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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 592-594

de la población y las relaciones con otras naciones no tardaron en producir un cambio. El pueblo adoptó muchas de las costumbres de sus vecinos paganos, y así sacrificó, en extenso grado, su carácter santo especial. Gradualmente perdió su reverencia hacia Dios, y dejó de apreciar el honor de ser su pueblo escogido. Atraído por la pompa y ostentación de los monarcas paganos, se cansó de su propia sencillez. Surgieron celos y envidias entre las tribus. Estas fueron debilitadas por las discordias internas; estaban constantemente expuestas a la invasión de sus enemigos paganos, y estaban llegando a creer que para mantener su posición entre las naciones debían unirse bajo un gobierno central y fuerte. Cuando dejaron de obedecer a la ley de Dios, desearon liberarse del gobierno de su Soberano divino; se generalizó por toda la tierra de Israel la exigencia de que se creara una monarquía.

Desde los tiempos de Josué, jamás había sido administrado el gobierno con tanta sabiduría y éxito como durante la administración de Samuel. Investido por la divinidad con el triple cargo de juez, profeta y sacerdote, había trabajado con infatigable y desinteresado celo por el bienestar de su pueblo, y la nación había prosperado bajo su gobierno sabio. Se había restablecido el orden, se había fomentado la piedad, y el espíritu de descontento se había refrenado momentáneamente; pero con el transcurso de los años el profeta se vio obligado a compartir con otros la administración del gobierno, y nombró a sus dos hijos para que lo ayudaran. Mientras Samuel continuaba desempeñando en Ramá los deberes de su cargo, los jóvenes administraban justicia entre el pueblo en Beer-seba, cerca del límite meridional del país.

Con el consentimiento unánime de la nación, Samuel había dado cargo a sus hijos; pero no resultaron dignos de la elección hecha por su padre. Por medio de Moisés, el Señor había dado instrucciones especiales a su pueblo para que los gobernantes de Israel juzgaran con rectitud, trataran con justicia a la viuda y al huérfano, y no recibieran sobornos de ninguna clase. Pero los hijos de Samuel “se dejaron llevar por la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho”. Los hijos del profeta no acataban los preceptos que él había tratado de inculcarles. No imitaban la vida pura y desinteresada de su padre. La advertencia dirigida a Elí no había ejercido en el ánimo de Samuel la influencia que debió haber ejercido. Él había sido, hasta cierto grado, demasiado indulgente con sus hijos, y los resultados eran obvios en su carácter y en su vida.

La injusticia de estos jueces causó mucho desafecto, y así proporcionó al pueblo un pretexto para insistir en que se llevara a cabo el cambio que por tanto tiempo había deseado secretamente. “Entonces todos los ancianos de Israel se reunieron y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: “Tú has envejecido y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, danos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones””. Véase 1 Samuel 8-12.

No se le había hablado a Samuel de los abusos cometidos por sus hijos contra el pueblo. Si él hubiera conocido la mala conducta de sus hijos, les habría quitado sus cargos sin tardanza alguna; pero esto no era lo que deseaban los peticionarios. Samuel vio que lo que los movía en realidad era el descontento y el orgullo y que su exigencia era el resultado de un propósito deliberado y resuelto. No había queja alguna contra Samuel. Todos reconocían la integridad y la sabiduría de su administración; pero el anciano profeta consideró esta petición como una censura dirigida contra él mismo, y como un esfuerzo directo para hacerlo a un lado. No reveló, sin embargo, sus sentimientos; no pronunció reproche alguno, sino que llevó el asunto al Señor en oración, y solo de él procuró consejo.

Y el Señor le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que ellos digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo”. Quedó reprendido el profeta por haber dejado que lo afligiera la conducta del pueblo hacia él como individuo. No habían manifestado falta de respeto hacia él, sino hacia la autoridad de Dios, que había designado a los gobernantes de su pueblo. Los que desdeñan y rechazan al siervo fiel de Dios, no solo menosprecian al hombre, sino también al Señor que lo envió. Menoscaban las palabras de Dios, sus reproches y consejos; rechazan la autoridad de él.

Los tiempos de la mayor prosperidad de Israel fueron aquellos en que reconoció a Jehová como su rey, cuando consideró las leyes y el gobierno por él establecidos como superiores a los de todas las otras naciones. Moisés había declarado a Israel tocante a los mandamientos del Señor: “Ellos son vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: “Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta””. Deuteronomio 4:6. Pero al apartarse de la ley de Dios, los hebreos no llegaron a ser el pueblo que Dios deseaba hacer de ellos, y quedaron

luego tan completamente cegados por el pecado que imputaron al gobierno de Dios todos los males que resultaron de su propio pecado e insensatez.

El Señor había predicho por medio de sus profetas que Israel sería gobernado por un rey; pero de ello no se desprende que esta forma de gobierno fuera la mejor para ellos, o según su voluntad. Él permitió al pueblo que siguiera su propia elección, porque rehusó guiarse por sus consejos. Oseas declara que Dios les dio un rey en su “furor”. Oseas 13:11. Cuando los hombres deciden seguir su propio sendero sin buscar el consejo de Dios, o en oposición a su voluntad revelada, les otorga con frecuencia lo que desean, para que por medio de la amarga experiencia subsiguiente sean llevados a darse cuenta de su insensatez y a arrepentirse de su pecado. El orgullo y la sabiduría de los hombres constituyen una guía peligrosa. Lo que el corazón ansía en contradicción a la voluntad de Dios resultará al fin en una maldición más bien que en una bendición.

Dios deseaba que su pueblo lo considerara solo a él como su legislador y su fuente de fortaleza. Al sentir que dependían de Dios, se verían constantemente atraídos hacia él. Serían elevados, ennoblecidos y capacitados para el alto destino al cual los había llamado como su pueblo escogido. Pero si se llegaba a poner a un hombre en el trono, ello tendería a apartar de Dios los ánimos del pueblo. Confiarían más en la fuerza humana, y menos en el poder divino, y los errores de su rey los inducirían a pecar y separarían a la nación de Dios.

Se le indicó a Samuel que accediera a la petición del pueblo, pero advirtiéndole que el Señor la desaprobaba, y haciéndole saber también cuál sería el resultado de su conducta. “Y dijo Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey”. Con toda fidelidad les expuso las cargas que pesarían sobre ellos, y les mostró el contraste que ofrecía semejante estado de opresión frente al estado comparativamente libre y próspero que gozaban.

Su rey imitaría la pompa y el lujo de otros monarcas, y esto haría necesario cobrar pesados tributos y exacciones en sus personas y sus propiedades. Exigiría para sus servicios los más hermosos de sus jóvenes. Los haría conductores de sus carros, jinetes y corredores delante de él. Llenarían las filas de su ejército, y se les exigiría que trabajaran las tierras del rey, segaran sus mieses y fabricaran elementos de guerra para su servicio. Las hijas de Israel serían llevadas al palacio para hacerlas confiteras y panaderas de la casa del rey. Para mantener su

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

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