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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 658-661

Dios a tu enemigo en tus manos; ahora, pues, déjame que lo hiera con la lanza: lo clavaré en tierra de un golpe, y no le hará falta un segundo golpe”. Y esperó la palabra que le diera el permiso; pero sus oídos escucharon las palabras susurradas:

“No lo mates; porque ¿quién extenderá impunemente su mano contra el ungido de Jehová? [...] ¡Vive Jehová!, que si Jehová no lo hiriera (sea que le llegue su día y muera, o descienda a la batalla y perezca), guárdeme Jehová de extender mi mano contra el ungido de Jehová. Pero ahora toma la lanza que está a su cabecera y la vasija de agua, y vámonos. Se llevó, pues, David la lanza y la vasija de agua de la cabecera de Saúl y se fueron. No hubo nadie que los viera, ni se diera cuenta, ni se despertara, pues todos dormían; porque había caído sobre ellos un profundo sueño enviado por Jehová”. ¡Cuán fácilmente puede el Señor debilitar al más fuerte, quitar la prudencia del más sabio, y confundir la pericia del más cuidadoso!

Cuando David estuvo a una distancia segura del campamento, se paró en la cumbre de una colina, y gritó a voz en cuello a la gente y a Abner, diciéndole: “¿No eres tú un hombre? ¿Quién hay como tú en Israel? ¿Por qué, pues, no has guardado al rey tu señor? Porque uno del pueblo ha entrado a matar a tu señor el rey. Esto que has hecho no está bien. ¡Vive Jehová!, que sois dignos de muerte, porque no habéis guardado a vuestro señor, al ungido de Jehová. Mira ahora dónde está la lanza del rey y la vasija de agua que tenía a su cabecera. Reconociendo Saúl la voz de David, dijo: ¿No es esta tu voz, David, hijo mío? David respondió: Sí, es mi voz, rey y señor mío. Y añadió: ¿Por qué persigue así mi señor a su siervo? ¿Qué he hecho? ¿Qué mal hay en mis manos? Ruego, pues, que el rey mi señor oiga ahora las palabras de su siervo”. 1 Samuel 26:15-19.

Nuevamente confesó el rey, diciendo: “He pecado; vuelve, David, hijo mío, que ya no te haré ningún mal, porque mi vida ha sido estimada preciosa hoy a tus ojos. He obrado neciamente, he cometido un gran error. David respondió: “Aquí está la lanza del rey; pase acá uno de los criados y tómela””. No obstante que Saúl había hecho la promesa: “Ningún mal te haré”. David no se entregó en sus manos.

Este segundo caso en que David respetaba la vida de su soberano hizo una impresión aún más profunda en la mente de Saúl, y arrancó de él un reconocimiento más humilde de su falta. Le asombraba y subyugaba la manifestación de tanta bondad. Al despedirse de David, Saúl exclamó: “Bendito seas tú, David, hijo mío; sin duda

emprenderás tú cosas grandes, y prevalecerás”. Pero el hijo de Isaí no tenía esperanza de que él siguiera por mucho tiempo en esta actitud.

David perdió la esperanza de reconciliarse con Saúl. Parecía inevitable que cayera finalmente víctima de la malicia del rey, y decidió otra vez buscar refugio en tierra de los fliisteos. Con los seiscientos hombres que mandaba, se fue a Aquis, rey de Gat.

La conclusión de David, de que Saúl ciertamente alcanzaría su propósito homicida, se formó sin el consejo de Dios. Aun cuando Saúl estaba maquinando y procurando su destrucción, el Señor trabajaba para asegurarle el reino a David. El Señor lleva a cabo sus planes, aunque muchas veces para los ojos humanos parezcan velados por el misterio. Los hombres no pueden comprender las maneras de proceder de Dios; y, mirando las apariencias, interpretan las dificultades, las pruebas y las aflicciones que Dios permite que les sobrevengan, como cosas que van encaminadas contra ellos, y que solo les causarán la ruina. Así miró David las apariencias, y pasó por alto las promesas de Dios. Dudó de que jamás llegara a ocupar el trono. Las largas pruebas habían debilitado su fe y agotado su paciencia.

