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Plan Encuentro 4 Día 260

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Lectura del libro

Profetas y Reyes, páginas 397-398

edicto acrecentaría grandemente su honor y autoridad. Como no conocía el propósito sutil de los príncipes, el rey no discernió la animosidad que había en el decreto, y cediendo a sus adulaciones, lo firmó.

Los enemigos de Daniel salieron de la presencia de Darío regocijándose por la trampa que estaba ahora bien preparada para el siervo de Jehová. En la conspiración así tramada, Satanás había desempeñado un papel importante. El profeta ocupaba un puesto de mucha autoridad en el reino, y los malos ángeles temían que su influencia debilitase el dominio que ejercían sobre sus gobernantes. Esos agentes satánicos eran los que habían movido los príncipes a envidia; eran los que habían inspirado el plan para destruir a Daniel; y los príncipes, prestándose a ser instrumentos del mal, lo pusieron en práctica.

Los enemigos del profeta contaban con la firme adhesión de Daniel a los buenos principios para que su plan tuviese éxito. Y no se habían equivocado en su manera de estimar su carácter. El reconoció prestamente el propósito maligno que habían tenido al fraguar el decreto, pero no cambió su conducta en un solo detalle. ¿Por qué dejaría de orar ahora, cuando más necesitaba hacerlo? Antes renunciaría a la vida misma que a la esperanza de ayuda que hallaba en Dios. Cumplía con calma sus deberes como presidente de los príncipes; y a la hora de la oración entraba en su cámara, y con las ventanas abiertas hacia Jerusalén, según su costumbre, ofrecía su petición al Dios del cielo. No procuraba ocultar su acto. Aunque conocía muy bien las consecuencias que tendría su fidelidad a Dios, su ánimo no vaciló. No permitiría que aquellos que maquinaban su ruina pudieran ver siquiera la menor apariencia de que su relación con el Cielo se hubiese cortado. En todos los casos en los cuales el rey tuviese derecho a ordenar, Daniel le obedecería; pero ni el rey ni su decreto podían desviarle de su lealtad al Rey de reyes.

Así declaró el profeta con osadía serena y humilde que ninguna potencia terrenal tiene derecho a interponerse entre el

alma y Dios. Rodeado de idólatras, atestiguó fielmente esta verdad. Su adhesión indómita a lo recto fué una luz que brilló en las tinieblas morales de aquella corte pagana. Daniel se destaca hoy ante el mundo como digno ejemplo de intrepidez y fidelidad cristianas.

Durante todo un día los príncipes vigilaron a Daniel. Tres veces le vieron ir a su cámara, y tres veces oyeron su voz elevarse en ferviente intercesión para con Dios. A la mañana siguiente, presentaron su queja al rey. Daniel, su estadista más honrado y fiel, había desafiado el decreto real. Recordaron al rey: “¿No has confirmado edicto que cualquiera que pidiere a cualquier dios u hombre en el espacio de treinta días, excepto a ti, oh rey, fuese echado en el foso de los leones?”

“Verdad es—contestó el rey,—conforme a la ley de Media y de Persia, la cual no se abroga.”

Triunfantemente informaron entonces a Darío acerca de la conducta de su consejero de más confianza. Clamaron: “Daniel que es de los hijos de la cautividad de los Judíos, no ha hecho cuenta de ti, oh rey, ni del edicto que confirmaste; antes tres veces al día hace su petición.”

Al oír estas palabras, el monarca vió en seguida la trampa que habían tendido para su siervo fiel. Vió que no era el celo por la gloria ni el honor del rey, sino los celos contra Daniel, lo que había motivado aquella propuesta de promulgar un decreto real. “Pesóle en gran manera,” por la parte que había tenido en este mal proceder, y “hasta puestas del sol trabajó para librarle.” Anticipándose a este esfuerzo de parte del rey, los príncipes le dijeron: “Sepas, oh rey, que es ley de Media y de Persia, que ningún decreto u ordenanza que el rey confirmare pueda mudarse.” Aunque promulgado con precipitación, el decreto era inalterable y debía cumplirse.

“Entonces el rey mandó, y trajeron a Daniel, y echáronle en el foso de los leones. Y hablando el rey dijo a Daniel: El Dios tuyo, a quien tú continuamente sirves, él te libre.” Se puso una piedra a la entrada del foso, y el rey mismo la selló “con su

Profetas y Reyes · Ellen G. White

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