Cristo Nuestra Esperanza
Plan Encuentro 4 Día 108
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Lectura del libro
Profetas y Reyes, páginas 180-181
encontrar a Eliseo; y declaróselo, diciendo: El mozo no despierta.”
Cuando llegaron a la casa, Eliseo entró al aposento donde estaba el niño muerto, “cerró la puerta sobre ambos, y oró a Jehová. Después subió, y echóse sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y calentóse la carne del joven. Volviéndose luego, paseóse por la casa a una parte y a otra, y después subió, y tendióse sobre él; y el joven estornudó siete veces, y abrió sus ojos.”
Llamando a Giezi, Eliseo le pidió que le mandase la madre. “Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo. Y así que ella entró, echóse a sus pies, e inclinóse a tierra: después tomó su hijo, y salióse.”
Así fué recompensada la fe de esta mujer. Cristo, el gran Dador de la vida le devolvió a su hijo. Así también serán recompensados sus fieles cuando, en ocasión de su venida, la muerte pierda su aguijón, y el sepulcro sea despojado de su victoria. Entonces devolverá el Señor a sus siervos los hijos que les fueron arrebatados por la muerte. “Así ha dicho Jehová: Voz fué oída en Ramá, llanto y lloro amargo: Rachel que lamenta por sus hijos, no quiso ser consolada acerca de sus hijos, porque perecieron. Así ha dicho Jehová: Reprime tu voz del llanto, y tus ojos de las lágrimas; porque salario hay para tu obra, ... y volverán de la tierra del enemigo. Esperanza también hay para tu fin, dice Jehová, y los hijos volverán a su término.” Jeremías 31:15-17.
Con un mensaje de esperanza infinita Jesús consuela nuestro pesar por los que fallecieron: “De la mano del sepulcro los redimiré, librarélos de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh sepulcro.” Oseas 13:14. “Y el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos, ... y tengo las llaves del infierno y de la muerte.” Apocalipsis 1:18. “Porque el mismo Señor con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo;
y los muertos en Cristo resucitarán primero: luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.” 1 Tesalonicenses 4:16, 17.
Como el Salvador de la humanidad, al cual simbolizaba, Eliseo combinaba en su ministerio entre los hombres la obra de curación con la de la enseñanza. Con fidelidad e incansablemente, durante todas sus largas y eficaces labores, Eliseo se esforzó por hacer progresar la importante obra educativa que realizaban las escuelas de los profetas. En la providencia de Dios, sus palabras de instrucción a los fervorosos grupos de jóvenes allí congregados eran confirmadas por las profundas instancias del Espíritu Santo, y a veces por otras inequívocas evidencias de su autoridad como siervo de Jehová.
Fué en ocasión de una de sus visitas a la escuela establecida en Gilgal cuando saneó una comida envenenada. “Había entonces grande hambre en la tierra. Y los hijos de los profetas estaban con él, por lo que dijo a su criado: Pon una grande olla, y haz potaje para los hijos de los profetas. Y salió uno al campo a coger hierbas, y halló una como parra montés, y cogió de ella una faldada de calabazas silvestres: y volvió, y cortólas en la olla del potaje: porque no sabía lo que era. Echóse después para que comieran los hombres; pero sucedió que comiendo ellos de aquel guisado, dieron voces, diciendo: ¡Varón de Dios, la muerte en la olla! Y no lo pudieron comer. El entonces dijo: Traed harina. Y esparcióla en la olla, y dijo: Echa de comer a la gente. Y no hubo más mal en la olla.”
Fué también en Gilgal, mientras seguía habiendo escasez en la tierra, donde Eliseo alimentó a cien hombres con el presente que le trajo “un hombre de Baal-salisa, ... panes de primicias, veinte panes de cebada, y trigo nuevo en su espiga.” Había allí personas muy necesitadas de alimento. Cuando llegó la ofrenda, el profeta dijo a su siervo: “Da a la gente para que coman. Y respondió su sirviente: ¿Cómo he de poner esto delante de cien hombres? Mas él tornó a decir: Da a la gente
Profetas y Reyes · Ellen G. White