Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 39
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 62-63
de la concupiscencia; pero si se arrepienten, abandonan el pecado y se vuelven a su Dios, sigue habiendo esperanza para ellos. El que declara: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10), formula también esta invitación: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia, y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar.” Isaías 55:7. Dios aborrece el pecado, pero ama al pecador. Declara: “Yo medicinaré su rebelión, amarélos de voluntad.” Oseas 14:4.
El arrepentimiento de Salomón fué sincero; pero el daño que había hecho su ejemplo al obrar mal, no podía ser deshecho. Durante su apostasía, hubo en el reino hombres que permanecieron fieles a su cometido, y conservaron su pureza y lealtad. Pero muchos fueron extraviados; y las fuerzas del mal desencadenadas por la introducción de la idolatría y de las prácticas mundanales, no las pudo detener fácilmente el rey penitente. Su influencia en favor del bien quedó grandemente debilitada. Muchos vacilaban cuando se trataba de confiar plenamente en su dirección. Aunque el rey confesó su pecado y escribió, para beneficio de las generaciones ulteriores, el relato de su insensatez y arrepentimiento, no podía esperar que fuese completamente destruída la influencia funesta de sus malas acciones. Envalentonados por su apostasía, muchos continuaron obrando mal, y solamente mal. Y en la conducta descendente de muchos de los príncipes que le siguieron, puede rastrearse la triste influencia que ejerció al prostituir las facultades que Dios le había dado.
En la angustia de sus amargas reflexiones sobre lo malo de su conducta, Salomón se sintió constreñido a declarar: “Mejor es la sabiduría que las armas de guerra; mas un pecador destruye mucho bien.” “Hay un mal que debajo del sol he visto, a manera de error emanado del príncipe: la necedad está colocada en grandes alturas.”
“Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor el perfume
del perfumista: así una pequeña locura, al estimado por sabiduría y honra.” Eclesiastés 9:18; 10:5, 6, 1.
Entre las muchas lecciones enseñadas por la vida de Salomón, ninguna se recalca tanto como la referente al poder de la influencia para el bien o para el mal. Por limitada que sea nuestra esfera, ejercemos una influencia benéfica o maléfica. Sin que lo sepamos y sin que podamos evitarlo, ella se ejerce sobre los demás en bendición o maldición. Puede ir acompañada de la lobreguez del descontento y del egoísmo, o del veneno mortal de algún pecado que hayamos conservado; o puede ir cargada del poder vivificante de la fe, el valor y la esperanza, así como de la suave fragancia del amor. Pero lo seguro es que manifestará su potencia para el bien o para el mal.
Puede llenarnos de pavor el pensar que nuestra influencia pueda tener sabor de muerte para muerte; y sin embargo es así. Un alma extraviada, que pierde la bienaventuranza eterna, es una pérdida inestimable. Y sin embargo un acto temerario o una palabra irreflexiva de nuestra parte, puede ejercer una influencia tan profunda sobre la vida de otra persona, que resulte en la ruina de su alma. Una sola mancha en nuestro carácter puede desviar a muchos de Cristo.
Mientras la semilla sembrada produce una cosecha, y ésta a su vez se siembra, la mies se multiplica. En nuestras relaciones con los demás, esta ley se cumple. Cada acto, cada palabra, constituye una semilla que dará fruto. Cada acto de bondad reflexiva, de obediencia, de abnegación, se reproducirá en los demás, y por ellos en otros aún. Así también cada acto de envidia, malicia y disensión, es una semilla que producirá una “raíz de amargura” (Hebreos 12:15), por la cual muchos serán contaminados. ¡Y cuánto mayor aún será el número de los que serán envenenados por esos muchos! Así prosigue para este tiempo y para la eternidad la siembra del bien y del mal.
Profetas y Reyes · Ellen G. White