Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 197
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 308-310
vuestras manos: haced de mí como mejor y más recto os pareciere. Mas sabed de cierto que, si me matareis, sangre inocente echaréis sobre vosotros, y sobre esta ciudad, y sobre sus moradores: porque en verdad Jehová me envió a vosotros para que dijese todas estas palabras en vuestros oídos.” Vers. 12-15.
Si el profeta se hubiese dejado intimidar por la actitud amenazante de los que tenían gran autoridad, su mensaje habría quedado sin efecto, y él mismo habría perdido la vida; pero el valor con que comunicó la solemne advertencia le granjeó el respeto del pueblo, y dispuso a los príncipes de Israel en favor suyo. Razonaron con los sacerdotes y falsos profetas mostrándoles cuán imprudentes serían las medidas extremas que proponían, y sus palabras produjeron una reacción en el ánimo del pueblo. Así suscitó Dios defensores para su siervo.
Los ancianos se unieron también para protestar contra la decisión de los sacerdotes acerca de la suerte de Jeremías. Citaron el caso de Miqueas, que había profetizado castigos sobre Jerusalén, diciendo: “Sión será arada como campo, y Jerusalem vendrá a ser montones, y el monte del templo en cumbres de bosque.” Y preguntaron: “¿Matáronlo luego Ezechías rey de Judá y todo Judá? ¿no temió a Jehová, y oró en presencia de Jehová, y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos? ¿Haremos pues nosotros tan grande mal contra nuestras almas?” Vers. 18, 19.
Por la intercesión de estos hombres de influencia, se salvó la vida del profeta, aunque muchos de los sacerdotes y falsos profetas, no pudiendo soportar las verdades que él expresaba y que los condenaban, le habrían dado gustosamente la muerte acusándolo de sedición.
Desde el tiempo de su llamamiento hasta el fin de su ministerio, Jeremías se destacó ante Judá como “fortaleza” y “torre” contra la cual no podía prevalecer la ira del hombre. El Señor le había dicho de antemano: “Pelearán contra ti, y no te
vencerán: porque yo estoy contigo para guardarte y para defenderte, dice Jehová. Y librarte he de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes.” Jeremías 6:27; 15:20, 21.
Siendo de naturaleza tímida y sosegada, Jeremías anhelaba la paz y la tranquilidad de una vida retraída, en la cual no necesitase presenciar la continua impenitencia de su amada nación. Su corazón quedaba desgarrado por la angustia que le ocasionaba la ruina producida por el pecado. Se lamentaba así: “¡Oh si mi cabeza se tornase aguas, y mis ojos fuentes de aguas, para que llore día y noche los muertos de la hija de mi pueblo! ¡Oh quién me diese en el desierto un mesón de caminantes, para que dejase mi pueblo y de ellos me apartase!” Jeremías 9:1, 2.
Muy crueles eran las burlas que le tocó soportar. Su alma sensible quedaba herida de par en par por las saetas del ridículo dirigidas contra él por aquellos que despreciaban su mensaje y se burlaban de su preocupación por que se convirtieran. Declaró: “Fuí escarnio a todo mi pueblo, canción de ellos todos los días.” “Cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí.” “Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se engañará, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza.” Lamentaciones 3:14; Jeremías 20:7, 10.
Pero el fiel profeta era diariamente fortalecido para resistir. Declaró con fe: “Mas Jehová está conmigo como poderoso gigante; por tanto los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada.” “Cantad a Jehová, load a Jehová: porque librado ha el alma del pobre de mano de los malignos.” Vers. 11, 13.
Lo experimentado por Jeremías durante su juventud y también durante los años ulteriores de su ministerio, le enseñaron la lección de que “el hombre no es señor de su camino, ni del hombre que camina es ordenar sus pasos.” Aprendió a orar así: “Castígame, oh Jehová, mas con juicio; no con tu furor, porque no me aniquiles.” Jeremías 10:23, 24.
Cuando fué llamado a beber la copa de la tribulación y la tristeza, y cuando en sus sufrimientos se sentía tentado a decir: “Pereció mi fortaleza, y mi esperanza de Jehová,” recordaba las providencias de Dios en su favor, y exclamaba triunfantemente: “Es por la misericordia de Jehová que no somos consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi parte es Jehová, dijo mi alma; por tanto en él esperaré. Bueno es Jehová a los que en él esperan, al alma que le buscare. Bueno es esperar callando en la salud de Jehová.” Lamentaciones 3:18, 22-26.
Profetas y Reyes · Ellen G. White