Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 275
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 559-564
integridad cristiana, pueden ejercer una influencia poderosa en la obra de reforma. Semejantes hombres se necesitan hoy. Dios tiene una obra especial para cada uno de ellos. Jamás lograron los hombres resultados más grandes en favor de Dios y de la humanidad que los que pueden lograr en esta época nuestra quienes sean fieles al cometido que Dios les ha confiado.
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Capítulo 56—Elí y sus hijos
Este capítulo está basado en 1 Samuel 2:12-36.
Elí era sacerdote y juez de Israel. Ocupaba los puestos más altos y de mayor responsabilidad entre el pueblo de Dios. Como hombre escogido divinamente para las sagradas obligaciones del sacerdocio, y puesto sobre todo el país como la autoridad judicial más elevada, se lo consideraba como un ejemplo, y ejercía una gran influencia sobre las tribus de Israel. Pero aunque había sido nombrado para que gobernara al pueblo, no regía bien su propia casa. Elí fue un padre indulgente. Amaba tanto la paz y la comodidad, que no ejercía su autoridad para corregir los malos hábitos ni las pasiones de sus hijos. Antes que contender con ellos, o castigarlos, prefería someterse a la voluntad de ellos, y les cedía en todo. En vez de considerar la educación de sus hijos como una de sus responsabilidades más importantes, trataba el asunto como si tuviera muy poca importancia.
El sacerdote y juez de Israel no había sido dejado en las tinieblas con respecto a la obligación de refrenar y disciplinar a los hijos que Dios había confiado a su cuidado. Pero Elí se sustrajo a estas obligaciones, porque
significaban contrariar la voluntad de sus hijos, y le imponían la necesidad de castigarlos y de negarles ciertas cosas. Sin pesar las consecuencias terribles de su proceder, satisfizo todos los deseos de sus hijos, y descuidó la obra de prepararlos para el servicio de Dios y los deberes de la vida.
Dios había dicho de Abraham: “Pues yo sé que mandará a sus hijos, y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová haciendo justicia y juicio”. Génesis 18:19. Pero Elí permitió que sus hijos lo dominaran a él. El padre se sometió a los hijos. La maldición de la transgresión era aparente en la corrupción y la impiedad que distinguían la conducta de sus hijos. No apreciaban debidamente el carácter de Dios ni la santidad de su ley. El servicio de él era para ellos una cosa común. Desde su niñez se habían acostumbrado al santuario y su servicio; pero en vez de volverse más reverentes, habían perdido todo sentido de su santidad y significado. El padre no había corregido la falta de respeto que manifestaban hacia su propia autoridad, ni había refrenado su irreverencia por los servicios solemnes del santuario; y cuando llegaron a la adultez estaban llenos de los frutos mortíferos del escepticismo y la rebelión.
Aunque estaban completamente incapacitados para el cargo, fueron puestos en el santuario como sacerdotes para ministrar ante Dios. El Señor había dado instrucciones muy precisas con respecto al ofrecimiento de los sacrificios; pero estos impíos cumplían el servicio de Dios con desprecio de la autoridad y no prestaban atención a la ley de las ofrendas y sacrificios, que debían presentarse de la manera más solemne. Los sacrificios, que apuntaban a la futura muerte de Cristo, tenían por objeto conservar en el corazón del pueblo la fe en el Redentor que había de venir. Por consiguiente, era de suma importancia que se acataran estrictamente las instrucciones del Señor con respecto a ellos. Los sacrificios de agradecimiento eran especialmente una expresión de gracias a Dios. En estas ofrendas solamente la grasa del animal debía quemarse en el altar; cierta porción especificada se reservaba para los sacerdotes, pero la mayor parte era devuelta al dador, para que la comieran él y sus amigos en un festín de sacrificio. Así todos los corazones se habían de dirigir, con gratitud y fe, al gran Sacrificio que había de quitar los pecados del mundo.
Los hijos de Elí, en lugar de reconocer la solemnidad de este servicio simbólico, solo pensaban en cómo hacer de él un medio de satisfacer sus propios deseos. No se contentaban con la parte de
las ofrendas de gracias que se les destinaba, y exigían una porción adicional; y el gran número de estos sacrificios que se presentaban en las fiestas anuales daba a los sacerdotes oportunidad de enriquecerse a costa del pueblo. No solo exigían más de lo que lícitamente les correspondía, sino que hasta se negaban a esperar que la grasa se quemara como ofrenda a Dios. Persistían en exigir cualquier porción que les agradara, y si les era negada, amenazaban con tomarla por la fuerza.
