Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 276
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 565-567
que resulte de su descuido del deber. Somos tan responsables de los males que hubiéramos podido impedir en otros por el ejercicio de la autoridad paternal o pastoral, como si hubiésemos cometido estos hechos nosotros mismos.
Elí no administró su casa de acuerdo con los reglamentos que Dios dio para el gobierno de la familia. Siguió su propio juicio. El padre indulgente pasó por alto las faltas y los pecados de sus hijos en su niñez, lisonjeándose de que después de algún tiempo, al crecer, abandonarían sus tendencias impías. Muchos están cometiendo ahora un error semejante. Creen conocer una manera mejor de educar a sus hijos que la indicada por Dios en su Palabra. Fomentan tendencias malas en ellos y se excusan diciendo: “Son demasiado jóvenes para ser castigados. Esperemos que sean mayores, y se pueda razonar con ellos”. En esta forma se permite que los malos hábitos se fortalezcan hasta convertirse en una segunda naturaleza. Los niños crecen sin freno, con rasgos de carácter que serán una maldición para ellos durante toda su vida, y que propenderán a reproducirse en otros.
No hay maldición más grande en una casa que la de permitir a los niños que hagan su propia voluntad. Cuando los padres acceden a todos los deseos de sus hijos y les permiten participar en cosas que reconocen perjudiciales, los hijos pierden pronto todo respeto por sus padres, toda consideración por la autoridad de Dios o del hombre, y son llevados cautivos de la voluntad de Satanás. La influencia de una familia mal gobernada se difunde, y es desastrosa para toda la sociedad. Se acumula en una ola de maldad que afecta a las familias, las comunidades y los gobiernos.
A causa de su cargo, la influencia de Elí era mayor que si hubiera sido un hombre común. Su vida familiar se imitaba por todo Israel. Los resultados funestos de su negligencia y de sus costumbres indulgentes se podían ver en miles de hogares que seguían el modelo de su ejemplo. Si se toleran las prácticas impías en los hijos mientras que los padres hacen profesión de religión, la verdad de Dios queda expuesta al oprobio. La mejor prueba del cristianismo en un hogar es la clase de carácter engendrada por su influencia. Las acciones hablan en voz mucho más alta que la profesión de piedad más positiva.
Si los que profesan la religión, en vez de hacer esfuerzos fervientes, persistentes y concienzudos para criar una familia bien ordenada como testimonio de los beneficios que reporta la fe en Dios, son flojos en el gobierno de la casa y toleran los malos deseos de sus
hijos, actuan como Elí y acarrean deshonra a la causa de Cristo, y ruina para sí mismos y sus familias. Pero por grandes que sean los males debidos a la infidelidad paternal en cualquier circunstancia, son diez veces mayores cuando existen en las familias de quienes fueron designados maestros del pueblo. Cuando estos no gobiernan sus propias casas, desvían por su mal ejemplo a muchos del buen camino. Su culpabilidad es tanto mayor que la de los demás cuanto mayor es la responsabilidad de su cargo.
Se había prometido que la casa de Aarón andaría siempre delante de Dios; pero esta promesa se había hecho a condición de que los miembros de la tal casa se dedicaran a la obra del santuario con corazón sincero y honraran a Dios en toda forma, no sirviéndose a sí mismos ni siguiendo sus propias inclinaciones perversas. Elí y sus hijos habían sido probados, y el Señor los había hallado enteramente indignos del elevado cargo de sacerdotes en su servicio. Así que Dios declaró: “Nunca yo tal haga”. No podía hacer en su favor el bien que quería hacerles, porque ellos no habían hecho su parte.
El ejemplo que deben dar los que sirven en las cosas santas debe ser de tal carácter que induzca al pueblo a reverenciar a Dios y a temer ofenderlo. Cuando los hombres que actúan como “en nombre de Cristo” (2 Corintios 5:20), para proclamar al pueblo el mensaje divino de misericordia y reconciliación, usan su sagrada vocación como un disfraz para satisfacer sus deseos egoístas o sensuales, se convierten en los agentes más eficaces de Satanás. Como Ofni y Finees, inducen al pueblo a aborrecer el sacrificio a Jehová. Puede ser que se entreguen secretamente a su mala conducta por algún tiempo; pero cuando finalmente se revela su verdadero carácter, la fe del pueblo recibe un golpe que a menudo resulta en la destrucción de toda fe en la religión. Queda en su mente desconfianza hacia todos los que profesan enseñar la palabra de Dios. Reciben con dudas el mensaje del siervo verdadero de Cristo. Se preguntan constantemente: “¿No será este hombre como aquel que creíamos tan santo y que resultó tan corrupto?” Así pierde la palabra de Dios todo su poder sobre las almas de los hombres.
En la reprensión que dirigió Elí a sus hijos, hay palabras de significado solemne y terrible, palabras que deben pesar todos los que sirven en las cosas sagradas: “Si el hombre peca contra el hombre, los jueces le juzgarán; pero si alguno peca contra Jehová, ¿quién rogará por él?” Si los delitos de ellos hubieran perjudicado tan solo a sus semejantes, el juez podría haber hecho una reconciliación
señalando una pena y requiriendo la restitución correspondiente; y los culpables podrían haber sido perdonados. O si su pecado no hubiera sido de presunción, podría haberse ofrecido en su favor un sacrificio expiatorio. Pero sus pecados estaban tan entretejidos con su ministerio como sacerdotes del Altísimo en el ofrecimiento de sacrificios por los pecados, y la obra de Dios había sido tan profanada y deshonrada ante el pueblo, que no había expiación aceptable en su favor. Su propio padre, a pesar de que era sumo sacerdote, no se atrevía a interceder por ellos; ni podía escudarlos de la ira de un Dios santo.
De todos los pecadores, son más culpables los que arrojan menosprecio sobre los medios que el cielo proveyó para la redención del hombre, los que crucifican “de nuevo para sí mismos al hijo de Dios”, y lo exponen “a vituperio”. Hebreos 6:6.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White