Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 46
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 75-76
reprensión. Aun mientras oficiaba y quemaba incienso durante la dedicación del extraño altar que había levantado en Betel, se presentó ante él un hombre de Dios del reino de Judá, enviado para condenarle por su intento de introducir nuevas formas de culto. El profeta “clamó contra el altar, ... y dijo: Altar, altar, así ha dicho Jehová: He aquí que a la casa de David nacerá un hijo, llamado Josías, el cual sacrificará sobre ti a los sacerdotes de los altos que queman sobre ti perfumes; y sobre ti quemarán huesos de hombres.
“Y aquel mismo día dió una señal, diciendo: Esta es la señal de que Jehová ha hablado: he aquí que el altar se quebrará, y la ceniza que sobre él está se derramará.” E inmediatamente el altar “se rompió, y derramóse la ceniza del altar, conforme a la señal que el varón de Dios había dado por palabra de Jehová.” 1 Reyes 13:2, 3, 5.
Al ver esto, Jeroboam se llenó de un espíritu de desafío contra Dios, e intentó hacer violencia a aquel que había comunicado el mensaje. “Extendiendo su mano desde el altar,” clamó con ira: “¡Prendedle!” Su acto impetuoso fué castigado con presteza. La mano extendida contra el mensajero de Jehová quedó repentinamente inerte y desecada, de modo que no pudo retraerla.
Aterrorizado, el rey suplicó al profeta que intercediera con Dios en favor suyo. Solicitó: “Te pido que ruegues a la faz de Jehová tu Dios, y ora por mí, que mi mano me sea restituída. Y el varón de Dios oró a la faz de Jehová, y la mano del rey se le recuperó, y tornóse como antes.” 1 Reyes 13:4, 6.
Vano había sido el esfuerzo de Jeroboam por impartir solemnidad a la dedicación de un altar extraño, cuyo respeto habría hecho despreciar el culto de Jehová en el templo de Jerusalén. El mensaje del profeta debiera haber inducido al rey de Israel a arrepentirse y a renunciar a sus malos propósitos, que desviaban al pueblo de la adoración que debía tributar al Dios verdadero. Pero el rey endureció su corazón, y resolvió cumplir su propia voluntad.
Cuando se celebró aquella fiesta en Betel, el corazón de los israelitas no se había endurecido por completo. Muchos eran todavía susceptibles a la influencia del Espíritu Santo. El Señor quería que aquellos que se deslizaban rápidamente hacia la apostasía, fuesen detenidos en su carrera antes que fuese demasiado tarde. Envió a su mensajero para interrumpir el proceder idólatra y revelar al rey y al pueblo lo que sería el resultado de esta apostasía. La partición del altar indicó cuánto desagradaba a Dios la abominación que se estaba cometiendo en Israel.
El Señor procura salvar, no destruir. Se deleita en rescatar a los pecadores. “Vivo yo, dice el Señor Jehová, que no quiero la muerte del impío.” Ezequiel 33:11. Mediante amonestaciones y súplicas, ruega a los extraviados que cesen de obrar mal, para retornar a él y vivir. Da a sus mensajeros escogidos una santa osadía, para que quienes los oigan teman y sean inducidos a arrepentirse. ¡Con cuánta firmeza reprendió al rey el hombre de Dios! Y esta firmeza era esencial; ya que de ninguna otra manera podían encararse los males existentes. El Señor dió audacia a su siervo, para que hiciese una impresión permanente en quienes le oyesen. Nunca deben temer los rostros humanos los mensajeros del Señor, sino que han de destacarse sin vacilar en apoyo de lo justo. Mientras ponen su confianza en Dios, no necesitan temer; porque el que los comisiona les asegura también su cuidado protector.
Habiendo entregado su mensaje, el profeta estaba por volverse, cuando Jeroboam le dijo: “Ven conmigo a casa, y comerás, y yo te daré un presente.” El profeta contestó: “Si me dieses la mitad de tu casa, no iría contigo, ni comería pan ni bebería agua en este lugar; porque así me está mandado por palabra de Jehová, diciendo: No comas pan, ni bebas agua, ni vuelvas por el camino que fueres.” 1 Reyes 13:7-9.
Habría convenido al profeta perseverar en su propósito de regresar a Judea sin dilación. Mientras viajaba hacia su casa por otro camino, fué alcanzado por un anciano que se
Profetas y Reyes · Ellen G. White