Esta irreverencia por parte de los sacerdotes no tardó en despojar los servicios de su significado santo y solemne, y los del pueblo “menospreciaban los sacrificios de Jehová”. Véase 1 Samuel 2:12-36. Ya no conocían el gran sacrificio antitípico hacia el cual debían mirar. “El pecado de estos ayudantes era muy grande ante Jehová”.
Estos sacerdotes infieles violaban también la ley de Dios y deshonraban su santo cargo por sus prácticas viles y degradantes; pero continuaban contaminando con su presencia el tabernáculo de Dios. Mucha gente, llena de indignación por la conducta corrompida de Ofni y Finees, dejó de subir al lugar indicado para el culto. Así el servicio que Dios había ordenado fue menospreciado y descuidado porque estaba asociado con los pecados de hombres impíos, mientras que aquellos cuyos corazones se inclinaban hacia el mal se envalentonaron en el pecado. La impiedad, el libertinaje y hasta la idolatría prevalecían en forma alarmante.
Elí había cometido un grave error al permitir que sus hijos asumieran los cargos sagrados. Al disculpar la conducta de ellos con este o aquel pretexto, quedó ciego con respecto a sus pecados; pero por último llegaron a tal punto que ya no pudo desviar más los ojos de los delitos de sus hijos. El pueblo se quejaba de sus actos de violencia, y el sumo sacerdote sintió pesar y angustia. No se atrevió a callar por más tiempo. Pero sus hijos se habían criado pensando únicamente en sí mismos, y ahora no respetaban a nadie. Veían la angustia de su padre, pero sus corazones endurecidos no se conmovían. Oían sus benignas amonestaciones, pero no se dejaban impresionar, ni quisieron cambiar su mal camino cuando fueron advertidos de las consecuencias de su pecado. Si Elí hubiera tratado con justicia a sus hijos impíos, habrían sido destituidos del sacerdocio y castigados con la muerte. Temiendo deshonrarlos así públicamente y condenarlos, los mantuvo en los puestos más sagrados y de más responsabilidad. Siguió permitiéndoles que mezclaran su corrupción con el santo servicio de Dios, y que infligieran a la causa de la verdad un
perjuicio que muchos años no podrían borrar. Pero cuando el juez de Israel descuidó su obra, Dios se hizo cargo de la situación.
“Vino un varón de Dios ante Elí, y le dijo: “Así ha dicho Jehová: ‘¿No me manifesté yo claramente a la casa de tu padre cuando estaban en Egipto en la casa del faraón? Lo escogí para que fuera mi sacerdote entre todas las tribus de Israel, para que ofreciera sobre mi altar, quemara incienso y llevara efod delante de mí. Yo concedí a la casa de tu padre todas las ofrendas de los hijos de Israel. ¿Por qué habéis pisoteado los sacrificios y las ofrendas que yo mandé ofrecer en el Tabernáculo? ¿Por qué has honrado a tus hijos más que a mí, haciéndolos engordar con lo principal de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?’ Por eso Jehová, el Dios de Israel, dice: ‘Yo había prometido que tu casa y la casa de tu padre andarían siempre delante de mí’; pero ahora ha dicho Jehová: ‘Nunca haga yo tal cosa, porque yo honró a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco [...]. En cambio, yo me suscitaré un sacerdote fiel, que obre conforme a mi corazón y mis deseos; le edificaré casa firme y andará delante de mi ungido todos los días’””.
Dios acusó a Elí de honrar a sus hijos más que al Señor. Antes que avergonzar a sus hijos por sus prácticas impías y odiosas, Elí había permitido que la ofrenda destinada por Dios para ser una bendición a Israel se convirtiera en algo abominable. Los que siguen sus propias inclinaciones, en su afecto ciego por sus hijos, y, permitiéndoles que satisfagan sus deseos egoístas, no les hacen sentir el peso de la autoridad de Dios para reprender el pecado y corregir el mal, ponen de manifiesto que honran a sus hijos impíos más que a Dios. Sienten más anhelo por escudar la reputación de ellos que por glorificar a Dios; y tienen más deseo de complacer a sus hijos que de agradar al Señor y de mantener su servicio libre de toda apariencia de mal.
A Elí, como sumo sacerdote y juez de Israel, Dios lo consideraba responsable por la condición moral y religiosa de su pueblo, y en un sentido muy especial, por el carácter de sus hijos. Él debió haber procurado refrenar primero la impiedad por medidas benignas; pero si estas no daban resultados positivos, debió haber dominado el mal por los medios más severos. Provocó el desagrado del Señor al no reprender el pecado ni ejecutar justicia sobre el pecador. No se podría confiar en él para que mantuviera puro a Israel. Aquellos que no tienen suficiente valor para reprender el mal, o que por indolencia o falta de interés no hacen esfuerzos fervientes para purificar la familia o la iglesia de Dios, son considerados responsables del mal
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White