Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 172
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 272-273
Capítulo 31—Esperanza para los paganos
Durante todo su ministerio, Isaías testificó claramente acerca del propósito de Dios en favor de los paganos. Otros profetas habían mencionado el plan divino, pero no siempre se había comprendido su lenguaje. A Isaías le tocó presentar claramente a Judá la verdad de que entre el Israel de Dios iban a contarse muchos que no eran descendientes de Abrahán según la carne. Esta enseñanza no armonizaba con la teología de su época; y sin embargo proclamó intrépidamente los mensajes que Dios le daba, e infundió esperanza a muchos corazones que anhelaban las bendiciones espirituales prometidas a la simiente de Abrahán.
En su carta a los creyentes de Roma, el apóstol de los gentiles llama la atención a esta característica de la enseñanza de Isaías. Declara Pablo: “E Isaías determinadamente dice: Fuí hallado de los que no me buscaban; manifestéme a los que no preguntaban por mí.” Romanos 10:20.
Con frecuencia los israelitas parecían no poder o no querer comprender el propósito de Dios en favor de los paganos. Sin embargo, este propósito era lo que había hecho de ellos un pueblo separado, y los había establecido como nación independiente entre los pueblos de la tierra. Abrahán, su padre, a quien se diera por primera vez la promesa del pacto, había sido llamado a salir de su parentela hacia regiones lejanas, para que pudiese comunicar la luz a los paganos. Aunque la promesa que le fuera hecha incluía una posteridad tan numerosa como la arena del mar, no eran motivos egoístas los que iban a impulsarle como fundador de una gran nación en la tierra de Canaán. El pacto que Dios hiciera con él abarcaba todas
las naciones de la tierra. Jehová declaró: “Bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición: y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré: y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.” Génesis 12:2, 3.
Al renovarse el pacto poco después del nacimiento de Isaac, el propósito de Dios en favor de la humanidad se expresó nuevamente con claridad. Acerca del hijo prometido el Señor aseguró que serían “benditas en él todas las gentes de la tierra.” Génesis 18:18. Y más tarde el visitante celestial volviô a declarar: “En tu simiente serán benditas todas las gentes de la tierra.” Génesis 22:18.
Las condiciones de este pacto que abarcaba a todos eran familiares para los hijos de Abrahán y para los hijos de sus hijos. A fin de que los israelitas pudiesen ser una bendición para las naciones, y para que el nombre de Dios se conociese “en toda la tierra” (Éxodo 9:16), fueron librados de la servidumbre egipcia. Si obedecían a sus requerimientos, se verían colocados muy a la vanguardia de los otros pueblos en cuanto a sabiduría y entendimiento; pero esta supremacía se alcanzaría y se conservaría tan sólo para que por su medio se cumpliese el propósito de Dios para “todas las gentes de la tierra.”
Las maravillosas providencias relacionadas con la liberación de Israel cuando escapó al yugo egipcio y ocupó la tierra prometida, indujeron a muchos de los paganos a reconocer al Dios de Israel como el Gobernante supremo. La promesa había sido: “Y sabrán los Egipcios que yo soy Jehová, cuando extenderé mi mano sobre Egipto, y sacaré los hijos de Israel de en medio de ellos.” Éxodo 7:5. Hasta el orgulloso Faraón se había visto obligado a reconocer el poder de Jehová e instó así a Moisés y a Aarón: “Id, servid a Jehová,” “y bendecidme también a mí.” Éxodo 12:31, 32.
Mientras avanzaban, las huestes de Israel comprobaron que las había precedido el conocimiento de las obras poderosas del Dios de los hebreos, y que algunos de entre los paganos iban aprendiendo que él solo era el verdadero Dios. En la impía
Profetas y Reyes · Ellen G. White