Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 309
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 646-647
habiten los hermanos juntos en armonía!”. Salmos 133:1. Había probado las amarguras de la desconfianza de sus propios hermanos; y la armonía que había reemplazado la discordia llenaba de regocijo el corazón del desterrado. Allí fue donde David compuso el salmo 57.
Antes de que transcurriera mucho tiempo se unieron al escuadrón de David otros hombres que trataban de escapar a las exigencias del rey. Muchos eran los que habían perdido la confianza en el soberano de Israel, pues podían ver que ya no le guiaba el Espíritu del Señor. “Además se le unieron todos los afligidos, todos los que estaban endeudados y todos los que se hallaban en amargura de espíritu, y llegó a ser su jefe. Había con él como cuatrocientos hombres”. Así tuvo David un pequeño reino propio, y en él imperaban la disciplina y el orden.
Pero aun en su retiro de las montañas, distaba mucho de sentirse seguro; pues de continuo tenía evidencias de que el rey no había renunciado a sus propósitos homicidas. Cerca del rey de Moab halló refugio para sus padres; y luego al recibir de un profeta del Señor una advertencia de peligro, huyó de su escondite hacia el bosque de Haret.
Lo que experimentaba David no era innecesario ni estéril. Dios le sometía a un proceso de disciplina a fin de prepararlo tanto para el cargo de sabio general como para el de rey justo y misericordioso. Con su banda de fugitivos, David obtenía una excelente preparación para asumir la obra de la cual Saúl se hacía totalmente indigno por su furia asesina y su ciega indiscreción. No pueden los hombres alejarse del consejo de Dios, y retener la calma ni la sabiduría necesarias para obrar con justicia y discreción. No hay locura tan temible ni tan desesperada y fútil, como la que consiste en seguir el juicio humano, sin dirección de la sabiduría de Dios.
Saúl había hecho preparativos para atrapar y capturar a David en la cueva de Adulam, y cuando descubrió que David había dejado ese refugio, el rey se enfureció mucho. La huida de David era un misterio para Saúl. Solo podía explicársela por la sospecha de que había en su campamento traidores que habían puesto al hijo de Isaí al tanto de su proximidad y sus propósitos.
Afirmó Saúl a sus consejeros que se había tramado una conspiración contra él, y ofreciéndoles ricos presentes y puestos de honor, los sobornó para que le revelaran quienes entre su pueblo habían tratado amistosamente a David. Doeg, el edomita, se hizo delator. Movido por la ambición y la avaricia y por el odio al sacerdote, que había
reprobado sus pecados, Doeg dio parte de la visita de David a Ahimelec, presentando el asunto en forma tal que se encendiera la ira de Saúl contra el hombre de Dios. La palabra de aquella lengua perversa, encendida por el mismo infierno, despertó las peores pasiones del corazón de Saúl. Loco de ira, declaró que debía perecer toda la familia del sacerdote. Y el terrible decreto fue ejecutado. No solo se mató a Ahimelec, sino que también a los mismos miembros de la casa de su padre -“ochenta y cinco varones que vestían efod de lino”-, les dio muerte, por orden del rey, la mano homicida de Doeg.
“Y a Nob, ciudad de los sacerdotes, la pasó Saúl a filo de espada: a hombres, mujeres y niños, hasta los de pecho, y bueyes, asnos y ovejas, todo lo hirió a filo de espada”. Esto era lo que Saúl podía hacer bajo el dominio de Satanás. Cuando Dios declaró que la iniquidad de los amalecitas estaba rebosando, y le ordenó que los destruyera totalmente, Saúl se creyó demasiado compasivo para ejecutar la sentencia divina, y salvó lo que estaba dedicado a la destrucción; pero ahora, sin ningún mandamiento de Dios, bajo la dirección de Satanás, podía dar muerte a los sacerdotes del Señor, y llevar la ruina a los habitantes de Nob. Tal es la perversidad del corazón humano que ha rechazado la dirección de Dios.
Esta acción llenó a todo Israel de horror. El rey a quien ellos habían escogido era el que había cometido semejante ultraje; y solo había procedido a la usanza de los reyes de otras naciones que no temían a Dios. El arca estaba con ellos; pero los sacerdotes a quienes solían consultar yacían muertos por la espada. ¿Qué sucedería luego?
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White