Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 55
Este plan no está iniciado. Marca la lectura como leída para iniciarlo desde hoy.
Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 148-151
-- Blank Page --
Capítulo 15—El casamiento de Isaac
Este capítulo está basado en Génesis 24.
Abraham había llegado a la ancianidad y sabía que pronto moriría, pero aún le quedaba un acto por cumplir, para asegurar a su descendencia el cumplimiento de la promesa. Isaac era a quien Dios había designado para sucederle como depositario de la ley de Dios y padre del pueblo escogido; pero todavía era soltero. Los habitantes de Canaán estaban entregados a la idolatría, y Dios, sabiendo que tales uniones conducirían a la apostasía había prohibido el matrimonio entre ellos y su pueblo. El patriarca temía el efecto de las corruptoras influencias que rodeaban a su hijo. La fe de Abraham en Dios y su sumisión a la voluntad divina se reflejaban en el carácter de Isaac; pero el joven era de afectos profundos, y de naturaleza benigna y condescendiente. Si se unía con una mujer que no temiera a Dios, se vería en peligro de sacrificar sus principios en aras de la armonía. Para Abraham, elegir esposa para su hijo era asunto de suma importancia y anhelaba que se casara con quien no lo apartara de Dios.
En los tiempos antiguos, los compromisos matrimoniales eran hechos generalmente por los padres; y esta era la costumbre también entre los que adoraban a Dios. No se exigía a nadie que se casara con una persona a quien no amara; pero al brindar sus afectos, los hijos eran guiados por el juicio de sus padres piadosos y experimentados. Actuar de otro modo era como deshonrar a los padres, y hasta cometer delito.
Isaac, confiando en la sabiduría y el cariño de su padre, se conformaba con dejarle a él la solución del asunto creyendo que Dios lo guiaría en la elección. Los pensamientos del patriarca se dirigieron hacia los parientes de su padre que estaban en Mesopotamia. Aunque no estaban libres de idolatría, apreciaban el conocimiento y el culto del verdadero Dios. Isaac no debía salir de Canaán para ir adonde estaban ellos; pero tal vez se podría hallar entre ellos a una mujer dispuesta a dejar a su país y a unirse con él para conservar puro el culto del Dios viviente.
Abraham confió este importante asunto al servidor más anciano de su casa, hombre piadoso y experimentado, de sano juicio, que le había dado fiel y largo servicio. Hizo prestar a este servidor el solemne juramento ante el Señor de que no tomaría para Isaac una mujer cananea, sino que elegiría a una doncella de la familia de Nacor, de Mesopotamia. Le ordenó que no llevara allá a Isaac. En caso de que no se encontrara una doncella que quisiera dejar a sus parientes, el mensajero quedaría absuelto de su juramento. El patriarca lo animó en su difícil y delicada empresa, asegurándole que Dios coronaría su tarea con éxito. “Jehová, Dios de los cielos -le dijo-, que me tomó de la casa de mi padre[...] enviará su ángel delante de ti”. Véase Génesis 24.
El mensajero se puso en camino sin demora. Llevó consigo diez camellos para su acompañamiento y para la comitiva de la novia que vendría con él. Tomó también regalos para la futura esposa y sus amistades, y emprendió el largo viaje allende Damasco, por las llanuras que llegan hasta el gran río del este. Al llegar a Harán, “la ciudad de Nacor”, se detuvo fuera de las murallas, cerca del pozo donde al atardecer iban las mujeres de la ciudad a sacar agua. Estos fueron para él momentos de gran reflexión. La elección que hiciera tendría consecuencias importantes, no solamente para la familia de su señor, sino también para las generaciones venideras; pero ¿cómo elegiría sabiamente entre gente completamente desconocida? Acordándose de las palabras de Abraham referentes a que Dios enviaría
su ángel con él, rogó a Dios con fervor para pedirle que lo dirigiera en forma positiva. En la familia de su amo estaba acostumbrado a ver de continuo manifestaciones de amabilidad y hospitalidad, y rogó ahora que un acto de cortesía le indicara la doncella que Dios había elegido.
Apenas terminó su oración, le fue otorgada la respuesta. Entre las mujeres que se habían reunido cerca del pozo, había una cuya cortesía llamó su atención. En el momento en que ella dejaba el pozo, el forastero fue a su encuentro y le pidió un poco de agua del cántaro que llevaba al hombro. Le fue concedido amablemente lo que pedía, y se le ofreció sacar agua también para los camellos, un servicio que hasta las hijas de los príncipes solían prestar para atender a los ganados de sus padres. Esa era la señal deseada. “La muchacha era de muy hermoso aspecto”, y su espontánea cortesía daba testimonio de que poseía un corazón bondadoso y una naturaleza activa y enérgica. Hasta aquí la mano divina había estado con Eliezer. Después de retribuir la amabilidad de la joven dándole ricos regalos, el forastero le preguntó por su parentela, y al enterarse que era hija de Betuel, sobrino de Abraham, “el hombre entonces se inclinó, y adoró a Jehová”.
Eliezer había solicitado hospedaje en la casa del padre de la joven, y al agradecerle había revelado su relación con Abraham. Al volver a su casa, la joven refirió lo que había sucedido, y su hermano Labán se apresuró a buscar al forastero y a sus compañeros para que compartieran su hospitalidad.
Eliezer no quiso tomar alimento antes de hablarles de su misión, de su oración junto al pozo, y de todos los demás detalles. Luego dijo: “Ahora, pues, si estáis dispuestos a hacer misericordia y ser leales con mi señor, declarádmelo; y si no, declarádmelo también, y así sabré qué debo hacer”. Su respuesta fue “De Jehová ha salido esto; no podemos hablarte ni mal ni bien”. Génesis 24:49, 50.
Obtenido el consentimiento de la familia, preguntaron a Rebeca si estaba dispuesta a ir tan lejos de la casa de su padre, para casarse con el hijo de Abraham. Después de lo que había sucedido, ella creyó que Dios la había elegido como la esposa de Isaac, y dijo: “Sí, iré”.
El criado, previendo la alegría de su amo por el éxito de su misión, no pudo contener sus deseos de irse, y a la mañana siguiente se pusieron en camino hacia su país. Abraham vivía en Beerseba, e Isaac después de apacentar el ganado en los campos vecinos, había vuelto a la tienda de su padre, para esperar la llegada del
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White