Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 47
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 77-79
presentó como profeta y, mintiendo al varón de Dios, le declaró: “Yo también soy profeta como tú, y un ángel me ha hablado por palabra de Jehová, diciendo: Vuélvele contigo a tu casa, para que coma pan y beba agua.” El hombre repitió su mentira una y otra vez e insistió en su invitación hasta persuadir al varón de Dios a que volviese.
Por el hecho de que el profeta verdadero se dejó inducir a seguir una conducta contraria a su deber, Dios permitió que sufriera el castigo de su transgresión. Mientras él y el hombre que le había invitado a regresar a Betel estaban sentados juntos a la mesa, la inspiración del Todopoderoso embargó al falso profeta, “y clamó al varón de Dios que había venido de Judá, diciendo: Así dijo Jehová: Por cuanto has sido rebelde al dicho de Jehová, y no guardaste el mandamiento que Jehová tu Dios te había prescrito, ... no entrará tu cuerpo en el sepulcro de tus padres.” 1 Reyes 13:18-22.
Esta profecía condenatoria no tardó en cumplirse literalmente. “Como hubo comido del pan y bebido, el profeta que le había hecho volver le enalbardó un asno; y yéndose, topóle un león en el camino, y matóle; y su cuerpo estaba echado en el camino, y el asno estaba junto a él, y el león también estaba junto al cuerpo. Y he aquí unos que pasaban, y vieron el cuerpo que estaba echado en el camino, ... y vinieron, y dijéronlo en la ciudad donde el viejo profeta habitaba. Y oyéndolo el profeta que le había vuelto del camino, dijo: El varón de Dios es, que fué rebelde al dicho de Jehová.” 1 Reyes 13:23-26.
El castigo que sobrecogió al mensajero infiel fué una evidencia adicional de la verdad contenida en la profecía pronunciada contra el altar. Si, después que desobedeciera a la palabra del Señor, se hubiese dejado al profeta seguir su viaje sano y salvo, el rey habría basado en este hecho una tentativa de justificar su propia desobediencia. En el altar partido, en el brazo paralizado, y en la terrible suerte de aquel que se había atrevido a desobedecer una orden expresa de Jehová, Jeroboam
debiera haber discernido prestas manifestaciones del desagrado de un Dios ofendido, y estos castigos debieran haberle advertido que no debía persistir en su mal proceder. Pero, lejos de arrepentirse, Jeroboam “volvió a hacer sacerdotes de los altos de la clase del pueblo, y quien quería se consagraba, y era de los sacerdotes de los altos.” No sólo cometió así él mismo un pecado gravoso, sino que hizo “pecar a Israel,” “y esto fué causa de pecado a la casa de Jeroboam; por lo cual fué cortada y raída de sobre la haz de la tierra.” 1 Reyes 13:33, 34; 14:16.
Hacia el final de un reinado perturbado de veintidós años, Jeroboam sufrió una derrota desastrosa en la guerra con Abías, sucesor de Roboam. “Y nunca más tuvo Jeroboam poderío en los días de Abías: e hirióle Jehová, y murió.” 2 Crónicas 13:20.
La apostasía introducida durante el reinado de Jeroboam se fué haciendo cada vez más pronunciada, hasta que finalmente resultó en la destrucción completa del reino de Israel. Aun antes de la muerte de Jeroboam, Ahías, anciano profeta de Silo que muchos años antes había predicho la elevación de Jeroboam al trono, declaró: “Jehová sacudirá a Israel, al modo que la caña se agita en las aguas: y él arrancará a Israel de esta buena tierra que había dado a sus padres, y esparcirálos de la otra parte del río, por cuanto han hecho sus bosques, enojando a Jehová. Y él entregará a Israel por los pecados de Jeroboam, el cual pecó, y ha hecho pecar a Israel.” 1 Reyes 14:15, 16.
Sin embargo, el Señor no abandonó a Israel sin hacer primero todo lo que podía hacerse para que volviera a serle fiel. A través de los largos y obscuros años durante los cuales un gobernante tras otro se destacaba en atrevido desafío del Cielo y hundía cada vez más a Israel en la idolatría, Dios mandó mensaje tras mensaje a su pueblo apóstata. Mediante sus profetas, le dió toda oportunidad de detener la marea de la apostasía, y de regresar a él. Durante los años ulteriores a la división del reino, Elías y Eliseo iban a aparecer y trabajar, e iban a oírse en la tierra las tiernas súplicas de Oseas, Amós y Abdías. Nunca iba a ser dejado el reino de Israel sin nobles testigos del gran
poder de Dios para salvar a los hombres del pecado. Aun en las horas más sombrías, algunos iban a permanecer fieles a su Gobernante divino, y en medio de la idolatría vivirían sin mancha a la vista de un Dios santo. Esos fieles se contaron entre el residuo de los buenos por medio de quienes iba a cumplirse finalmente el eterno propósito de Jehová.
Profetas y Reyes · Ellen G. White