Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 153
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 245-246
Capítulo 28—Ezequías
En agudo contraste con el gobierno temerario de Acaz se destacó la reforma realizada durante el próspero reinado de su hijo, Ezequías, quien subió al trono resuelto a hacer cuanto estuviese en su poder para salvar a Judá de la suerte que iba cayendo sobre el reino septentrional. Los mensajes de los profetas no alentaban las medidas a medias. Únicamente por medio de una reforma decidida podían evitarse los castigos con que el pueblo estaba amenazado.
En esa crisis, Ezequías demostró ser el hombre oportuno. Apenas hubo ascendido al trono, empezó a hacer planes y a ejecutarlos. Primero dedicó su atención a restaurar los servicios del templo, durante tanto tiempo descuidados; y para esta obra solicitó fervorosamente la cooperación de un grupo de sacerdotes y levitas que habían permanecido fieles a su sagrada vocación. Confiando en su apoyo leal, les habló francamente de su deseo de iniciar inmediatamente reformas abarcantes. Confesó: “Nuestros padres se han rebelado, y han hecho lo malo en ojos de Jehová nuestro Dios; que le dejaron, y apartaron sus ojos del tabernáculo de Jehová.” “Ahora pues, yo he determinado hacer alianza con Jehová el Dios de Israel, para que aparte de nosotros la ira de su furor.” 2 Crónicas 29:6, 10.
En pocas y bien escogidas palabras el rey reseñó la situación que estaban arrostrando: el templo cerrado y la cesación de todos los servicios que se realizaban antes en sus dependencias; la flagrante idolatría que se practicaba en las calles de la ciudad y por todo el reino; la apostasía de las multitudes que podrían haber quedado fieles a Dios si los dirigentes de Judá les hubiesen dado un buen ejemplo; así como la decadencia del reino y
la pérdida de prestigio en la estima de las naciones circundantes. El reino septentrional se estaba desmoronando rápidamente; muchos perecían por la espada; una multitud había sido ya llevada cautiva; pronto Israel iba a caer completamente en manos de los asirios y sufrir una ruina completa; y esta suerte incumbiría seguramente a Judá también, a menos que Dios obrase poderosamente por medio de sus representantes escogidos.
Ezequías solicitó directamente a los sacerdotes que se uniesen con él para realizar las reformas necesarias. Los exhortó: “Hijos míos, no os engañéis ahora, porque Jehová os ha escogido a vosotros para que estéis delante de él, y le sirváis, y seáis sus ministros, y le queméis perfume.” “Santificaos ahora, y santificaréis la casa de Jehová el Dios de vuestros padres.” Vers. 11, 5.
Era un tiempo en el cual había que obrar prestamente. Los sacerdotes comenzaron en seguida. Solicitaron la cooperación de otros miembros de sus filas que no habían estado presentes durante esa conferencia e iniciaron de todo corazón la obra de limpiar y santificar el templo. Debido a los años de profanación y negligencia, esto fué acompañado de muchas dificultades; pero los sacerdotes y los levitas trabajaron incansablemente, y en un tiempo notablemente corto pudieron comunicar que su tarea había terminado. Las puertas del templo habían sido reparadas y estaban abiertas; los vasos sagrados habían sido reunidos y puestos en sus lugares; y todo estaba listo para restablecer los servicios del santuario.
En el primer servicio que se celebró, los gobernantes de la ciudad se unieron al rey Ezequías y a los sacerdotes y levitas para pedir perdón por los pecados de la nación. Se pusieron sobre el altar ofrendas por el pecado, “para reconciliar a todo Israel.” “Y como acabaron de ofrecer, inclinóse el rey, y todos los que con él estaban, y adoraron.” Nuevamente repercutieron en los atrios del templo las palabras de alabanza y oración. Se cantaban con gozo los himnos de David y de Asaf, mientras
Profetas y Reyes · Ellen G. White