Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 43
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 122-123
jóvenes el deseo de seguir sus inclinaciones, en lugar de someterse a los requerimientos divinos. Así crecen con aversión a cumplir la voluntad de Dios, y transmiten su espíritu irreligioso e insubordinado a sus hijos y a sus nietos. Así como Abraham, los padres deberían “mandar a su casa después de sí”. Enséñese a los niños a obedecer a la autoridad de sus padres, e impóngase esta obediencia como primer paso en la obediencia a la autoridad de Dios.
El poco aprecio en que aun los dirigentes religiosos tienen la ley de Dios ha producido muchos males. La enseñanza tan generalizada de que los estatutos divinos ya no están en vigencia es, en sus efectos morales sobre las personas, semejante a la idolatría. Aquellos que procuran disminuir los requerimientos de la santa ley de Dios están socavando directamente el fundamento del gobierno de familias y naciones. Los padres religiosos que no andan en los estatutos de Dios, no mandan a su familia que siga el camino del Señor. No hacen de la ley de Dios la norma de la vida. Los hijos, al fundar sus propios hogares, no se sienten obligados a enseñar a sus propios hijos lo que nunca se les enseñó a ellos. Y este es el motivo por lo cual hay tantas familias impías; esta es la razón por la que la depravación se ha arraigado y extendido tanto.
Mientras que los mismos padres no anden conforme a la ley del Señor con corazón perfecto, no estarán preparados para “mandar a sus hijos después de sí”. Es preciso hacer en este respecto una reforma amplia y profunda. Los padres deben reformarse. Los ministros necesitan reformarse; necesitan a Dios en sus hogares. Si quieren ver un estado de cosas diferente, han de dar la Palabra de Dios a sus familias, y tienen que hacerla su consejera. Deben enseñar a sus hijos que esta es la voz de Dios a ellos dirigida y que deben obedecerle implícitamente. Deben instruir con paciencia a sus hijos; bondadosa e incesantemente deben enseñarles a vivir para agradar a Dios. Los hijos de tales familias estarán preparados para hacer frente a los sofismas de la incredulidad. Aceptaron la Biblia como base de su fe, y por consiguiente, tienen un fundamento que no puede ser barrido por la ola de escepticismo que se avecina.
En muchos hogares, se descuida la oración. Los padres creen que no disponen de tiempo para el culto matutino o vespertino. No pueden invertir unos momentos en dar gracias a Dios por sus abundantes misericordias, por el bendito sol y las lluvias que hacen florecer la vegetación, y por el cuidado de los santos ángeles. No tienen tiempo para orar y pedir la ayuda y la dirección divinas, y la
permanente presencia de Jesús en el hogar. Salen a trabajar como va el buey o el caballo, sin dedicar un solo pensamiento a Dios o al cielo. Poseen almas tan preciosas que para que no sucumbieran en la perdición eterna, el Hijo de Dios dio su vida por su rescate; sin embargo, tienen muy poco aprecio por las grandes bondades del Señor.
Al igual que los patriarcas de la antigüedad, los que profesan amar a Dios deben levantar un altar al Señor en todo lugar que se establezcan. Si alguna vez hubo un tiempo cuando todo hogar ha de ser una casa de oración, es ahora. Los padres y las madres tienen que elevar sus corazones a menudo hacia Dios para suplicar humildemente por ellos mismos y por sus hijos. Que el padre, como sacerdote de la familia, ponga sobre el altar de Dios el sacrificio de la mañana y de la noche, mientras la esposa y los niños se le unen en oración y alabanza. Jesús se complace en morar en un hogar tal.
De todo hogar cristiano debería irradiar una santa luz. El amor debe expresarse con hechos. Ha de manifestarse en todas las relaciones del hogar y revelarse en una amabilidad atenta, en una suave y desinteresada cortesía. Hay hogares donde se pone en práctica este principio, hogares donde se adora a Dios, y donde reina el amor verdadero. De estos hogares, de mañana y de noche, la oración asciende hacia Dios como un dulce incienso, y las misericordias y las bendiciones de Dios descienden sobre los suplicantes como el rocío de la mañana.
Un hogar piadoso bien dirigido constituye un argumento poderoso en favor de la religión cristiana, un argumento que el incrédulo no puede negar. Todos pueden ver que una influencia trabaja en la familia y afecta a los hijos, y que el Dios de Abraham está con ellos. Si los hogares de los profesos cristianos tuviesen el debido molde religioso, ejercerían una gran influencia en favor del bien. Serían, ciertamente, “la luz del mundo”. El Dios del cielo habla a todo padre fiel por medio de las palabras dirigidas a Abraham: “Yo sé que mandará a sus hijos, y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová haciendo justicia, y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White