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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 157-158

Los apóstoles de casi todas las formas de espiritismo aseveran tener el poder de curar. Atribuyen este poder a la electricidad, el magnetismo, los remedios que obran, dicen, por “simpatía,” o a fuerzas latentes en la mente humana. Y no son pocos, aun en esta era cristiana, los que se dirigen a tales curanderos en vez de confiar en el poder del Dios viviente y en la capacidad de médicos bien preparados. La madre que vela al lado de la cama de su niño enfermo exclama: “Nada puedo hacer ya. ¿No hay médico que tenga poder para sanar a mi hijo?” Se le habla de las curaciones admirables realizadas por algún clarividente o sanador magnético, y le confía a su amado, colocándolo tan ciertamente en las manos de Satanás como si éste estuviese a su lado. En muchos casos la vida futura del niño queda dominada por un poder satánico que parece imposible quebrantar.

Dios tuvo motivos de desagrado en la impiedad de Ocozías. ¿Qué había dejado de hacer el Señor para conquistar el corazón de Israel, e inspirarle confianza en su poder? Durante siglos, había dado a su pueblo pruebas de su bondad y amor sin iguales. Desde el principio, le había demostrado que sus “delicias son con los hijos de los hombres.” Proverbios 8:31. Había sido un auxilio siempre presente para todos los que le buscaran con sinceridad. Sin embargo, en esa ocasión, el rey de Israel, al apartarse de Dios para solicitar ayuda al peor enemigo de su pueblo, proclamó a los paganos que tenía más confianza en sus ídolos que en el Dios del cielo. Asimismo le deshonran hoy hombres y mujeres cuando se apartan del Manantial de fuerza y sabiduría para pedir ayuda o consejo a las potestades de las tinieblas. Si el acto de Ocozías provocó la ira de Dios, ¿cómo considerará él a los que, teniendo aun más luz, deciden seguir una conducta similar?

Los que se entregan al sortilegio de Satanás, pueden jactarse de haber recibido grandes beneficios; pero ¿prueba esto que su conducta fué sabia o segura? ¿Qué representaría el que la vida fuese prolongada? ¿O que se obtuviesen ganancias

temporales? ¿Puede haber al fin compensación por haber despreciado la voluntad de Dios? Cualesquiera ganancias aparentes resultarían al fin en una pérdida irreparable. No podemos quebrantar con impunidad una sola barrera que Dios haya erigido para proteger a su pueblo del poder de Satanás.

Como Ocozías no tenía hijo, le sucedió Joram, su hermano, quien reinó sobre las diez tribus por doce años, durante los cuales vivía todavía su madre, Jezabel, y continuó ejerciendo su mala influencia sobre los asuntos de la nación. Muchos del pueblo seguían practicando costumbres idólatras. Joram mismo “hizo lo malo en ojos de Jehová, aunque no como su padre y su madre; porque quitó las estatuas de Baal que su padre había hecho. Mas allegóse a los pecados de Jeroboam, hijo de Nabat, que hizo pecar a Israel; y no se apartó de ellos.” 2 Reyes 3:2, 3.

Fué mientras Joram reinaba sobre Israel cuando Josafat murió, y el hijo de él, también llamado Joram, subió al trono del reino de Judá. Por su casamiento con la hija de Acab y Jezabel, Joram de Judá se vió estrechamente ligado con el rey de Israel; y durante su reinado siguió en pos de Baal, “como hizo la casa de Achab.” “Demás de esto hizo altos en los montes de Judá, e hizo que los moradores de Jerusalem fornicasen, y a ello impelió a Judá.” 2 Crónicas 21:6, 11.

No se dejó al rey de Judá continuar sin reprensión en su terrible apostasía. El profeta Elías no había sido trasladado todavía, y no pudo guardar silencio mientras el reino de Judá seguía por el mismo camino que había llevado al reino septentrional al borde de la ruina. El profeta envió a Joram de Judá una comunicación escrita en la cual el rey impío leyó estas palabras pavorosas:

“Jehová, el Dios de David tu padre, ha dicho así: Por cuanto no has andado en los caminos de Josaphat tu padre, ni en los caminos de Asa, rey de Judá, antes has andado en el camino de los reyes de Israel, y has hecho que fornicase Judá, y los moradores de Jerusalem, como fornicó la casa de Achab; y además

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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