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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 212-215

de la tierra”. No había ya en él espíritu de autoindependencia, ni confianza en los arteros poderes humanos. Dios había sido su guardador y su sostén. No se quejó de los malos días pasados. Ya no consideraba sus pruebas y dolores como cosas que habían obrado contra él. Su memoria solamente evocó la misericordia y las bondades del que había estado con él durante toda su peregrinación.

Terminada la bendición, dejando para las generaciones venideras que iban a pasar por largos años de esclavitud y dolor este testimonio de su fe, Jacob le aseguró a su hijo: “Yo muero, pero Dios estará con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres”.

Por fin todos los hijos de Jacob se reunieron alrededor de su lecho de muerte. Jacob llamó a sus hijos y dijo: “Acercáos y oíd, hijos de Jacob; y escuchad a vuestro padre Israel”. “Os declararé lo que ha de aconteceros en los días venideros”. A menudo había pensado ansiosamente en el futuro de sus hijos, y había tratado de concebir un cuadro de la historia de las diferentes tribus. Ahora, mientras sus hijos esperaban su última bendición, el Espíritu de la inspiración se posó sobre él; y se presentó ante él en profética visión el futuro de sus descendientes. Uno después de otro, mencionó los nombres de sus hijos, describió el carácter de cada uno, y predijo brevemente la historia futura de sus tribus.

“Rubén, tú eres mi primogénito,
mi fortaleza y el principio de mi vigor;
el primero en dignidad, el primero en poder”.

Así describió el padre la que debió haber sido la posición de Rubén como hijo primogénito; pero el grave pecado que cometiera en Edar le había hecho indigno de la bendición de la primogenitura. Jacob continuó:

“Impetuoso como las aguas, ya no serás el primero”.

El sacerdocio fue otorgado a Leví, el reino y la promesa mesiánica a Judá, y la doble porción de la herencia a José. Nunca ascendió la tribu de Rubén a una posición eminente en Israel; no fue tan numerosa como la de Judá, la de José, o la de Dan; y se contó entre las primeras que fueron llevadas en cautiverio.

Simeón y Leví seguían en edad a Rubén. Ambos se habían unido en su crueldad contra los siquemitas, y también habían sido los más culpables en la venta de José. Acerca de ellos se declaró:

“Yo los apartaré en Jacob,
los esparciré en Israel”.

Cuando se hizo el censo de Israel poco antes de su entrada a Canaán, la tribu de Simeón resultó la más pequeña. Moisés, en su última bendición, no aludió a Simeón. Al establecerse en Canaán, esta tribu recibió tan solo una pequeña porción de la parte de Judá, y las familias que después se hicieron poderosas formaron distintas colonias, y se establecieron fuera de las fronteras de la tierra santa. Leví tampoco recibió herencia, excepto cuarenta y ocho ciudades diseminadas en diferentes partes de la tierra. En el caso de esta tribu, sin embargo, su fidelidad a Jehová, cuando las otras tribus apostataron, mereció que fuera apartada para el servicio sagrado del santuario, y de esa manera la maldición se transformó en bendición.

Las más altas bendiciones de la primogenitura se transfirieron a Judá. El significado del nombre, que quiere decir alabanza, se describe en la historia profética de esta tribu:

“Judá, te alabarán tus hermanos;
tu mano estará sobre el cuello de tus enemigos;
los hijos de tu padre se inclinarán a ti.
Cachorro de león, Judá; de la presa subiste, hijo mío.
Se encorvó, se echó como león, como león viejo:
¿quién lo despertará?
No será quitado el cetro de Judá
ni el bastón de mando de entre sus pies,
hasta que llegue Siloh;
a él se congregarán los pueblos”.

El león, rey de la selva, es símbolo apropiado de la tribu de la cual descendió David, y del hijo de David, Siloh, el verdadero “león de la tribu de Judá”, ante quien todos los poderes se inclinarán finalmente, y a quien todas las naciones rendirán homenaje.

Para la mayoría de sus hijos Jacob predijo un futuro próspero. Finalmente llegó al nombre de José, y el corazón del padre desbordó al invocar las bendiciones sobre “el Nazareo de sus hermanos”.

“Rama fructífera es José,
rama fructífera junto a una fuente,
sus vástagos se extienden sobre el muro.
Le causaron amargura, le lanzaron flechas,

lo aborrecieron los arqueros,
mas su arco se mantuvo poderoso
y los brazos de sus manos se fortalecieron
por las manos del Fuerte de Jacob, por el nombre del Pastor,
la Roca de Israel, por el Dios de tu padre, el cual te ayudará,
por el Dios omnipotente, el cual te bendecirá
con bendiciones de los cielos de arriba,
con bendiciones del abismo que está abajo,
con bendiciones de los pechos y del vientre.
Las bendiciones de tu padre fueron mayores
que las de mis progenitores;
hasta el término de los collados eternos
serán sobre la cabeza de José,
sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermano”.

