Cristo Nuestra Esperanza

Plan Encuentro 4 Día 49

Día 49 ▾
Aa
Tamaño Letra Tema

Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 80-82

Capítulo 8—La apostasía nacional

Desde la muerte de Jeroboam hasta el momento en que Elías compareció ante Acab, el pueblo de Israel sufrió una constante decadencia espiritual. Gobernada la nación por hombres que no temían a Jehová y que alentaban extrañas formas de culto, la mayor parte de ese pueblo fué olvidando rápidamente su deber de servir al Dios vivo, y adoptó muchas de las prácticas idólatras.

Nadab, hijo de Jeroboam, ocupó el trono de Israel tan sólo durante algunos meses. Su carrera dedicada al mal quedó repentinamente tronchada por una conspiración encabezada por Baasa, uno de sus generales, para alcanzar el dominio. Mataron a Nadab, con toda la parentela que podría haberle sucedido, “conforme a la palabra de Jehová que él habló por su siervo Ahías Silonita; por los pecados de Jeroboam que él había cometido, y con los cuales hizo pecar a Israel.” 1 Reyes 15:29, 30.

Así pereció la casa de Jeroboam. El culto idólatra introducido por él atrajo sobre los culpables ofensores los juicios retributivos del Cielo; y sin embargo los gobernantes que siguieron: Baasa, Ela, Zimri y Omri, durante un plazo de casi cuarenta años, continuaron en la misma mala conducta fatal.

Durante la mayor parte de este tiempo de apostasía en Israel, Asa gobernaba en el reino de Judá. Durante muchos años “hizo Asa lo bueno y lo recto en los ojos de Jehová su Dios. Porque quitó los altares del culto ajeno, y los altos; quebró las imágenes, y taló los bosques; y mandó a Judá que buscasen a Jehová el Dios de sus padres, y pusiesen por obra la ley y sus mandamientos. Quitó asimismo de todas las

ciudades de Judá los altos y las imágenes, y estuvo el reino quieto delante de él.” 2 Crónicas 14:2-5.

La fe de Asa se vió muy probada cuando “Zera Etíope con un ejército de mil millares, y trescientos carros” (2 Crónicas 14:9) invadió su reino. En esa crisis, Asa no confió en las “ciudades fuertes” que había construído en Judá, con muros dotados de “torres, puertas, y barras,” ni en los “hombres diestros.” Vers. 6-8. El rey confiaba en Jehová de los ejércitos, en cuyo nombre Israel había obtenido en tiempos pasados maravillosas liberaciones. Mientras disponía a sus fuerzas en orden de batalla, solicitó la ayuda de Dios.

Los ejércitos oponentes se hallaban frente a frente. Era un momento de prueba para los que servían al Señor. ¿Habían confesado todo pecado? ¿Tenían los hombres de Judá plena confianza en que el poder de Dios podía librarlos? En esto pensaban los caudillos. Desde todo punto de vista humano, el gran ejército de Egipto habría de arrasar cuanto se le opusiera. Pero en tiempo de paz, Asa no se había dedicado a las diversiones y al placer, sino que se había preparado para cualquier emergencia. Tenía un ejército adiestrado para el conflicto. Se había esforzado por inducir a su pueblo a hacer la paz con Dios, y llegado el momento, su fe en Aquel en quien confiaba no vaciló, aun cuando tenía menos soldados que el enemigo.

Habiendo buscado al Señor en los días de prosperidad, el rey podía confiar en él en el día de la adversidad. Sus peticiones demostraron que no desconocía el poder admirable de Dios. Dijo en su oración: “Jehová, no tienes tú más con el grande que con el que ninguna fuerza tiene, para dar ayuda. Ayúdanos, oh Jehová Dios nuestro, porque en ti nos apoyamos, y en tu nombre venimos contra este ejército. Oh Jehová, tú eres nuestro Dios: no prevalezca contra ti el hombre.” Vers. 11.

La de Asa es una oración que bien puede elevar todo creyente cristiano. Estamos empeñados en una guerra, no contra carne ni sangre, sino contra principados y potestades, y contra

malicias espirituales en lo alto. En el conflicto de la vida, debemos hacer frente a los agentes malos que se han desplegado contra la justicia. Nuestra esperanza no se concentra en el hombre, sino en el Dios vivo. Con la plena seguridad de la fe, podemos contar con que él unirá su omnipotencia a los esfuerzos de los instrumentos humanos, para gloria de su nombre. Revestidos de la armadura de su justicia, podemos obtener la victoria contra todo enemigo.

La fe del rey Asa quedó señaladamente recompensada. “Y Jehová deshizo los Etíopes delante de Asa y delante de Judá; y huyeron los Etíopes. Y Asa, y el pueblo que con él estaba, los siguió hasta Gerar: y cayeron los Etíopes hasta no quedar en ellos aliento; porque fueron deshechos delante de Jehová y de su ejército.” Vers. 12, 13.

Mientras los victoriosos ejércitos de Judá y Benjamín regresaban a Jerusalén, “fué el espíritu de Dios sobre Azarías hijo de Obed; y salió al encuentro a Asa, y díjole: Oídme, Asa, y todo Judá y Benjamín: Jehová es con vosotros, si vosotros fuereis con él: y si le buscareis, será hallado de vosotros; mas si le dejareis, él también os dejará.” “Esforzaos empero vosotros, y no desfallezcan vuestras manos; que salario hay para vuestra obra.” 2 Crónicas 15:1, 2, 7.

Muy alentado por estas palabras, Asa no tardó en iniciar una segunda reforma en Judá. “Quitó las abominaciones de toda la tierra de Judá y de Benjamín, y de las ciudades que él había tomado en el monte de Ephraim; y reparó el altar de Jehová que estaba delante del pórtico de Jehová.

“Después hizo juntar a todo Judá y Benjamín, y con ellos los extranjeros de Ephraim, y de Manasés, y de Simeón: porque muchos de Israel se habían pasado a él, viendo que Jehová su Dios era con él. Juntáronse pues en Jerusalem en el mes tercero del año décimoquinto del reinado de Asa. Y en aquel mismo día sacrificaron a Jehová, de los despojos que habían traído, setecientos bueyes y siete mil ovejas. Y entraron en concierto de que buscarían a Jehová el Dios de sus padres, de

Profetas y Reyes · Ellen G. White

Pasaje bíblico

Abrir en su propia página