Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 195
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 303-305
que caerían sobre la ciudad si sus habitantes eran desleales a Dios y a su ley. Si las amonestaciones a obedecer al Señor Dios de sus padres y a santificar sus sábados no eran escuchadas, la ciudad y sus palacios quedarían completamente destruídos por el fuego.
Así defendió el profeta firmemente los sanos principios de la vida justa tan claramente bosquejados en el libro de la ley. Pero las condiciones que prevalecían en la tierra de Judá eran tales que únicamente merced a las medidas más decididas podía producirse una mejoría; por lo tanto trabajó con el mayor fervor por los impenitentes. Rogaba: “Haced barbecho para vosotros, y no sembréis sobre espinas.” “Lava de la malicia tu corazón, oh Jerusalem, para que seas salva.” Jeremías 4:3, 14.
Pero la gran mayoría del pueblo no escuchó el llamamiento al arrepentimiento y a la reforma. Desde la muerte del buen rey Josías, los que gobernaban la nación habían sido infieles a su cometido, y habían estado extraviando a muchos. Joacaz, depuesto por la intervención del rey de Egipto, había sido seguido por Joaquim, hijo mayor de Josías. Desde el principio del reinado de Joaquim, Jeremías había tenido poca esperanza de salvar a su tierra amada de la destrucción y al pueblo del cautiverio. Sin embargo, no se le permitió callar mientras la ruina completa amenazaba al reino. Los que habían permanecido leales a Dios debían ser alentados a perseverar en el bien hacer, y si era posible los pecadores debían ser inducidos a apartarse de la iniquidad.
La crisis exigía un esfuerzo público y abarcante. El Señor ordenó a Jeremías que se pusiese de pie en el atrio del templo, y allí hablase a todo el pueblo de Judá que entrase y saliese. No debía quitar una sola palabra de los mensajes que se le daban, a fin de que los pecadores de Sión tuviesen las más amplias oportunidades de escuchar y apartarse de sus malos caminos.
El profeta obedeció; se situó a la puerta de la casa de Jehová, y allí alzó su voz en amonestación y súplica. Bajo la inspiración del Altísimo declaró:
“Oid palabra de Jehová, todo Judá, los que entráis por estas puertas para adorar a Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar. No fiéis en palabras de mentira, diciendo: Templo de Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es éste. Mas si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con exactitud hiciereis derecho entre el hombre y su prójimo, ni oprimiereis al peregrino, al huérfano, y a la viuda, ni en este lugar derramareis la sangre inocente, ni anduviereis en pos de dioses ajenos para mal vuestro; os haré morar en este lugar, en la tierra que dí a vuestros padres para siempre.” Jeremías 7:2-7.
Estas palabras demuestran vívidamente la poca voluntad que tiene el Señor para castigar. Retiene sus juicios para suplicar a los impenitentes. El que ejerce “misericordia, juicio, y justicia en la tierra” (Jeremías 9:24), siente profundos anhelos por sus hijos errantes; y de toda manera posible procura enseñarles el camino de la vida eterna. Había sacado a los israelitas de la servidumbre para que le sirviesen a él, único Dios verdadero y viviente. Aunque durante mucho tiempo se habían extraviado en la idolatría y habían despreciado sus amonestaciones, les declara ahora su buena voluntad para postergar el castigo y para darles otra oportunidad de arrepentirse. Les indica claramente que tan sólo mediante una reforma cabal del corazón podía evitarse la ruina inminente. Vana sería la confianza que pusiesen en el templo y sus servicios. Los ritos y las ceremonias no podían expiar el pecado. A pesar de su aserto de ser el pueblo escogido de Dios, únicamente la reforma del corazón y de las prácticas en la vida podía salvarlos del resultado inevitable de la continua transgresión.
De manera que “en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalem,” el mensaje que dirigía Jeremías a Judá era: “Oid las palabras de este pacto,” es decir los claros preceptos de Jehová como estaban registrados en las Sagradas Escrituras, “y ponedlas por obra.” Jeremías 11:6. Y éste fué el mensaje que
proclamó mientras estaba en los atrios del templo al comenzar el reinado de Joaquim.
Reseñó brevemente lo experimentado por Israel desde los tiempos del éxodo. El pacto de Dios con el pueblo había sido: “Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo: y andad en todo camino que os mandare, para que os vaya bien.” Con desvergüenza y repetidas veces, este pacto había sido violado. La nación escogida había andado “en sus consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante.” Jeremías 7:23, 24.
Preguntó el Señor: “¿Por qué es este pueblo de Jerusalem rebelde con rebeldía perpetua?” Jeremías 8:5. Según dijo el profeta, había sido porque no habían obedecido a la voz de Jehová su Dios, y se habían negado a recibir corrección. Jeremías 5:3. Se lamentó así: “Perdióse la fe, y de la boca de ellos fué cortada.” “Aun la cigüeña en el cielo conoce su tiempo, y la tórtola y la grulla y la golondrina guardan el tiempo de su venida; mas mi pueblo no conoce el juicio de Jehová.” “¿No los tengo de visitar sobre estas cosas? dice Jehová. ¿De tal gente no se vengará mi alma?” Jeremías 7:28; 8:7; 9:9.
Había llegado el momento de hacer un escrutinio profundo del corazón. Mientras Josías lo había gobernado, el pueblo había tenido cierta base de esperanza. Pero él ya no podía interceder en su favor; porque había caído en la batalla. Los pecados de la nación eran tales que casi había terminado el tiempo para la intercesión. Declaró el Señor: “Si Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, mi voluntad no será con este pueblo: échalos de delante de mí, y salgan. Y será que si te preguntaren: ¿A dónde saldremos? les dirás: Así ha dicho Jehová: El que a muerte, a muerte; y el que a cuchillo, a cuchillo; y el que a hambre, a hambre; y el que a cautividad, a cautividad.” Jeremías 15:1, 2.
Negándose a escuchar la invitación misericordiosa que Dios le extendía ahora, la nación impenitente se exponía a los juicios que habían caído sobre el reino septentrional de
Profetas y Reyes · Ellen G. White