Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 242
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 495-497
Dos de las tribus de Israel, Gad y Rubén, con la mitad de la tribu de Manasés, habían recibido su heredad antes de cruzar el Jordán. Para un pueblo de pastores, las anchas llanuras de las tierras altas y valiosos bosques de Galaad y de Basán, que ofrecían extensos campos de pastoreo para sus rebaños y manadas, tenían atractivos que no podían encontrarse en la propia Canaán; y las dos tribus y media, deseando establecerse en esa región, se habían comprometido a proporcionar su cuota de soldados armados para que acompañaran a sus hermanos al otro lado del Jordán y participaran en todas sus batallas hasta que todos entraran en posesión de sus respectivas heredades. Esta obligación se había cumplido fielmente. Cuando las diez tribus entraron en Canaán, cuarenta mil de “los hijos de Rubén y los hijos de Gad, y la media tribu de Manasés, [...] armados, listos para la guerra, pasaron hacia la llanura de Jericó delante de Jehová”. Josué 4:12, 13. Durante años habían luchado valientemente al lado de sus hermanos. Ahora había llegado el momento en que debían entrar en la tierra de su posesión. Mientras acompañaban a sus hermanos en los conflictos, también habían compartido los despojos; y regresaron “con grandes riquezas, y con grande copia de ganado, con plata, y con oro, y metal, y muchos vestidos” (véase Josué 22), todo lo cual debían compartir con los que se habían quedado al cuidado de las familias y los rebaños.
Iban a morar ahora a cierta distancia del santuario del Señor, y Josué presenció su partida con corazón acongojado, pues sabía cuán fuertemente tentados se verían, en su vida aislada y nómada, a adoptar las costumbres de las tribus paganas que moraban en sus fronteras.
Mientras el ánimo de Josué y de otros jefes estaba aun deprimido por presentimientos angustiosos, les llegaron noticias extrañas. Al lado del Jordán, cerca del sitio donde Israel cruzó milagrosamente el río, las dos tribus y media habían construído un gran altar, parecido al altar de los holocaustos que se había erigido en Silo. La ley de Dios prohibía, so pena de muerte, el establecimiento de otro culto que el del santuario. Si este era el objeto de ese altar, y se le permitía subsistir, apartaría al pueblo de la verdadera fe.
Los representantes del pueblo se reunieron en Silo, y en el acaloramiento de su excitación e indignación, propusieron declarar la guerra en seguida a los transgresores. Sin embargo, gracias a la influencia de los más cautos, se decidió mandar primeramente una delegación para que obtuviera de las dos tribus y media una
explicación de su comportamiento. Se escogieron diez príncipes, uno de cada tribu. Encabezaba esta delegación Finees, que se había distinguido por su celo en el asunto de Peor.
Las dos tribus y media habían cometido un error al llevar a cabo, sin explicación alguna, un acto susceptible de tan graves sospechas. Los embajadores, dando por sentado que sus hermanos eran culpables, les dirigieron reproches mordaces. Los acusaron de rebelarse contra Dios, y los invitaron a recordar cómo habían caído castigos sobre Israel por haberse juntado con Baal-peor. En nombre de todo Israel, Finees manifestó a los hijos de Gad y de Rubén que si no querían vivir en aquella tierra sin altar para el sacrificio, se les daba la bienvenida para que participaran en los bienes y privilegios de sus hermanos al otro lado del río.
Para responder esto, los acusados explicaron que el altar que habían construído no era para ofrecer sacrificios, sino sencillamente para atestiguar que, a pesar de estar separados por el río, tenían la misma fe que sus hermanos de Canaán. Habían temido que en algún tiempo futuro podría suceder que sus hijos fueran excluidos del tabernáculo, como quienes no tienen parte en Israel. Entonces este altar, erigido de conformidad con el modelo del altar de Jehová en Silo, atestiguaría que los fundadores y constructores de él adoraban también al Dios viviente.
Con gran regocijo los embajadores aceptaron esta explicación, y en seguida regresaron para llevar las buenas noticias a los que los habían enviado. Toda idea de guerra fue desechada, y el pueblo unido se regocijó y alabó a Dios.
Los hijos de Gad y de Rubén grabaron entonces en su altar una inscripción que indicaba el objeto para el cual había sido erigido; y dijeron: “Testimonio es entre nosotros que Jehová es Dios”. Así procuraron evitar futuras interpretaciones erróneas y eliminar cuanto pudiera ser causa de tentación.
¡Cuán a menudo provienen serias dificultades de una simple interpretación errónea, hasta entre aquellos que son guiados por los móviles más dignos! Y sin el ejercicio de la cortesía y la paciencia, ¡qué resultados tan graves y aun fatales pueden sobrevenir! Las diez tribus recordaban cómo, en el caso de Acán, Dios había reprendido la falta de vigilancia para descubrir los pecados que existían entre ellas. Ahora habían decidido actuar rápida y seriamente; pero al tratar de evitar su primer error, habían llegado al extremo opuesto. En vez de hacer una investigación cortés para averiguar los hechos del
caso, se habían presentado a sus hermanos con censuras y condenación. Si los hombres de Gad y de Rubén hubieran respondido animados del mismo espíritu, el resultado habría sido la guerra. Si bien es importante, por un lado, que se evite la indiferencia al tratar con el pecado, es igualmente importante, por otro lado, que se eviten los juicios duros y las sospechas infundadas.
Muchos que son muy sensibles a la menor crítica dirigida contra su propio comportamiento, dan, sin embargo, un trato excesivamente severo a las personas a quienes consideran en el error. La censura y el oprobio no lograron jamás rescatar a nadie de una opinión falsa, sino que más bien han contribuido a alejar a muchos del camino recto, por haberlos inducido a endurecer su corazón para no dejarse convencer. Un espíritu bondadoso y un comportamiento cortés, afable y paciente pueden salvar a los descarriados y ocultar una multitud de pecados.
La prudencia manifestada por los hijos de Rubén y sus compañeros es digna de imitación. En tanto que se esforzaban sinceramente por hacer progresar la causa de la verdadera religión, fueron juzgados erróneamente y censurados con severidad; pero no manifestaron resentimiento. Escucharon con toda cortesía y paciencia los cargos que sus hermanos les hacían, antes de tratar de defenderse, y luego les explicaron ampliamente sus móviles y demostraron su inocencia. Así se arregló amigablemente la dificultad que amenazaba tener tan graves consecuencias.
Aun cuando se los acuse falsamente, los que están en lo justo pueden permitirse tener calma y ser considerados. Dios conoce todo lo que los hombres no entienden o interpretan mal, y con toda confianza podemos entregarle nuestro, caso. Él vindicará la causa de los que depositan su confianza en él tan seguramente como sacó a luz la culpa de Acán. Los que son movidos por el espíritu de Cristo poseerán la caridad, que todo lo soporta y es benigna.
Dios quiere que haya unión y amor fraternal entre su pueblo. En la oración que elevó Cristo precisamente antes de su crucifixión pidió que sus discípulos fueran uno como él era uno con el Padre, para que el mundo creyera que Dios le había enviado. Esta oración conmovedora y admirable llegaba a través de los siglos hasta nuestros días, pues sus palabras fueron: “Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos”. Juan 17:20. Aunque no hemos de sacrificar un solo principio de la verdad, debemos procurar constantemente ese estado de unidad. Es
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White