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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 640-642

su hermano Abel, porque las obras de Abel eran justas, y Dios lo honraba, mientras que las de Caín eran malas, y el Señor no podía bendecirlo. La envidia es hija del orgullo, y si se la abriga en el corazón, conducirá al odio, y finalmente a la venganza y al homicidio. Satanás ponía de manifiesto su propio carácter al provocar la furia de Saúl contra aquel que jamás le había hecho daño.

El rey vigilaba estrictamente a David, con la esperanza de descubrir alguna muestra de temeridad e indiscreción que sirviera de excusa para hacerlo caer en desgracia. Le parecía imposible quedarse satisfecho mientras no pudiera quitar la vida al joven en forma tal que permitiera justificar ante la nación su acto inicuo. Puso una trampa para los pies de David al incitarlo a que guerreara con mayor vigor contra los filisteos, con la promesa de recompensar su valor dándole la mano de su hija mayor (Merab). La contestación de David a esta propuesta fue: “¿Quién soy yo, o qué es mi vida, o la familia de mi padre en Israel, para ser yerno del rey?” El monarca demostró su falta de sinceridad casando a la princesa con otro.

El hecho de que Mical, hija menor de Saúl, amara a David le suministró al rey otra ocasión para maquinar contra su rival. La mano de Mical le fue ofrecida al joven, a condición de que diera pruebas de haber derrotado y matado a un número determinado de los enemigos de la nación. “Saúl pensaba echar a David en manos de los filisteos”; pero Dios protegió a su siervo. David regresó vencedor de la batalla, para ser hecho yerno del rey.

“Mas Mical la otra hija de Saúl amaba a David”, y el monarca vio con enojo que sus maquinaciones habían resultado en la elevación de aquel a quien trataba de destruir. Más que nunca se sintió seguro de que era el hombre que el Señor había declarado mejor que él, y que reinaría en el trono de Israel en su lugar.

Quitándose la máscara, ordenó a Jonatán y a todos los oficiales de la corte que mataran al objeto de su odio. Jonatán reveló a David la intención del rey, y le pidió que se escondiera mientras él rogaba a su padre que le perdonara la vida al libertador de Israel. Jonatán expuso al rey lo que David había hecho para preservar el honor y aún la vida de la nación, y cuán terrible sería la culpa del asesino de aquel a quien Dios había usado como instrumento para dispersar a sus enemigos. La conciencia del rey se conmovió, y se le ablandó el corazón. “Escuchó Saúl la voz de Jonatán, juró: ¡Vive Jehová! no morirá”. Se trajo a David a la presencia de Saúl, y siguió sirviéndole, como lo había hecho en el pasado.

Nuevamente se declaró la guerra entre los israelitas y los filisteos, y David dirigió al ejército contra el enemigo. Los hebreos obtuvieron una gran victoria, y la población del reino alabó la sabiduría y el heroísmo de David. Esto sirvió para despertar la antigua amargura de Saúl contra él. Mientras el joven tocaba ante el rey, llenando el palacio con dulces melodías, la pasión de Saúl lo dominó, y arrojó a David una lanza, pensando clavar al músico a la pared; pero el ángel del Señor desvió el arma mortal. David escapó, y huyó a su casa.

Saúl envió espías para que lo arrestaran cuando saliera de su casa a la mañana siguiente, y le dieran muerte. Mical informó a David del propósito de su padre. Lo instó a huir para salvar su vida, y bajándole por la ventana, lo ayudó a escapar. Él huyó adonde vivía Samuel, en Ramá, y el profeta, sin temer el desagrado del rey, dio la bienvenida al fugitivo.

La casa de Samuel era un sitio apacible en comparación con el palacio real. Allí, en medio de las colinas, era donde el honrado siervo del Señor continuaba su obra. Lo acompañaba un grupo de videntes que estudiaban cuidadosamente la voluntad de Dios, y escuchaban reverentemente las palabras de instrucción que salían de los labios, de Samuel. Fueron preciosas las lecciones que David aprendió del maestro de Israel.