Jacob había sido siempre un hombre de profundos y apasionados afectos; su amor por sus hijos era fuerte y tierno, y el testimonio que dio de ellos en su lecho de muerte no fue expresión de parcialidad ni resentimiento. Había perdonado a todos, y los amó a todos hasta el fin. Su ternura paternal se habría expresado en palabras de ánimo y de esperanza; pero el poder de Dios se posó sobre él, y bajo la influencia de la inspiración fue constreñido a declarar la verdad, por penosa que fuera.

Una vez pronunciadas las últimas bendiciones, Jacob repitió el encargo referente al sitio de su entierro: “Voy a ser reunido con mi pueblo. Sepultadme con mis padres [...] en la cueva que está en el campo de Macpela [...]. Allí sepultaron a Abraham y a Sara, su mujer; allí sepultaron a Isaac y a Rebeca, su mujer; allí también sepulté yo a Lea”. De esta manera el último acto de su vida fue manifestar su fe en la promesa de Dios.

Los últimos años de Jacob le proporcionaron un atardecer tranquilo y descansado después de un inquieto y fatigoso día. Se habían juntado obcuras nubes sobre su camino; sin embargo, la puesta de su sol fue clara, y el fulgor del cielo iluminó la hora de su partida. Dice la Escritura: “Al tiempo de la tarde habrá luz”. “Considera al íntegro, y mira al justo: que la postrimería de cada uno de ellos es paz”. Zacarías 14:7; Salmos 37:37.

Jacob había pecado, y había sufrido hondamente. Había tenido que pasar muchos años de trabajo, cuidado y dolor desde el día en que su gran pecado lo obligó a huir de las tiendas de su padre.

Había sido fugitivo sin hogar, separado de su madre a quien nunca volvió a ver; trabajó siete años por la que amó, solamente para ser vilmente defraudado; trabajó veinte años al servicio de un pariente codicioso y rapaz; vio aumentar su riqueza y crecer a sus hijos en su derredor, pero halló poco regocijo en su contenciosa y dividida familia; se sintió dolorido por la vergüenza de su hija, por la venganza de los hermanos de esta, por la muerte de Raquel, por el monstruoso delito de Rubén, por el pecado de Judá, por el cruel engaño y la malicia perpetrada contra José. ¡Cuán negra y larga es la lista de iniquidades expuestas a la vista! Vez tras vez había cosechado el fruto de aquella primera mala acción. Vez tras vez vio repetidos entre sus hijos los pecados de los cuales él mismo había sido culpable. Pero aunque la disciplina había sido amarga, había cumplido su obra. El castigo, aunque doloroso, había producido el “fruto apacible de justicia”. Hebreos 12:11.

La inspiración registra fielmente las faltas de los hombres que fueron distinguidos por el favor de Dios; en realidad, sus defectos resaltaban más que sus virtudes. Muchos se han preguntado el porqué de esto, y ha sido motivo de que el infiel se burle de la Biblia. Pero una de las evidencias más poderosas de la veracidad de la Escritura consiste en que ella no hermosea las acciones de sus personajes principales ni tampoco oculta sus pecados. Las mentes de los hombres están tan sujetas a prejuicios que no es posible que la historia humana sea absolutamente imparcial. Si la Biblia hubiera sido escrita por personas no inspiradas, habría presentado indudablemente el carácter de sus hombres distinguidos bajo un aspecto más favorable. Pero tal como es, nos proporciona un relato correcto de sus vidas.

Los hombres a quienes Dios favoreció, y a quienes confió grandes responsabilidades, fueron a veces vencidos por la tentación y cometieron pecados, tal como nosotros hoy luchamos, vacilamos y frecuentemente caemos en el error. Sus vidas, con todos sus defectos y extravíos, están ante nosotros, para que nos sirvan de aliento y amonestación. Si se los hubiera presentado como personas intachables, nosotros, con nuestra naturaleza pecaminosa, podríamos desesperar por nuestros errores y fracasos. Pero viendo cómo lucharon otros con desalientos como los nuestros, cómo cayeron en la tentación como nos ha ocurrido a nosotros, y cómo, sin embargo, se reanimaron y llegaron a triunfar mediante la gracia de Dios, nos sentimos alentados en nuestra lucha por la justicia. Así como ellos, aunque vencidos algunas veces, recuperaron lo perdido y fueron bendecidos

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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