Cristo El Camino
Plan Encuentro 1 Día 287
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Lectura del libro
El Deseado de Todas las Gentes, páginas 610-613
discípulo de que Cristo leía su propósito secreto. Pero ahora Jesús habló más claramente. Sentado a la mesa con los discípulos, dijo, mirándolos: “No hablo de todos vosotros: y sé los que he elegido: mas para que se cumpla la Escritura: El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar.”
Aun entonces los discípulos no sospecharon de Judas. Pero vieron que Cristo parecía muy afligido. Una nube se posó sobre todos ellos, un presentimiento de alguna terrible calamidad cuya naturaleza no comprendían. Mientras comían en silencio, Jesús dijo: “De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar.” Al oír estas palabras, el asombro y la consternación se apoderaron de ellos. No podían comprender cómo cualquiera de ellos pudiese traicionar a su divino Maestro. ¿Por qué causa podría traicionarle? ¿Y ante quién? ¿En el corazón de quién podría nacer tal designio? ¡Por cierto que no sería en el de ninguno de los doce favorecidos, que, sobre todos los demás, habían tenido el privilegio de oír sus enseñanzas, que habían compartido su admirable amor, y hacia quienes había manifestado tan grande consideración al ponerlos en íntima comunión con él!
Al darse cuenta del significado de sus palabras y recordar cuán ciertos eran sus dichos, el temor y la desconfianza propia se apoderaron de ellos. Comenzaron a escudriñar su propio corazón para ver si albergaba algún pensamiento contra su Maestro. Con la más dolorosa emoción, uno tras otro preguntó: “¿Soy yo, Señor?” Pero Judas guardaba silencio. Al fin, Juan, con profunda angustia, preguntó: “Señor, ¿quién es?” Y Jesús contestó: “El que mete la mano conmigo en el plato, ése me ha de entregar. A la verdad el Hijo del hombre va, como está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! bueno le fuera al tal hombre no haber nacido.” Los discípulos se habían escrutado mutuamente los rostros al preguntar: “¿Soy yo, Señor?” Y ahora el silencio de Judas atraía todos los ojos hacia él. En medio de la confusión de preguntas y expresiones de asombro, Judas no había oído las palabras de Jesús en respuesta a la pregunta de Juan. Pero ahora, para escapar al escrutinio de los discípulos, preguntó como ellos: “¿Soy yo, Maestro?” Jesús replicó solemnemente: “Tú lo has dicho.”
Sorprendido y confundido al ver expuesto su propósito, Judas se levantó apresuradamente para salir del aposento. “Entonces Jesús le dice: Lo que haces, hazlo más presto.... Como él pues hubo tomado el bocado, luego salió: y era ya noche.” Era verdaderamente noche para el traidor cuando, apartándose de Cristo, penetró en las tinieblas de afuera.
Hasta que hubo dado este paso, Judas no había traspasado la posibilidad de arrepentirse. Pero cuando abandonó la presencia de su Señor y de sus condiscípulos, había hecho la decisión final. Había cruzado el límite.
Admirable había sido la longanimidad de Jesús en su trato con esta alma tentada. Nada que pudiera hacerse para salvar a Judas se había dejado de lado. Después que se hubo comprometido dos veces a entregar a su Señor, Jesús le dió todavía oportunidad de arrepentirse. Leyendo el propósito secreto del corazón del traidor, Cristo dió a Judas la evidencia final y convincente de su divinidad. Esto fué para el falso discípulo el último llamamiento al arrepentimiento. El corazón divinohumano de Cristo no escatimó súplica alguna que pudiera hacer. Las olas de la misericordia, rechazadas por el orgullo obstinado, volvían en mayor reflujo de amor subyugador. Pero aunque sorprendido y alarmado al ver descubierta su culpabilidad, Judas se hizo tan sólo más resuelto en ella. Desde la cena sacramental, salió para completar la traición.
Al pronunciar el ay sobre Judas, Cristo tenía también un propósito de misericordia para con sus discípulos. Les dió así la evidencia culminante de su carácter de Mesías. “Os lo digo antes que se haga—dijo,—para que cuando se hiciere, creáis que yo soy.” Si Jesús hubiese guardado silencio, en aparente ignorancia de lo que iba a sobrevenirle, los discípulos podrían haber pensado que su Maestro no tenía previsión divina, y que había sido sorprendido y entregado en las manos de la turba homicida. Un año antes, Jesús había dicho a los discípulos que había escogido a doce, y que uno de ellos era diablo. Ahora las palabras que había dirigido a Judas demostraban que su Maestro conocía plenamente su traición e iban a fortalecer la fe de los discípulos fieles durante su humillación. Y cuando Judas hubiese llegado a su horrendo fin, recordarían el ay pronunciado por Jesús sobre el traidor.
