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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 693-695

Capítulo 70—El reinado de David

Este capítulo está basado en 2 Samuel 5:6-25; 6; 7; 9 y 10.

Tan pronto como David se vio afianzado en el trono de Israel, comenzó a buscar una localidad más apropiada para la capital de su reino. A unos treinta kilómetros de Hebrón, se escogió un sitio como la futura metrópoli de la nación. Antes que Josué condujera los ejércitos de Israel a través del Jordán, ese lugar se había llamado Salem. Cerca de allí Abraham había probado su lealtad a Dios. Ochocientos años antes de la coronación de David, había vivido allí Melquisedec, sacerdote del Altísimo. Ocupaba este sitio una posición central y elevada en el país, protegida por un cerco de colinas. Como se hallaba en el límite entre Benjamín y Judá, estaba también muy próxima a Efraín, y las otras tribus tenían fácil acceso a él.

Para conquistar esta localidad, los hebreos debían desalojar un remanente de los cananeos, que sostenía una posición fortificada en las montañas de Sión y Moria. Este fuerte se llamaba Jebús, y a sus habitantes se les conocía por el nombre de jebuseos. Durante varios siglos, se había considerado a Jebús como inexpugnable;

pero fue sitiado y tomado por los hebreos bajo el mando de Joab, a quien, como premio por su valor, se le hizo comandante en jefe de los ejércitos de Israel. Jebús se convirtió en la capital nacional, y su nombre pagano fue cambiado al de Jerusalén.

Entonces Hiram, rey de la rica ciudad de Tiro, situada en la costa del Mediterráneo, procuró hacer alianza con el rey de Israel, y prestó ayuda a David en la construcción de un palacio en Jerusalén. Envió de Tiro embajadores acompañados de arquitectos y trabajadores y de un gran cargamento de maderas costosas, cedros y otros materiales valiosos.

El aumento del poderío de Israel debido a su unión bajo el gobierno de David, la adquisición de la fortaleza de Jebús, y la alianza con Hiram, rey de Tiro, provocaron la hostilidad de los filisteos, y nuevamente invadieron el país con un poderoso ejército, tomando posiciones en el valle de Refaim, a poca distancia de la ciudad de Jerusalén. David y sus hombres de guerra se retiraron a la fortaleza de Sión, a esperar la dirección divina. “Entonces consultó David a Jehová, diciendo: “¿Iré contra los filisteos? ¿Los entregarás en mis manos?” Respondió Jehová a David: “Ve, porque ciertamente entregaré a los filisteos en tus manos””. 2 Samuel 5:17-25.

David avanzó de inmediato contra el enemigo, lo venció y destruyó, y le quitó los dioses que había llevado al campo de batalla para asegurar su victoria. Exasperados por la humillación de su derrota, los filisteos reunieron una fuerza aún mayor, y volvieron al conflicto. Y otra vez “se desplegaron por el valle de Refaim”. Nuevamente David buscó al Señor, y el gran YO SOY asumió la dirección de los ejércitos de Israel,

Dios le dio instrucciones a David, diciéndole: “No subas, sino rodéalos y atácalos frente a las balsameras. Y cuando oigas ruido como de marcha por las copas de las balsameras, entonces atacarás, porque Jehová saldrá delante de ti para derrotar el campamento de los filisteos”. Si David hubiera hecho como Saúl, es decir, hubiese decidido por su cuenta, el éxito no le habría acompañado. Pero hizo como el Señor le había ordenado, “y derrotaron al ejército de los filisteos desde Gabaón hasta Gezer. Y la fama de David se divulgó por todas aquellas tierras; y Jehová puso el temor de David sobre todas las naciones”. 1 Crónicas 14:16, 17.

Tan pronto David estuvo firmemente establecido en el trono, y libre de la invasión de enemigos extranjeros, quiso lograr un propósito que había abrigado por mucho tiempo en su corazón: el de traer

el arca de Dios a Jerusalén. Durante muchos años, el arca había permanecido en Kiriat-jearim, a unos quince kilómetros de distancia; pero era propio que la capital de la nación fuera honrada con el símbolo de la presencia divina.

David citó a treinta mil de los hombres principales de Israel, pues quería hacer de la ocasión una escena de gran regocijo e imponente ostentación. El pueblo respondió alegremente a la invitación. El sumo sacerdote, acompañado de sus hermanos en el cargo sagrado, y los príncipes y hombres principales de las tribus se congregaron en Kiriat-jearim. David estaba encendido de celo divino. Se sacó el arca de la casa de Abinadab y se la puso sobre una carreta nueva tirada por bueyes, y acompañada por dos de los hijos de Abinadab.

Los hombres de Israel la seguían, con palabras de alabanza y de regocijo, y con cantos de júbilo, pues era una gran multitud de voces la que se unía a la melodía y el sonido de los instrumentos musicales. “Así David y toda la casa de Israel llevaban el arca de Jehová con júbilo y sonido de trompeta”. Véase 2 Samuel 6. Hacía mucho que Israel no presenciaba semejante escena de triunfo. Con solemne regocijo, la enorme procesión iba serpenteando entre las colinas y los valles, hacia la ciudad santa.

Pero “cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano hacia el Arca de Dios y la sostuvo, pues los bueyes tropezaban. Entonces el furor de Jehová se encendió contra Uza: allí mismo lo hirió Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al Arca de Dios”. 2 Samuel 6:6, 7.

Un temor repentino se apoderó de la regocijada multitud. David se asombró y alarmó, y en su corazón puso en tela de juicio la justicia de Dios. Él procuraba honrar el arca como símbolo de la presencia divina. ¿Por qué, entonces, se había mandado aquel terrible castigo para que cambiara la escena de alegría en una ocasión de dolor y luto? Creyendo que sería peligroso tener el arca cerca de sí mismo, David resolvió dejarla donde estaba. Se encontró un lugar en las cercanías, en la casa del geteo Obed-edom.

La suerte de Uza fue un castigo divino por la violación de un mandamiento muy explícito. Por medio de Moisés el Señor había dado instrucciones especiales acerca de cómo transportar el arca. Únicamente los sacerdotes, descendientes de Aarón, podían tocarla, o aun mirarla descubierta. El mandamiento divino era el siguiente: “Vendrán [...] los hijos de Coat para conducir: mas no tocarán cosa santa, que morirán”. Números 4:15. Los sacerdotes debían cubrir el

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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