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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 210-211

para el cumplimiento del propósito divino. Se les ofrecía allí un sector del país bien regado y fértil, con todas las ventajas necesarias para un rápido crecimiento. Y la antipatía que habían de encontrar en Egipto debido a su ocupación, porque para “los egipcios es abominación todo pastor de ovejas”, les permitiría seguir siendo un pueblo distinto y separado, y serviría para impedirles que participaran en la idolatría egipcia.

Al llegar a Egipto, la compañía se dirigió a la tierra de Gosén. Allí fue José en su carro oficial, acompañado de un séquito principesco. Olvidó el esplendor de su ambiente y la dignidad de su posición; un solo pensamiento llenaba su mente, un anhelo conmovía su corazón. Cuando divisó la llegada de los viajeros, no pudo ya reprimir el amor cuyos anhelos había sofocado durante tan largos años. Saltó de su carro, y corrió a dar la bienvenida a su padre. “Se echó sobre su cuello, y sobre su cuello lloró largamente. Entonces Israel dijo a José: “Muera yo ahora, ya que he visto tu rostro y sé que aún vives””.

José llevó a cinco de sus hermanos para presentarlos al faraón, y para que se les diera la tierra en que iban a establecer sus hogares. La gratitud hacia su primer ministro induciría al monarca a honrarlos con nombramientos para ocupar cargos oficiales; pero José, leal al culto de Jehová, trató de salvar a sus hermanos de las tentaciones a que se expondrían en una corte pagana; por consiguiente, les aconsejó que cuando el rey les preguntara, le dijeran francamente su ocupación. Los hijos de Jacob siguieron este consejo, teniendo cuidado también de manifestar que habían venido a morar temporalmente en la tierra, y no a permanecer allí, reservándose de esa manera el derecho de marcharse cuando lo desearan. El rey les asignó un lugar, como había ofrecido, en lo mejor del país, en la tierra de Gosén.

Poco tiempo después, José llevó también a su padre para presentarlo al rey. El patriarca era extraño al ambiente de las cortes reales; pero en medio de las sublimes escenas de la naturaleza había tenido comunión con el Monarca más poderoso; y ahora con consciente superioridad, alzó las manos y bendijo al faraón.

En su primer saludo a José, Jacob habló como si con esta conclusión jubilosa de su largo dolor y ansiedad, estuviera listo para morir. Pero todavía se le otorgaron diecisiete años en el quieto retiro de Gosén. Estos años fueron un feliz contraste con los que los habían precedido. Jacob vio en sus hijos evidencias de un verdadero arrepentimiento. Vio a su familia rodeada de todas las condiciones necesarias para convertirse en una gran nación; y su fe se afirmó en la

segura promesa de su futuro establecimiento en Canaán. Él mismo estaba rodeado de todas las demostraciones de amor y favor que el primer ministro de Egipto podía dispensar; y feliz en la compañía de su hijo por tanto tiempo perdido, descendió quieta y apaciblemente al sepulcro.

Cuando sintió que se aproximaba la muerte, mandó llamar a José. Aferrándose siempre con firmeza a la promesa de Dios referente a la posesión de Canaán, dijo: “Te ruego que no me entierres en Egipto. Cuando duerma con mis padres, me llevarás de Egipto y me sepultarás en el sepulcro de ellos”. José prometió hacerlo, pero Jacob no estaba satisfecho con esto; le pidió que le jurara solemnemente que lo enterraría junto a sus padres en la cueva de Macpela.

Otro asunto importante exigía atención; los hijos de José habían de ser formalmente recibidos entre los hijos de Israel. A la última entrevista con su padre, José llevó consigo a Efraín y Manasés. Estos jóvenes estaban ligados por parte de su madre a la orden más alta del sacerdocio egipcio; y si ellos eligieran unirse a los egipcios, la posición de su padre les abriría el camino a la opulencia y la distinción. Pero José deseaba que ellos se unieran a su propio pueblo. Manifestó su fe en la promesa del pacto, en favor de sus hijos, renunciando a todos los honores de la corte egipcia a cambio de un lugar entre las despreciadas tribus de pastores a quienes se habían confiado los oráculos de Dios.

Dijo Jacob: “Ahora bien, tus dos hijos, Efraín y Manasés, que te nacieron en la tierra de Egipto antes de venir a reunirme contigo a la tierra de Egipto, son míos; al igual que Rubén y Simeón, serán míos”. Habían de ser adoptados como sus propios hijos, y llegarían a ser jefes de tribus separadas. De esa manera uno de los privilegios de la primogenitura, perdida por Rubén, había de recaer en José; a saber, una porción doble en Israel.

La vista de Jacob estaba debilitada por la edad, y no se había dado cuenta de la presencia de los jóvenes; pero al ver sus siluetas, dijo: “¿Quiénes son estos?” Al saberlo, agregó: “Acércalos ahora a mí, y los bendeciré”. Al acercársele, el patriarca los abrazó y los besó, poniendo sus manos solemnemente sobre sus cabezas para bendecirlos. Entonces pronunció la oración: “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes. Sea perpetuado en ellos mi nombre y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense y crezcan en medio

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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