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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 711-713

amargos son los frutos del pecado, y se apartan de él a tiempo! En su misericordia, Dios no dejó a David abandonado para que sea atraído a la ruina total por los premios engañosos del pecado.

También por causa de Israel era necesario que Dios interviniera. Con el transcurso del tiempo se fue conociendo el pecado de David para con Betsabé, y se despertó la sospecha de que él había planeado la muerte de Urías. Esto redundó en deshonor para el Señor. Él había favorecido y ensalzado a David, y el pecado de este representaba mal el carácter de Dios, y echaba oprobio sobre su nombre. Tendía a rebajar las normas de la piedad en Israel, a aminorar en muchas mentes el aborrecimiento del pecado, mientras que envalentonaba en la transgresión a los que no amaban ni temían a Dios.

El profeta Natán recibió órdenes de llevar un mensaje de reprensión a David. Era un mensaje terrible en su severidad. A pocos soberanos se les podría haber dirigido una reprensión sin que el mensajero perdiera la vida. Natán transmitió la sentencia divina sin vacilación, aunque con tal sabiduría celestial que despertó la simpatía y la conciencia del rey y lo indujo a que con sus labios emitiera su propia sentencia de muerte. Apelando a David como al guardián divinamente designado para proteger los derechos de su pueblo, el profeta le relató una historia de agravio y opresión que exigía justicia y castigo.

“Había dos hombres en una ciudad -dijo-, uno rico y el otro pobre. El rico tenía numerosas ovejas y vacas, pero el pobre no tenía más que una sola corderita, que él había comprado y criado, y que había crecido con él y con sus hijos juntamente, comiendo de su bocado, bebiendo de su vaso y durmiendo en su seno igual que una hija. Un día llegó un viajero a visitar al hombre rico, y este no quiso tomar de sus ovejas y de sus vacas para dar de comer al caminante que había venido a visitarlo, sino que tornó la oveja de aquel hombre pobre, y la preparó para quien había llegado de visita”.

El rey se airó y exclamó: “¡Vive Jehová, que es digno de muerte el que tal hizo! Debe pagar cuatro veces el valor de la cordera, por haber hecho semejante cosa y no mostrar misericordia”.

Natán fijó los ojos en el rey; y luego, alzando la mano derecha, le declaró solemnemente: “Tú eres aquel hombre”. “¿Por qué pues -continuó- tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos?” Como David, los culpables pueden procurar que su crimen quede oculto para los hombres; pueden tratar de sepultar la acción perversa para siempre, a fin de que el ojo humano

no la vea ni lo sepa la inteligencia humana; pero “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta”. Hebreos 4:13. “Nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse”. Mateo 10:26.

Natán le manifestó: “Así ha dicho Jehová, Dios de Israel: “Yo te ungí como rey de Israel y te libré de manos de Saúl, te entregué la casa de tu señor y puse en tus brazos a sus mujeres; además te di la casa de Israel y de Judá; y como si esto fuera poco, te habría añadido mucho más. ¿Por qué, pues, has tenido en poco la palabra de Jehová, y hecho lo malo delante de sus ojos? A Urías, el heteo, lo mataste a espada y tomaste a su esposa como mujer. Sí, a él lo mataste con la espada de los hijos de Amón. Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada [...]. Yo haré que de tu misma casa se alce el mal contra ti. Tomaré a tus mujeres delante de tus ojos y las entregaré a tu prójimo [...]. Porque tú lo hiciste en secreto; pero yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol””.

El reproche del profeta conmovió el corazón de David; se despertó su conciencia; y su culpa le apareció en toda su enormidad. Su alma se postró en penitencia ante Dios. Con labios temblorosos exclamó: “Pequé contra Jehová”. Todo daño o agravio que se haga a otros se extiende del perjudicado a Dios. David había cometido un grave pecado contra Urías y Betsabé, y se daba cuenta perfecta de su gran transgresión. Pero mucho más grave era su pecado contra Dios.

Aunque no se hallara a nadie en Israel que ejecutara la sentencia de muerte contra el ungido del Señor, David tembló por temor de que, culpable y sin perdón, fuese abatido por el rápido juicio de Dios. Pero se le envió por medio del profeta este mensaje: “También Jehová ha perdonado tu pecado: no morirás”. No obstante, la justicia debía mantenerse. La sentencia de muerte fue transferida de David al hijo de su pecado. Así se le dio al rey oportunidad de arrepentirse; mientras que el sufrimiento y la muerte del niño, como parte de su castigo, le resultaban más amargos de lo que hubiera sido su propia muerte. El profeta dijo: “Pero, por cuanto con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová, el hijo que te ha nacido, ciertamente morirá”.

Cuando el niño cayó enfermo, David imploró y suplicó por la vida del niño con ayuno y profunda humillación. Se despojó de sus prendas reales, hizo a un lado su corona, y noche tras noche yacía en el suelo, intercediendo con dolor desesperado en pro del

inocente que sufría a causa de su propia culpa. “Los ancianos de su casa fueron a rogarle que se levantara del suelo, pero él no quiso”. A menudo cuando se habían pronunciado juicios contra personas o ciudades, la humillación y el arrepentimiento habían bastado para apartar el golpe, y el Dios que siempre tiene misericordia y es presto a perdonar, había enviado mensajeros de paz. Alentado por este pensamiento, David perseveró en su súplica mientras vivió el niño. Cuando supo que estaba muerto, con calma y resignación David se sometió al decreto de Dios. Había caído el primer golpe de aquel castigo que él mismo había declarado justo. Pero David, confiando en la misericordia de Dios, no quedó sin consuelo.

Muchos, leyendo la historia de la caída de David, han preguntado: ¿Por qué se hizo público este relato? ¿Por qué consideró Dios conveniente descubrir al mundo este pasaje oscuro de la vida de uno que fue altamente honrado por el cielo? El profeta, en el reproche que hizo a David, había declarado tocante a su pecado: “Con este asunto hiciste blasfemar a los enemigos de Jehová”. A través de las generaciones sucesivas, los incrédulos han señalado el carácter de David y la mancha negra que lleva, y han exclamado en son de triunfo y burla: “¡He aquí el hombre según el corazón de Dios!” Así se ha echado oprobio sobre la religión; Dios y su palabra han sido blasfemados; muchas almas se han endurecido en la incredulidad, y muchos, bajo un manto de piedad, se han envalentonado en el pecado.

Pero la historia de David no suministra motivos por tolerar el pecado. David fue llamado hombre según el corazón de Dios cuando andaba de acuerdo con su consejo. Cuando pecó, dejó de serlo hasta que, por arrepentimiento, volvió al Señor. La Palabra de Dios manifiesta claramente: “Esto que David había hecho, fue desagradable a los ojos de Jehová”. Y el Señor le dijo a David por medio del profeta: “¿Por qué pues tuviste en poco la palabra de Jehová, haciendo lo malo delante de sus ojos? [...] Por lo cual ahora no se apartará jamás de tu casa la espada; por cuanto me menospreciaste”. Aunque David se arrepintió de su pecado, y fue perdonado y aceptado por el Señor, cosechó la funesta mies de la siembra que él mismo había sembrado. Los juicios que cayeron sobre él y sobre su casa atestiguan cuanto aborrece Dios al pecado.

Hasta entonces la providencia de Dios había protegido a David de todas las conspiraciones de sus enemigos, y se había ejercido directamente para refrenar a Saúl. Pero la transgresión de David había cambiado su relación con Dios. En ninguna forma podía el Señor

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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