Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 113
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 188-189
recibiese dos talentos de plata en vez de uno, “y dos mudas de vestidos,” y envió a sus siervos para que transportasen ese tesoro.
Al acercarse a la casa de Eliseo, Giezi despidió a los criados y ocultó la plata y las prendas de ropa. Hecho esto, “entró, y púsose delante de su señor;” para evitar una censura, profirió una segunda mentira. En respuesta a la pregunta del profeta: “¿De dónde vienes?” Giezi contestó: “Tu siervo no ha ido a ninguna parte.”
La denuncia severa que oyó entonces demostró que Eliseo lo sabía todo. Preguntó: “¿No fué también mi corazón, cuando el hombre volvió de su carro a recibirte? ¿es tiempo de tomar plata, y de tomar vestidos, olivares, viñas, ovejas, bueyes, siervos y siervas? La lepra de Naamán se te pegará a ti, y a tu simiente para siempre.” La retribución alcanzó prestamente al culpable. Salió de la presencia de Eliseo “leproso, blanco como la nieve.”
Solemnes son las lecciones que enseña lo experimentado por un hombre a quien habían sido concedidos altos y santos privilegios. La conducta de Giezi fué tal que podía resultar en piedra de tropiezo para Naamán, sobre cuyo espíritu había resplandecido una luz admirable, y se hallaba favorablemente dispuesto para servir al Dios viviente. El engaño practicado por Giezi no tenía excusa. Hasta el día de su muerte permaneció leproso, maldito de Dios y rehuído por sus semejantes.
“El testigo falso no quedará sin castigo; y el que habla mentiras no escapará.” Proverbios 19:5. Los hombres pueden pensar que ocultarán sus malas acciones a los ojos humanos; pero no pueden engañar a Dios. “Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” Hebreos 4:13. Giezi creyó engañar a Eliseo, pero Dios reveló al profeta las palabras que su siervo había dirigido a Naamán, así como cada detalle de la escena transcurrida entre los dos hombres.
La verdad es de Dios; el engaño en sus miles de formas
proviene de Satanás; y quienquiera que se desvíe de la línea recta de la verdad, se entrega al poder del maligno. Los que han aprendido de Cristo seguirán el consejo del apóstol: “No comuniquéis con las obras infructuosas de las tinieblas.” Efesios 5:11. Tanto en sus palabras como en su vida, serán sencillos, sinceros y veraces; porque se están preparando para alternar con los santos en cuyas “bocas no ha sido hallado engaño.” Apocalipsis 14:5.
Siglos después que Naamán regresara a su hogar en Siria, con el cuerpo curado y el espíritu convertido, su fe admirable fué mencionada y elogiada por el Salvador como lección objetiva para todos los que dicen servir a Dios. Declaró el Salvador: “Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; mas ninguno de ellos fué limpio, sino Naamán el Siro.” Lucas 4:27. Dios pasó por alto a los muchos leprosos que había en Israel, porque su incredulidad les cerraba la puerta del bien. Un noble pagano que había sido fiel a sus convicciones relativas a la justicia, y sentía su necesidad de ayuda, fué a los ojos de Dios más digno de su bendición que los afligidos de Israel, que habían despreciado los privilegios que Dios les había dado. Dios obra en pro de aquellos que aprecian sus favores y responden a la luz que les ha dado el Cielo.
En todos los países hay ahora personas sinceras de corazón, sobre las cuales brilla la luz del cielo. Si perseveran con fidelidad en lo que comprenden como deber suyo, recibirán más luz, hasta que, como Naamán antiguamente, se vean constreñidas a reconocer que “no hay Dios en toda la tierra,” excepto el Dios vivo, el Creador.
A toda alma sincera “que anda en tinieblas y carece de luz,” se da la invitación: “Confíe en el nombre de Jehová, y apóyese en su Dios.” “Porque nunca jamás oyeron los hombres, ni con los oídos percibieron, ni ojo de nadie ha visto, fuera de ti, oh Dios, las cosas que hará el Señor por aquel que le espera. Sales al encuentro del que se regocija en obrar justicia, de los que en tus caminos se acuerdan de ti.” Isaías 50:10; 64:4, 5 (VM).
Profetas y Reyes · Ellen G. White