El Señor no envió a David para que buscara protección entre los filisteos, los enemigos acérrimos de Israel. Esa nación se iba a contar entre sus peores enemigos hasta el final; y sin embargo, huyó a ella en busca de ayuda cuando la necesitó. Habiendo perdido toda fe en Saúl y en los que le servían, se entregó a la merced de los enemigos de su pueblo. David era un general valeroso; había dado muestras de ser un guerrero sabio y había salido siempre victorioso en sus batallas; pero ahora estaba actuando directamente contra sus propios intereses al dirigirse a los filisteos. Dios le había designado para que levantara su estandarte en la tierra de Judá, y fue la falta de fe lo que lo llevó a abandonar su puesto del deber sin un mandamiento del Señor.

La incredulidad de David deshonró a Dios. Los filisteos habían temido más a David que a Saúl y sus ejércitos; y al ponerse bajo la protección de los filisteos, David les reveló las debilidades de su propio pueblo. Así animó a estos implacables enemigos a oprimir a Israel. David había sido ungido para que defendiera al pueblo de Dios; y el Señor no quería que sus siervos alentaran a los impíos revelando la debilidad de su pueblo ni aparentando indiferencia hacia el bienestar de dicho pueblo. Además, sus hermanos recibieron la impresión que él se había ido con los paganos para servir a sus dioses. Su

acto dio lugar a que se interpretaran mal sus móviles, y muchos se sintieron inducidos a tener prejuicio contra él. Aquello mismo que Satanás quería que hiciera, fue inducido a hacerlo; pues, al buscar refugio entre los filisteos, David causó gran alegría a los enemigos de Dios y de su pueblo. David no renunció al culto que rendía a Dios, ni dejó de dedicarse a su causa; pero sacrificó su confianza en él en favor de la seguridad personal, y así empañó el carácter recto y fiel que Dios exige que sus siervos tengan.

El rey de los filisteos recibió cordialmente a David. Lo caluroso de esta recepción se debió en parte a que el rey le admiraba, y en parte al hecho de que halagaba su vanidad el que un hebreo buscaba su protección. David se sentía seguro contra la traición en los dominios de Aquis. Llevó a su familia, a los miembros de su casa, y sus posesiones, como lo hicieron también sus hombres; y a juzgar por todas las apariencias, había ido allí para establecerse permanentemente en la tierra de los filisteos. Todo esto agradaba mucho al rey Aquis, quien prometió proteger a los israelitas fugitivos.

Al pedir David una residencia en el campo, lejos de la ciudad real, el rey le otorgó generosamente Siclag como posesión. David se percataba de que estar bajo la influencia de los idólatras sería peligroso para él y sus hombres. En una ciudad enteramente separada para su propio uso, podrían adorar a Dios con más libertad que si permanecieran en Gat, donde los ritos paganos no podían menos de resultar en una fuente de iniquidad y molestia.

Mientras moraba en esa ciudad remota, David hizo guerra a los gesureos, a los gerzeos y a los amalecitas, sin dejar nunca uno solo vivo que llevara las noticias a Gat. Cuando volvía de la batalla, daba a entender a Aquis que había estado guerreando contra los de su propia nación, los hombres de Judá. Con este fingimiento, se convirtió en el medio de fortalecer la mano de los filisteos; pues el rey razonaba: “Él se ha hecho odioso a su pueblo de Israel, y será siempre mi siervo”. David sabía que era la voluntad de Dios que aquellas tribus paganas fueran destruidas, y también sabía que él había sido designado para llevar a cabo esa obra; pero no seguía los caminos y consejos de Dios al practicar el engaño.

“Aconteció en aquellos días, que los filisteos reunieron sus fuerzas para pelear contra Israel. Y Aquis dijo a David: Ten entendido que has de salir a campaña conmigo, tú y tus hombres”. David no tenía intención de alzar su mano contra su pueblo; pero no estaba seguro de la conducta que debía seguir, hasta que las

circunstancias le indicaran su deber. Contestó al rey evasivamente, y le dijo: “Sabrás pues lo que hará tu siervo”. Aquis interpretó estas palabras como una promesa de ayuda en la guerra que se aproximaba, y prometió otorgarle a David grandes honores, y darle un elevado cargo en la corte filistea.

Pero aunque la fe de David había vacilado un tanto acerca de las promesas de Dios, aun recordaba que Samuel lo había ungido como rey de Israel. No olvidaba las victorias que Dios le había dado sobre sus enemigos en el pasado. Consideró en una mirada retrospectiva la gran misericordia de Dios al preservarle de la mano de Saúl, y decidió no traicionar el cometido sagrado. Aunque el rey de Israel había procurado matarlo, decidió no unir sus fuerzas a las de los enemigos de su pueblo.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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