Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 21
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 27-29
destructor. Y nuevamente los adoradores de Jehová volvían a presentarse allí delante de su Dios para repetir sus votos de fidelidad a él.
El momento escogido para la dedicación era muy favorable: el séptimo mes, cuando el pueblo de todas partes del reino solía reunirse en Jerusalén para celebrar la fiesta de las cabañas, que era preeminentemente una ocasión de regocijo. Las labores de la cosecha habían terminado, no habían empezado todavía los trabajos del nuevo año; la gente estaba libre de cuidados y podía entregarse a las influencias sagradas y placenteras del momento.
A la hora señalada, las huestes de Israel, con representantes ricamente ataviados de muchas naciones extranjeras, se congregaron en los atrios del templo. Era una escena de esplendor inusitado. Salomón, con los ancianos de Israel y los hombres de más influencia entre el pueblo, había regresado de otra parte de la ciudad, de donde habían traído el arca del testamento. De las alturas de Gabaón había sido transferido el antiguo “tabernáculo del testimonio, y todos los vasos del santuario que estaban en el tabernáculo” (2 Crónicas 5:5); y estos preciosos recuerdos de los tiempos en que los hijos de Israel habían peregrinado en el desierto y conquistado Canaán hallaron albergue permanente en el magnífico edificio erigido para reemplazar la estructura portátil.
Cuando llevó al templo el arca sagrada que contenía las dos tablas de piedra sobre las cuales el dedo de Dios había escrito los preceptos del Decálogo, Salomón siguió el ejemplo de su padre David. A cada intervalo de seis pasos ofreció un sacrificio. Con cantos, música y gran pompa, “los sacerdotes metieron el arca del pacto de Jehová en su lugar, en el oratorio de la casa, en el lugar santísimo.”. 2 Crónicas 5:7. Al salir del santuario interior, se colocaron en los lugares que les habían sido asignados. Los cantores, que eran levitas ataviados de lino blanco y equipados con címbalos, salterios y arpas, se hallaban en el extremo situado al oriente del altar, y con ellos había
120 sacerdotes que tocaban las trompetas. 2 Crónicas 5:12.
“Sonaban pues las trompetas, y cantaban con la voz todos a una, para alabar y confesar a Jehová: y cuando alzaban la voz con trompetas y címbalos e instrumentos de música, cuando alababan a Jehová, diciendo: Porque es bueno, porque su misericordia es para siempre: la casa se llenó entonces de una nube, la casa de Jehová. Y no podían los sacerdotes estar para ministrar, por causa de la nube; porque la gloria de Jehová había henchido la casa de Dios.”. 2 Crónicas 5:13, 14.
Comprendiendo el significado de esta nube, Salomón declaró: “Jehová ha dicho que él habitaría en la oscuridad. Yo pues he edificado una casa de morada para ti, y una habitación en que mores para siempre.”. 2 Crónicas 6:1, 2.
“Jehová reinó, temblarán los pueblos:
El está sentado sobre los querubines,
Conmoveráse la tierra.
Jehová en Sión es grande,
Y ensalzado sobre todos los pueblos.
Alaben tu nombre grande y tremendo:
El es santo...
Ensalzad a Jehová nuestro Dios,
Y encorvaos al estrado de sus pies:
El es santo.”. Salmos 99:1-5.
“En medio del atrio” del templo se había erigido “un púlpito de metal,” o plataforma de “cinco codos de largo, y cinco codos de ancho, y de altura tres codos.” Sobre esta plataforma se hallaba Salomón, quién, con las manos alzadas, bendecía a la vasta multitud delante de él. “Y toda la congregación de Israel estaba en pie.”. 2 Crónicas 6:13, 3.
Exclamó Salomón: “Bendito sea Jehová Dios de Israel, el cual con su mano ha cumplido lo que habló por su boca a David mi padre, diciendo: ... A Jerusalem he elegido para que en ella esté mi nombre.”. 2 Crónicas 6:4, 6.
Luego Salomón se arrodilló sobre la plataforma, y a oídos de todo el pueblo, elevó la oración dedicatoria. Alzando las manos hacia el cielo, mientras la congregación se postraba a
tierra sobre sus rostros, el rey rogó: “Jehová Dios de Israel, no hay Dios semejante a ti en el cielo ni en la tierra, que guardas el pacto y la misericordia a tus siervos que caminan delante de ti de todo su corazón... ¿Es verdad que Dios ha de habitar con el hombre en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte: ¿cuánto menos esta casa que he edificado? Mas tú mirarás a la oración de tu siervo, y a su ruego, oh Jehová Dios mío, para oír el clamor y la oración con que tu siervo ora delante de ti. Que tus ojos estén abiertos sobre esta casa de día y de noche, sobre el lugar del cual dijiste, Mi nombre estará allí; que oigas la oración con que tu siervo ora en este lugar. Asimismo que oigas el ruego de tu siervo, y de tu pueblo Israel, cuando en este lugar hicieren oración, que tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu morada: que oigas y perdones...
“Si tu pueblo Israel cayere delante de los enemigos, por haber prevaricado contra ti, y se convirtieren, y confesaren tu nombre, y rogaren delante de ti en esta casa, tú oirás desde los cielos, y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel, y los volverás a la tierra que diste a ellos y a sus padres. Si los cielos se cerraren, que no haya lluvias por haber pecado contra ti, si oraren a ti en este lugar, y confesaren tu nombre, y se convirtieren de sus pecados, cuando los afligieres, tú los oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, y les enseñarás el buen camino para que anden en él, y darás lluvia sobre tu tierra, la cual diste por heredad a tu pueblo. Y si hubiere hambre en la tierra, o si hubiere pestilencia, si hubiere tizoncillo o añublo, langosta o pulgón; o si los cercaren sus enemigos en la tierra de su domicilio; cualquiera plaga o enfermedad que sea; toda oración y todo ruego que hiciere cualquier hombre, o todo tu pueblo Israel, cualquiera que conociere su llaga y su dolor en su corazón, si extendiere sus manos a esta casa, tú oirás desde los cielos, desde el lugar de tu habitación, y perdonarás, y darás a cada uno conforme a sus caminos, habiendo conocido su corazón; ... para que te teman
Profetas y Reyes · Ellen G. White