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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 120-121

de Dios acerca de este fiel patriarca es: “Oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes”. Y en otro lugar dice: “Yo lo he conocido, sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio, para que haga venir Jehová sobre Abraham lo que ha hablado acerca de él”. Génesis 26:5; 18:19.

Fue un gran honor para Abraham ser el padre del pueblo que durante siglos había sido guardián y preservador de la verdad de Dios para el mundo, de aquel pueblo por medio del cual todas las naciones de la tierra iban a ser bendecidas con el advenimiento del Mesías prometido. El que llamó al patriarca lo consideró digno. Es Dios el que habla. El que entiende los pensamientos desde antes y desde muy lejos y justiprecia a los hombres, dice: “Lo he conocido”. En lo que tocaba a Abraham, no traicionaría la verdad por motivos egoístas. Guardaría la ley y se conduciría recta y justamente. Y no solo temería al Señor, sino que también cultivaría la religión en su hogar. Instruiría a su familia en la justicia. La ley de Dios sería la norma de su hogar.

La familia de Abraham comprendía más de mil almas. Los que por sus enseñanzas eran inducidos a adorar al Dios único encontraban un hogar en su campamento; y allí, como en una escuela, recibían una instrucción que los preparaba para ser representantes de la verdadera fe. Así que pesaba sobre Abraham una gran responsabilidad. Educaba a los padres de familia, y sus métodos de gobierno eran puestos en práctica en las casas que ellos presidían.

En la antigüedad el padre era el jefe y el sacerdote de su propia familia, y ejercía autoridad sobre sus hijos, aun después de que estos tenían sus propias familias. Sus descendientes aprendían a considerarlo como su jefe, tanto en los asuntos religiosos como en los seculares. Abraham trató de perpetuar este sistema patriarcal de gobierno, pues tendía a conservar el conocimiento de Dios. Era necesario vincular a los miembros de la familia, para construir una barrera contra la idolatría tan generalizada y arraigada en aquel entonces. Abraham trataba por todos los medios a su alcance de evitar que los habitantes de su campamento se mezclaran con los paganos y presenciaran sus prácticas idólatras; pues sabía muy bien que la familiaridad con el mal iría corrompiendo insensiblemente los sanos principios. Ponía el mayor cuidado en excluir toda forma de religión falsa y en hacer comprender a los suyos la majestad y gloria del Dios viviente como único objeto del culto.

Fue un sabio arreglo, dispuesto por Dios mismo, el aislar a su pueblo, en lo posible, de toda relación con los paganos, para hacer de él un pueblo separado, que no se contase entre las naciones. Él había separado a Abraham de sus parientes idólatras, para que el patriarca pudiera capacitar y educar a su familia alejada de las influencias seductoras que la hubieran rodeado en Mesopotamia, y para que la verdadera fe fuera conservada en su pureza por sus descendientes, de generación en generación.

El amor de Abraham hacia sus hijos y su casa lo movió a resguardar su fe religiosa, y a inculcarles el conocimiento de los estatutos divinos, como el legado más precioso que pudiera dejarles a ellos y por su medio al mundo. A todos les enseñó que estaban bajo el gobierno del Dios del cielo. No debía haber opresión de parte de los padres, ni desobediencia de parte de los hijos. La ley de Dios había designado a cada uno sus obligaciones, y solo mediante la obediencia a dicha ley se podía obtener la felicidad y la prosperidad.

Su propio ejemplo, la silenciosa influencia de su vida cotidiana, era una constante lección. La integridad inalterable, la benevolencia y la desinteresada cortesía, que le habían granjeado la admiración de los reyes, se manifestaban en el hogar. Había en esa vida una fragancia, una nobleza y una dulzura de carácter que revelaban a todos que Abraham estaba en relación con el cielo. No descuidaba siquiera al más humilde de sus siervos. En su casa no había una ley para el amo, y otra para el siervo; no había un camino real para el rico, y otro para el pobre. Todos eran tratados con justicia y compasión, como coherederos de la gracia de la vida.

Él “mandará a su casa después de sí”. En Abraham no se vería negligencia pecaminosa en lo referente a restringir las malas inclinaciones de sus hijos, ni tampoco habría favoritismo imprudente, indulgencia o debilidad; no sacrificaría su convicción del deber ante las pretensiones de un amor mal entendido. Abraham no solo daría la instrucción apropiada, sino que mantendría la autoridad de las leyes justas y rectas.

¡Cuán pocos son los que siguen este ejemplo en la actualidad! Muchos padres manifiestan un sentimentalismo ciego y egoísta, un mal llamado amor, que deja a los niños gobernarse por su propia voluntad cuando su juicio no se ha formado aún y los dominan pasiones indisciplinadas. Esto es ser cruel hacia la juventud, y cometer un gran mal contra el mundo. La indulgencia de los padres provoca muchos desórdenes en las familias y en la sociedad. Confirma en los

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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