Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 293
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 608-610
en esta crisis. Si Saúl hubiera cumplido las condiciones bajo las cuales se prometió la ayuda divina, el Señor habría librado maravillosamente a Israel mediante los pocos que permanecieran fieles al rey. Pero Saúl estaba tan satisfecho de sí mismo y de su obra, que fue al encuentro del profeta como quien merecía alabanza y no desaprobación.
El semblante de Samuel estaba cargado de ansiedad y tribulación; pero a su pregunta: “¿Qué has hecho? Saúl respondió: “Porque vi que el pueblo se desbandaba y que tú no venías dentro del plazo señalado, mientras los filisteos estaban ya concentrados en Micmas, me dije: ‘Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal y yo no he implorado el favor de Jehová’. Así que me vi forzado a ofrecer el holocausto””.
“Entonces Samuel dijo a Saúl: “Locamente has actuado; si hubieras guardado el mandamiento que Jehová, tu Dios, te había ordenado, Jehová habría confirmado tu reino sobre Israel para siempre. Pero ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un hombre conforme a su corazón, al cual ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó”. Samuel se levantó y subió de Gilgal a Gabaa de Benjamín”. 1 Samuel 13:11-15.
O Israel debía dejar de ser el pueblo de Dios, o el principio en que se fundaba la monarquía debía mantenerse y la nación debía ser gobernada por un poder divino. Si Israel quería pertenecer enteramente al Señor, si la voluntad de lo humano y de lo terrenal se mantenía en completa sujeción a la voluntad de Dios, él continuaría siendo el Soberano de Israel. Él sería su defensa mientras el rey y el pueblo se condujeran como subordinados a Dios. Pero ninguna monarquía podía prosperar en Israel si no reconocía en todas las cosas la autoridad suprema de Dios.
Si en esta hora de prueba Saúl hubiera demostrado alguna consideración por los requerimientos divinos, el Señor podría haber realizado su voluntad por medio de él. Al fracasar entonces demostró que no era apto para desempeñar el cargo de vicegerente de Dios ante su pueblo. Más bien descarriaría a Israel. Su voluntad, y no la voluntad de Dios, sería el poder dominador. Si Saúl hubiera sido fiel, su reino se habría afirmado para siempre; pero en vista de que había fracasado, el propósito de Dios debía ser alcanzado por medio de otro. El gobierno de Israel debía ser confiado a quien gobernara al pueblo de acuerdo con la voluntad del cielo.
No sabemos cuáles son los grandes intereses que pueden hallarse en juego cuando Dios nos prueba. No hay seguridad excepto en la obediencia estricta a la palabra de Dios. Todas sus promesas se han hecho bajo una condición de fe y obediencia, y el no cumplir sus mandamientos impide que se cumplan para nosotros las abundantes provisiones de las Escrituras. No debemos seguir nuestros impulsos, ni depender de los juicios de los hombres; debemos mirar a la voluntad revelada de Dios y andar de acuerdo con sus mandamientos definitivos, cualesquiera que sean las circunstancias. Dios se hará cargo de los resultados; mediante la fidelidad a su palabra podemos demostrar en la hora de las pruebas, delante de los hombres y de los ángeles, que el Señor puede confiar en que aun en lugares difíciles cumpliremos su voluntad, honraremos su nombre, y beneficiaremos a su pueblo.
Saúl había perdido el favor de Dios, y sin embargo no quería humillar su corazón con arrepentimiento. Lo que le faltaba en piedad verdadera, quería suplirlo con su celo en las formas religiosas. Saúl no desconocía la derrota sufrida por Israel cuando el arca de Dios fue llevada al campamento por Ofni y Finees; y a pesar de esto resolvió mandar que trajeran el arca sagrada y al sacerdote que la atendía. Si por estos medios lograba inspirar confianza al pueblo, esperaba que podría reorganizar su ejército disperso, y presentar batalla a los misteos. Ya no necesitaría la presencia y el apoyo de Samuel, y así se libraría de la crítica y los reproches del profeta.
El Espíritu Santo había sido otorgado a Saúl para iluminar su entendimiento y ablandar su corazón. Había recibido instrucciones fieles y reproches sinceros del profeta de Dios. Y sin embargo, ¡cuánta perversidad manifestaba! La historia del primer rey de Israel representa un triste ejemplo del poder de los malos hábitos adquiridos durante la primera parte de la vida. En su juventud Saúl no había amado ni temido a Dios; y su espíritu impetuoso, que no había aprendido a someterse en temprana edad, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra la autoridad divina. Los que en su juventud manifiestan una sagrada consideración por la voluntad de Dios y cumplen fielmente los deberes de su cargo, quedarán preparados para los servicios más elevados de la otra vida. Pero los hombres no pueden pervertir durante años las facultades que Dios les ha dado y luego, cuando decidan cambiar de conducta, encontrar estas facultades frescas y libres para seguir un camino opuesto.
Los esfuerzos de Saúl para despertar al pueblo resultaron fútiles. Encontrando que sus fuerzas habían sido reducidas a seiscientos
hombres, se fue de Gilgal, y se retiró a la fortaleza de Gabaa, recién librada de filisteos. Estaba este baluarte en el burde meridional de un valle profundo y escarpado o desfiladero, a pocas millas al norte de Jerusalén. Al norte del mismo valle, en Micmas, acampaba el ejército filisteo, y salían destacamentos en diferentes direcciones para saquear el país.
Dios había permitido que las cosas culminaran en esa crisis, para poder reprender la perversidad de Saúl y enseñar al pueblo una lección de humildad y de fe. A causa del pecado de presunción cometido por Saúl al presentar su sacrificio, el Señor no quiso darle el honor de vencer a los filisteos. Jonatán, el hijo del rey, hombre que temía al Señor, fue escogido como el instrumento que había de liberar a Israel. Movido por un impulso divino, propuso a su escudero que hicieran un ataque secreto contra el campamento del enemigo. “Quizá -dijo él- haga algo Jehová por nosotros; que no es difícil a Jehová dar la victoria con muchos o con pocos”.
El escudero, que también era hombre de fe y oración, lo alentó en su plan, y juntos se retiraron secretamente del campamento, no fuese que sus propósitos encontraran oposición. Después de orar con fervor al Guía de sus padres, convinieron en una señal por medio de la cual determinarían su modo de proceder. Luego, bajando a la garganta que separaba los dos ejércitos, avanzaron en silencio, a la sombra de la roca a pique, y parcialmente ocultados por los montículos del valle. Al aproximarse al fuerte filisteo, fueron vistos por sus enemigos, quienes exclamaron en tono insultante: “Mirad los hebreos, que salen de las cavernas donde se habían escondido”, y los desafiaron diciéndoles: “Subid a nosotros, y os haremos saber una cosa”, con lo cual querían decir que castigarían a los dos israelitas por su atrevimiento. Este reto era la señal que Jonatán y su compañero habían convenido en aceptar como testimonio de que el Señor daría éxito a su empresa. Desapareciendo entonces de la vista de los filisteos, y escogiendo un sendero secreto y difícil, los guerreros se dirigieron a la cumbre de una peña que había sido considerada inaccesible, y que no estaba muy resguardada. Penetraron así en el campamento del enemigo, y mataron a los centinelas, que, abrumados por la sorpresa y el temor, no ofrecieron resistencia alguna.
Los ángeles del cielo escudaron a Jonatán y a su acompañante; pelearon a su lado, y los filisteos sucumbieron delante de ellos. La tierra tembló como si se aproximara una gran multitud de soldados a caballo y carros de guerra. Jonatán reconoció las muestras de ayuda
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White