Cristo Nuestra Esperanza

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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 43-45

apartaos, ... no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré a vosotros Padre, y vosotros me seréis a mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso.” 2 Corintios 6:17, 18.

El peligro acecha en medio de la prosperidad. A través de los siglos, las riquezas y los honores han hecho peligrar la humildad y la espiritualidad. No es la copa vacía la que nos cuesta llevar; es la que rebosa la que debe ser llevada con cuidado. La aflicción y la adversidad pueden ocasionar pesar; pero es la prosperidad la que resulta más peligrosa para la vida espiritual. A menos que el súbdito humano esté constantemente sometido a la voluntad de Dios, a menos que esté santificado por la verdad, la prosperidad despertará la inclinación natural a la presunción.

En el valle de la humillación, donde los hombres dependen de que Dios les enseñe y guíe cada uno de sus pasos, están comparativamente seguros. Pero los hombres que están, por así decirlo, en un alto pináculo, y quienes, a causa de su posición, son considerados como poseedores de gran sabiduría, éstos son los que arrostran el peligro mayor. A menos que tales hombres confíen en Dios, caerán.

Cuando quiera que se entreguen al orgullo y la ambición, su vida se mancilla; porque el orgulloso, no sintiendo necesidad alguna, cierra su corazón a las bendiciones infinitas del Cielo. El que procura glorificarse a sí mismo se encontrará destituído de la gracia de Dios, mediante cuya eficiencia se adquieren las riquezas más reales y los goces más satisfactorios. Pero el que lo da todo y lo hace todo para Cristo, conocerá el cumplimiento de la promesa: “La bendición de Jehová es la que enriquece, y no añade tristeza con ella.” Proverbios 10:22. Con el toque suave de la gracia, el Salvador destierra del alma la inquietud y ambición profanas, y trueca la enemistad en amor y la incredulidad en confianza. Cuando habla al alma diciendo: “Sígueme,” queda roto el hechizo del mundo. Al sonido de su voz, el espíritu de codicia y ambición huye del corazón, y los hombres, emancipados, se levantan para seguirle.

Capítulo 4—Resultados de la transgresión

Entre las causas primarias que indujeron a Salomón a practicar el despilfarro y la opresión, se destacaba el hecho de que no conservó ni fomentó el espíritu de abnegación.

Cuando, al pie del Sinaí, Moisés habló al pueblo de la orden divina: “Hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos,” la respuesta de los israelitas fué acompañada por dones apropiados. “Y vino todo varón a quien su corazón estimuló, y todo aquel a quien su espíritu le dió voluntad” (Éxodo 25:8; 35:21), y trajeron ofrendas. Fueron necesarios grandes y extensos preparativos para la construcción del santuario; se necesitaban grandes cantidades de materiales preciosos, pero el Señor aceptó tan sólo las ofrendas voluntarias. “De todo varón que la diere de su voluntad, de corazón, tomaréis mi ofrenda” (Éxodo 25:2), fué la orden repetida por Moisés a la congregación. La devoción a Dios y un espíritu de sacrificio eran los primeros requisitos para preparar una morada destinada al Altísimo.

Otra invitación similar, a manifestar abnegación, fué hecha cuando David entregó a Salomón la responsabilidad de construir el templo. David preguntó a la multitud congregada: “¿Y quién quiere hacer hoy ofrenda a Jehová?” 1 Crónicas 29:5. Esta invitación a consagrarse y prestar un servicio voluntario debían recordarla siempre los que tenían algo que ver con la erección del templo.

Para la construcción del tabernáculo en el desierto, ciertos hombres escogidos fueron dotados por Dios de una habilidad y sabiduría especiales. “Y dijo Moisés a los hijos de Israel: Mirad, Jehová ha nombrado a Bezaleel, ... de la tribu de

Judá; y lo ha henchido de espíritu de Dios, en sabiduría, en inteligencia, y en ciencia, y en todo artificio... Y ha puesto en su corazón el que pueda enseñar, así él como Aholiab, ... de la tribu de Dan: y los ha henchido de sabiduría de corazón, para que hagan toda obra de artificio, y de invención, y de recamado en jacinto, y en púrpura, y en carmesí, y en lino fino, y en telar; para que hagan toda labor, e inventen todo diseño. Hizo, pues, Bezaleel y Aholiab, y todo hombre sabio de corazón, a quien Jehová dió sabiduría e inteligencia.” Éxodo 35:30-35; 36:1. Los seres celestiales cooperaron con los obreros a quienes Dios mismo había escogido.

Los descendientes de estos obreros heredaron en gran medida los talentos conferidos a sus antepasados. Durante un tiempo, esos hombres de Judá y de Dan permanecieron humildes y abnegados; pero gradual y casi imperceptiblemente, dejaron de estar relacionados con Dios y perdieron su deseo de servirle desinteresadamente. Basándose en su habilidad superior como artesanos, pedían salarios más elevados por sus servicios. En algunos casos les fueron concedidos, pero con mayor frecuencia hallaban empleo entre las naciones circundantes. En lugar del noble espíritu de abnegación que había llenado el corazón de sus ilustres antecesores, albergaron un espíritu de codicia y fueron cada vez más exigentes. A fin de ver complacidos sus deseos egoístas, dedicaron a servir a los reyes paganos la habilidad que Dios les había dado, y sus talentos a la ejecución de obras que deshonraban a su Hacedor.

Entre esos hombres buscó Salomón al artífice maestro que debía dirigir la construcción del templo sobre el monte Moria. Habían sido confiadas al rey especificaciones minuciosas, por escrito, acerca de toda porción de la estructura sagrada; y él podría haber solicitado con fe a Dios que le diese ayudantes consagrados, a quienes se habría dotado de habilidad especial para hacer con exactitud el trabajo requerido. Pero Salomón no percibió esta oportunidad de ejercer la fe en Dios. Solicitó al rey de Tiro “un hombre hábil, que sepa trabajar en oro, y

Profetas y Reyes · Ellen G. White

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