David creía que Saúl no ordenaría a sus tropas que invadieran este sagrado recinto; pero ningún lugar parecía sagrado para la mente entenebrecida del rey desesperado. La relación de David con Samuel despertaba los celos del rey, por temor a que el anciano reverenciado en todo Israel como profeta de Dios dedicara su influencia a fomentar el progreso del rival de Saúl. Cuando el rey supo donde estaba David, mandó a sus oficiales para que lo trajeran a Gabaa donde pensaba llevar a cabo su designio homicida.

Los mensajeros salieron con el propósito de quitarle la vida a David; pero Uno más grande que Saúl los dominó. Se encontraron con ángeles invisibles, así como Balaam cuando iba de camino para maldecir a Israel. Principiaron a pronunciar frases proféticas de lo que sucedería en el futuro, y proclamaron la gloria y la majestad de Jehová. Así Dios contrarrestó la ira del hombre, y puso de manifiesto su poder para reprimir el mal, mientras que protegió a su siervo con una muralla de ángeles guardianes.

Estas noticias llegaron a Saúl mientras esperaba ansiosamente tener a David en su poder; pero en vez de sentir la reprensión de Dios, se exasperó aún más y envió otros mensajeros. Estos también

fueron dominados por el Espíritu de Dios, y se unieron con los primeros para profetizar. Una tercera misión fue enviada por el rey; pero cuando los que la componían llegaron adonde estaban los profetas, la influencia divina cayó también sobre ellos, y profetizaron.

Saúl decidió entonces ir personalmente, pues su enemistad feroz se había vuelto ingobernable. Decidió no esperar más oportunidades para matar a David, y que tan pronto como lo tuviera a su alcance lo mataría con su propia mano, fueran lo que fueran las consecuencias. Pero un ángel de Dios lo encontró en el camino, y le dominó. El Espíritu de Dios lo mantuvo bajo su poder, y, salió dirigiendo a Dios oraciones entremezcladas con predicciones y melodías sagradas. Profetizó acerca de la venida del Mesías como Redentor del mundo.

Cuando llegó a la casa del profeta en Ramá, puso a un lado las prendas de vestir que señalaban su categoría, y permaneció todo el día y toda la noche acostado ante Samuel y sus discípulos, bajo la influencia del Espíritu divino. El pueblo se congregó para presenciar esta escena extraña, y lo experimentado por el rey se difundió por todas partes. Así volvió a ser proverbial en Israel, esta vez al acercarse el fin de su reinado, que Saúl también estaba entre los profetas.

El perseguidor había sido una vez más derrotado en sus propósitos. Aseguró a David que estaba en paz con él; pero David tenía poca confianza en el arrepentimiento del rey. Aprovechó esta ocasión para escaparse, no fuera que el humor del rey cambiara, como antes. Su corazón estaba herido, y ansiaba ver otra vez a su amigo Jonatán. Seguro de su inocencia, buscó al hijo del rey, y le dirigió una súplica muy conmovedora. “¿Qué he hecho yo? -le preguntó-. ¿Cuál es mi maldad, o cuál mi pecado contra tu padre, que él busca mi vida?”

Jonatán creía que su padre había mudado su propósito, y que ya no pensaba quitarle la vida a David. Y Jonatán le dijo: “De ninguna manera; no morirás. Mi padre no hace ninguna cosa, ni grande ni pequeña, que no me la descubra; ¿por qué, pues, me ha de ocultar mi padre este asunto? No será así”. Jonatán no podía creer que, después de la manifestación extraordinaria del poder de Dios, su padre quisiera todavía hacer daño a David, puesto que esto sería una rebelión manifiesta contra Dios. Pero David no estaba convencido. Con intenso fervor declaró a Jonatán: “Ciertamente, vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mí y la muerte”.

En ocasión de la luna nueva, se celebraba en Israel una fiesta sagrada. Esta fiesta caía en el día que seguía al de la entrevista

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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