El Salvador tenía otro propósito aún. No había privado de su ministerio a aquel que sabía era el traidor. Los discípulos no comprendieron sus palabras cuando dijo, mientras les lavaba los pies: “No estáis limpios todos,” ni tampoco cuando declaró en la mesa: “El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar.”Juan 13:11, 18. Pero más tarde, cuando su significado quedó aclarado, vieron allí pruebas de la paciencia y misericordia de Dios hacia el que más gravemente pecara.
Aunque Jesús conocía a Judas desde el principio, le lavó los pies. Y el traidor tuvo ocasión de unirse con Cristo en la participación del sacramento. Un Salvador longánime ofreció al pecador todo incentivo para recibirle, para arrepentirse y ser limpiado de la contaminación del pecado. Este ejemplo es para nosotros. Cuando suponemos que alguno está en error y pecado, no debemos separarnos de él. No debemos dejarle presa de la tentación por algún apartamiento negligente, ni impulsarle al terreno de batalla de Satanás. Tal no es el método de Cristo. Porque los discípulos estaban sujetos a yerros y defectos, Cristo lavó sus pies, y todos menos uno de los doce fueron traídos al arrepentimiento.
El ejemplo de Cristo prohibe la exclusividad en la cena del Señor. Es verdad que el pecado abierto excluye a los culpables. Esto lo enseña claramente el Espíritu Santo.1 Corintios 5:11. Pero, fuera de esto, nadie ha de pronunciar juicio. Dios no ha dejado a los hombres el decir quiénes se han de presentar en estas ocasiones. Porque ¿quién puede leer el corazón? ¿Quién puede distinguir la cizaña del trigo? “Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así de aquel pan, y beba de aquella copa.” Porque “cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor.” “El que come y bebe indignamente, juicio come y bebe para sí, no discerniendo el cuerpo del Señor.”1 Corintios 11:28, 27, 29.
Cuando los creyentes se congregan para celebrar los ritos, están presentes mensajeros invisibles para los ojos humanos. Puede haber un Judas en el grupo, y en tal caso hay allí mensajeros del príncipe de las tinieblas, porque ellos acompañan a todos los que se niegan a ser dirigidos por el Espíritu Santo. Los ángeles celestiales están también presentes. Estos visitantes
invisibles están presentes en toda ocasión tal. Pueden entrar en el grupo personas que no son de todo corazón siervos de la verdad y la santidad, pero que desean tomar parte en el rito. No debe prohibírseles. Hay testigos que estuvieron presentes cuando Jesús lavó los pies de los discípulos y de Judas. Hay ojos más que humanos que contemplan la escena.
Por el Espíritu Santo, Cristo está allí para poner el sello a su propio rito. Está allí para convencer y enternecer el corazón. Ni una mirada, ni un pensamiento de contrición escapa a su atención. El aguarda al arrepentido y contrito de corazón. Todas las cosas están listas para la recepción de aquella alma. El que lavó los pies de Judas anhela lavar de cada corazón la mancha del pecado.
Nadie debe excluirse de la comunión porque esté presente alguna persona indigna. Cada discípulo está llamado a participar públicamente de ella y dar así testimonio de que acepta a Cristo como Salvador personal. Es en estas ocasiones designadas por él mismo cuando Cristo se encuentra con los suyos y los fortalece por su presencia. Corazones y manos indignos pueden administrar el rito; sin embargo Cristo está allí para ministrar a sus hijos. Todos los que vienen con su fe fija en él serán grandemente bendecidos. Todos los que descuidan estos momentos de privilegio divino sufrirán una pérdida. Acerca de ellos se puede decir con acierto: “No estáis limpios todos.”
Al participar con sus discípulos del pan y del vino, Cristo se comprometió como su Redentor. Les confió el nuevo pacto, por medio del cual todos los que le reciben llegan a ser hijos de Dios, coherederos con Cristo. Por este pacto, venía a ser suya toda bendición que el cielo podía conceder para esta vida y la venidera. Este pacto había de ser ratificado por la sangre de Cristo. La administración del sacramento había de recordar a los discípulos el sacrificio infinito hecho por cada uno de ellos como parte del gran conjunto de la humanidad caída.
Pero el servicio de la comunión no había de ser una ocasión de tristeza. Tal no era su propósito. Mientras los discípulos del Señor se reunen alrededor de su mesa, no han de recordar y lamentar sus faltas. No han de espaciarse en su experiencia religiosa pasada, haya sido ésta elevadora o deprimente. No han de recordar las divergencias existentes entre ellos y sus
El Deseado de Todas las Gentes · Ellen G. White