Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 75
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 121-122
abundantemente” (Hebreos 6:17) a sus siervos la fuerza que necesitan para las pruebas. Los planes de los enemigos de su obra pueden parecer bien trazados y firmemente asentados; pero Dios puede anular los más enérgicos de ellos. Y lo hace cómo y cuándo quiere; a saber cuando ve que la fe de sus siervos ha sido suficientemente probada.
Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día. ¿Estáis tentados a ceder a presentimientos ansiosos o al abatimiento absoluto? En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. El conoce vuestra necesidad. Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables. No temáis que deje de cumplir su promesa. El es la verdad eterna. Nunca cambiará el pacto que hizo con los que le aman. Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige. El apóstol Pablo atestiguó: “Me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi potencia en la flaqueza se perfecciona... Por lo cual me gozo en las flaquezas, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias por Cristo; porque cuando soy flaco, entonces soy poderoso.” 2 Corintios 12:9, 10.
¿Desamparó Dios a Elías en su hora de prueba? ¡Oh, no! Amaba a su siervo, tanto cuando Elías se sentía abandonado de Dios y de los hombres como cuando, en respuesta a su oración, el fuego descendió del cielo e iluminó la cumbre de la montaña. Mientras Elías dormía, le despertaron un toque suave y una voz agradable. Se sobresaltó y, temiendo que el enemigo le hubiese descubierto, se dispuso a huir. Pero el rostro compasivo que se inclinaba sobre él no era el de un enemigo, sino de un amigo. Dios había mandado a un ángel del cielo para que alimentase a su siervo. “Levántate, come,” dijo el ángel. “Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y un vaso de agua.”
Después que Elías hubo comido el refrigerio preparado
para él, se volvió a dormir. Por segunda vez, vino el ángel. Tocando al hombre agotado, dijo con compasiva ternura: “Levántate, come: porque gran camino te resta.” “Levantóse pues, y comió y bebió;” y con la fuerza que le dió ese alimento pudo viajar “cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, Horeb,” donde halló refugio en una cueva.
Profetas y Reyes · Ellen G. White