Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 97
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 159-161
has muerto a tus hermanos, a la familia de tu padre, los cuales eran mejores que tú: he aquí Jehová herirá tu pueblo de una grande plaga.”
En cumplimiento de esta profecía, “despertó Jehová contra Joram el espíritu de los Filisteos, y de los Arabes que estaban junto a los Etíopes; y subieron contra Judá, e invadieron la tierra, y tomaron toda la hacienda que hallaron en la casa del rey, y a sus hijos, y a sus mujeres; que no le quedó hijo, sino Joacaz el menor de sus hijos.
“Después de todo esto Jehová lo hirió en las entrañas de una enfermedad incurable. Y aconteció que, pasando un día tras otro, al fin, al cabo de dos años,” murió de esa “enfermedad muy penosa.” “Y reinó en lugar suyo Ochozías, su hijo.” 2 Crónicas 21:12-19; 2 Reyes 8:24.
Joram, hijo de Acab, reinaba todavía en el reino de Israel cuando su sobrino Ocozías subió al trono de Judá. Ocozías reinó solamente un año y durante ese tiempo, bajo la influencia de su madre Atalía, quien “le aconsejaba a obrar impíamente,” “anduvo en el camino de la casa de Achab, e hizo lo malo en ojos de Jehová.” 2 Crónicas 22:3; 2 Reyes 8:27. Vivía todavía su abuela Jezabel, y él se alió audazmente con Joram de Israel, su tío.
Ocozías de Judá no tardó en llegar a un fin trágico. Los miembros sobrevivientes de la casa de Acab fueron en verdad, “después de la muerte de su padre,” los que “le aconsejaron para su perdición.” 2 Crónicas 22:3, 4. Mientras Ocozías visitaba a su tío en Jezreel, Dios indicó al profeta Eliseo que mandase a uno de los hijos de los profetas a Ramot de Galaad para ungir a Jehú rey de Israel. Las fuerzas combinadas de Judá e Israel estaban entonces empeñadas en una campaña militar contra los sirios de Ramot de Galaad. Joram había sido herido en batalla, y había regresado a Jezreel, dejando a Jehú encargado de los ejércitos reales.
Al ungir a Jehú, el mensajero de Eliseo declaró: “Yo te he ungido por rey sobre el pueblo de Jehová, sobre Israel.” Y
luego dió solemnemente a Jehú un encargo especial del cielo. El Señor declaró por su mensajero: “Herirás a la casa de Achab tu señor, para que yo vengue la sangre de mis siervos los profetas, y la sangre de todos los siervos de Jehová, de la mano de Jezabel. Y perecerá toda la casa de Achab.” 2 Reyes 9:6-8.
Después que fuera proclamado rey por el ejército, Jehú se dirigió apresuradamente a Jezreel, donde inició su obra de ejecutar a los que habían preferido deliberadamente continuar en el pecado e inducir a otros a hacer lo mismo. Fueron muertos Joram de Israel, Ocozías de Judá y Jezabel la reina madre, con “todos los que habían quedado de la casa de Achab en Jezreel,” así como “todos sus príncipes,” “todos sus familiares, y ... sus sacerdotes.” Pasaron a cuchillo a “todos los profetas de Baal, a todos sus siervos, y a todos sus sacerdotes” que moraban en el centro dedicado al culto de Baal cerca de Samaria. Los ídolos fueron derribados y quemados, y el templo de Baal quedó en ruinas. “Así extinguió Jehú a Baal de Israel.” 2 Reyes 10:11, 19, 28.
Llegaron noticias de esta ejecución general a Atalía, hija de Jezabel, que ejercía todavía autoridad en el reino de Judá. Cuando vió que su hijo, el rey de Judá, había muerto “levantóse y destruyó toda la simiente real de la casa de Judá.” En esa matanza perecieron todos los descendientes de David que pudieran ser elegidos para el trono, con excepción de un niñito llamado Joas, a quien escondió en las dependencias del templo la esposa de Joiada el sumo sacerdote. Durante seis años el niño permaneció escondido, “entre tanto Athalía reinaba en el país.” 2 Crónicas 22:10, 12.
Al fin de este plazo, “los Levitas y todo Judá” (2 Crónicas 23:8), se unieron con Joiada el sumo sacerdote para coronar y ungir al niño Joas, y le aclamaron como su rey. “Y batiendo las manos dijeron: ¡Viva el rey!” 2 Reyes 11:12.
“Y como Athalía oyó el estruendo de la gente que corría, y de los que bendecían al rey, vino al pueblo a la casa de Jehová.” 2 Crónicas 23:12. “Y como miró, he aquí el rey que estaba
junto a la columna, conforme a la costumbre, y los príncipes y los trompetas junto al rey; y que todo el pueblo del país hacía alegrías, y que tocaban las trompetas.
“Entonces Athalía, rasgando sus vestidos, clamó a voz en cuello: ¡Traición! ¡Traición!” 2 Reyes 11:14. Pero Joiada ordenó a los oficiales que echaran mano de ella y de todos sus secuaces, para conducirlos fuera del templo a un lugar donde debían ejecutarlos.
Así pereció el último miembro de la casa de Acab. El terrible mal que resultara de su unión con Jezabel subsistió hasta que pereció el último de sus descendientes. Aun en la tierra de Judá, donde el culto del verdadero Dios no había sido nunca desechado formalmente, Atalía había logrado seducir a muchos. Inmediatamente después de la ejecución de la reina impenitente, “todo el pueblo de la tierra entró en el templo de Baal, y derribáronlo: asimismo despedazaron enteramente sus altares y sus imágenes, y mataron a Mathán sacerdote de Baal delante de los altares.” 2 Reyes 11:18.
Siguió una reforma. Los que participaron en la aclamación de Joas como rey, habían hecho un pacto solemne de que “serían pueblo de Jehová.” Y una vez eliminada del reino de Judá la mala influencia de la hija de Jezabel, y una vez muertos los sacerdotes de Baal y su templo destruído, “todo el pueblo del país hizo alegrías: y la ciudad estuvo quieta.” 2 Crónicas 23:16, 21.
Profetas y Reyes · Ellen G. White