presentar sin demora su protesta ante el concilio nacional. Formularon en consecuencia la siguiente declaración que fue presentada a la dieta:
“Protestamos por medio de este manifiesto, ante Dios, nuestro único Creador, Conservador, Redentor y Salvador, y que un día será nuestro Juez, como también ante todos los hombres y todas las criaturas, y hacemos presente, que nosotros, en nuestro nombre, y por nuestro pueblo, no daremos nuestro consentimiento ni nuestra adhesión de manera alguna al propuesto decreto, en todo aquello que sea contrario a Dios, a su santa Palabra, a los derechos de nuestra conciencia, y a la salvación de nuestras almas”.
“¡Cómo! ¿Ratificar nosotros este edicto? No podemos admitir que cuando el Dios todopoderoso llame a un hombre a su conocimiento, no se le permita abrazar este conocimiento divino”. “No hay doctrina verdadera sino la que esté conforme con la Palabra de Dios [...]. El Señor prohibe la enseñanza de cualquiera otra doctrina [...]. Las Santas Escrituras deberían explicarse con otros textos más claros; [...] este santo Libro es, en todo cuanto es necesario al cristiano, de fácil interpretación, y propio para suministrar luces. Estamos resueltos, por la gracia divina, a mantener la predicación pura y exclusiva de la Palabra de Dios sola, tal como la contienen
los libros bíblicos del Antiguo y Nuevo Testamento, sin alteraciones de ninguna especie. Esta Palabra es la única verdad; es la regla segura de toda doctrina y de toda vida, y no puede faltar ni engañarnos. El que edifica sobre este fundamento estará firme contra todos los poderes del infierno, mientras que cuanta vanidad se le oponga caerá delante de Dios”.
“Por tanto, rechazamos el yugo que se nos impone”. “Al mismo tiempo esperamos que su majestad imperial se portará con nosotros como príncipe cristiano que ama a Dios sobre todas las cosas, y declaramos que estamos dispuestos a prestarle a él lo mismo que a vosotros, graciosos y dignísimos señores, todo el afecto y la obediencia que creemos deberos en justicia” (ibíd.).
Este acto produjo honda impresión en el ánimo de la dieta. La mayoría de ella se sorprendió y alarmó ante el arrojo de los que suscribían semejante protesta. El porvenir se presentaba incierto y proceloso. Las disensiones, las contiendas y el derramamiento de sangre parecían inevitables. Pero los reformadores, firmes en la justicia de su causa, y entregándose en brazos del Omnipotente, se sentían “fuertes y animosos”.
“Los principios contenidos en esta célebre protesta [...] constituyen la esencia misma del protestantismo. Ahora bien, esta protesta se opone a dos abusos del hombre en asuntos de fe: el primero es la intervención del magistrado civil, y el segundo la autoridad arbitraria de la iglesia. En lugar de estos dos abusos, el protestantismo sobrepone la autoridad de la conciencia a la del magistrado, y la de la Palabra de Dios a la de la iglesia visible. En primer lugar, niega la competencia del poder civil en asuntos de religión y dice con los profetas y apóstoles: ‘Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres’. A la corona de Carlos V sobrepone la de Jesucristo. Es más: sienta el principio de que toda enseñanza humana debe subordinarse a los oráculos de Dios” (ibíd.). Los protestantes afirmaron además el derecho que les asistía para expresar libremente sus convicciones en cuanto a la verdad. Querían no solamente creer y obedecer, sino también enseñar lo que contienen las Santas Escrituras, y negaban el derecho del sacerdote o del magistrado para intervenir en asuntos de conciencia. La protesta de Spira fue un solemne testimonio contra la intolerancia religiosa y una declaración en favor del derecho que asiste a todos los hombres para adorar a Dios según les dicte la conciencia.
El acto estaba consumado. Grabado quedaba en la memoria de millares de hombres y consignado en las crónicas del cielo, de donde ningún esfuerzo humano podía arrancarlo. Toda la Alemania evangélica hizo suya la protesta como expresión de su fe. Por todas partes la consideraban como prenda de una era nueva y más halagüeña. Uno de los príncipes expresóse así ante los protestantes de Spira: “Que el Todopoderoso, que os ha concedido gracia para que le confeséis enérgicamente, con libertad y denuedo, se digne conservaros en esta firmeza cristiana hasta el día de la eternidad” (ibíd.).
Si la Reforma, después de alcanzado tan notable éxito, hubiese contemporizado con el mundo para contar con su favor, habría sido infiel a Dios y a sí misma, y hubiera labrado su propia ruina. La experiencia de aquellos nobles reformadores encierra una lección para todas las épocas venideras. No ha cambiado en nada el modo en que trabaja Satanás contra Dios y contra su Palabra; se opone hoy tanto como en el siglo XVI a que las Escrituras sean reconocidas como guía de la vida. En la actualidad los hombres se han alejado mucho de sus doctrinas y preceptos, y se hace muy necesario volver al gran principio protestante: la Biblia, únicamente la Biblia, como regla de la fe y del deber. Satanás sigue valiéndose de todos los medios de que dispone para destruir la libertad religiosa. El mismo poder anticristiano que rechazaron los protestantes de Spira procura ahora, con redoblado esfuerzo, restablecer su perdida supremacía. La misma adhesión incondicional a la Palabra de Dios que se manifestó en los días tan críticos de la Reforma del siglo XVI, es la única esperanza de una reforma en nuestros días.
Aparecieron señales precursoras de peligros para los protestantes, juntamente con otras indicadoras de que la mano divina protegía a los fieles. Por aquel entonces fue cuando “Melanchton llevó como a escape a su amigo Simón Gryneo por las calles de Spira, rumbo al Rin, y le instó a que cruzase el río sin demora. Admirado Gryneo, deseaba saber el motivo de tan repentina fuga. Melanchton le contestó: ‘Un anciano de aspecto augusto y venerable, pero que me es desconocido, se me apareció y me dio la noticia de que en un minuto los agentes de la justicia iban a ser despachados por Fernando para arrestar a Gryneo’”.
Durante el día, Gryneo se había escandalizado al oír un sermón de Faber, eminente doctor papista, y al fin de él le reconvino por haber defendido “ciertos errores detestables”. ‘Faber disimuló su enojo, pero inmediatamente se dirigió al rey y obtuvo de él una
El Conflicto de los Siglos · Ellen G. White