Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 393-395

Toda la reprensión cayó sobre los dos jefes. Los que representaban a Dios no lo habían honrado. Moisés y Aarón se habían sentido agraviados, y no habían tenido en cuenta que las murmuraciones del pueblo no eran contra ellos, sino contra Dios. Por mirar a sí mismos y apelar a sus propias pasiones, habían caído inconscientemente en pecado, y no expusieron al pueblo la gran culpabilidad en que había incurrido ante Dios.

Amargo y profundamente humillante fue el juicio que se pronunció en seguida. “Jehová dijo a Moisés y a Aarón: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no entraréis con esta congregación en la tierra que les he dado””. Juntamente con el rebelde Israel, habrían de morir antes de que se cruzara el Jordán. Si Moisés y Aarón se hubieran tenido en alta estima o si hubieran dado rienda suelta a un espíritu apasionado frente a la amonestación y reprensión divinas, su culpa habría sido mucho mayor. Pero no se los podía acusar de haber pecado intencionada y deliberadamente; habían sido vencidos por una tentación repentina, y su contrición fue inmediata y de todo corazón. El Señor aceptó su arrepentimiento, aunque, por causa del daño que su pecado pudiera ocasionar entre el pueblo, no podía remitir el castigo.

Moisés no ocultó su sentencia, sino que le dijo al pueblo que por no haber atribuido la gloria a Dios, no lo podría introducir en la tierra prometida. Lo invitó a que notara cuán severo era el castigo que se le infligía, y luego considerara cómo debía de juzgar Dios sus murmuraciones y su modo de atribuir a un simple hombre los juicios que habían merecido todos por sus pecados. Les explicó cómo había suplicado a Dios que le remitiera la sentencia y ello le había sido negado. “Pero Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros -dijo-, por lo cual no me escuchó”. Deuteronomio 3:26.

Cada vez que se vieran en dificultad o prueba, los israelitas habían estado dispuestos a culpar a Moisés por haberlos sacado de Egipto, como si Dios no hubiese intervenido en el asunto. Durante toda su peregrinación, cuando se quejaban de las dificultades del camino y murmuraban contra sus jefes, Moisés les decía: “Vuestra murmuración se dirige contra Dios. Él, y no yo, es quien os libró”. Pero con sus palabras precipitadas ante la roca: “¿Haremos salir aguas?”, admitía virtualmente el cargo que ellos le hacían, y con ello los habría de confirmar en su incredulidad y justificaría sus murmuraciones. El Señor quería eliminar para siempre de su mente esta impresión al prohibir a Moisés que entrara en la tierra prometida.

Ello probaba en forma inequívoca que su caudillo no era Moisés, sino el poderoso Ángel de quien el Señor había dicho: “Yo envío mi ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te introduzca en el lugar que yo he preparado. Compórtate delante de él y oye su voz [...], pues mi nombre está en él”. Éxodo 23:20, 21.

“Jehová se había enojado contra mí a causa de vosotros”, dijo Moisés. Todos los ojos de Israel estaban fijos en Moisés, y su pecado arrojaba una sombra sobre Dios, quien lo había escogido como jefe de su pueblo. Toda la congregación sabía de la transgresión; y si se la hubiera pasado por alto como algo sin importancia, se habría creado la impresión de que bajo una gran provocación la incredulidad y la impaciencia podían excusarse entre aquellos que ocupaban elevados cargos de responsabilidad. Pero cuando se declaró que, a causa de aquel único pecado, Moisés y Aarón no habrían de entrar en Canaán, el pueblo se dio cuenta de que Dios no hace acepción de personas, sino que ciertamente castiga al transgresor.

La historia de Israel debía escribirse para la instrucción y advertencia de las generaciones venideras. Los hombres de todos los tiempos habrían de ver en el Dios del cielo a un Soberano imparcial que en ningún caso justifica el pecado. Pero pocos se dan cuenta de la excesiva gravedad del pecado. Los hombres se lisonjean de que Dios es demasiado bueno para castigar al transgresor. Sin embargo, a la luz de la historia bíblica es evidente que la bondad de Dios y su amor lo compelen a tratar el pecado como un mal fatal para la paz y la felicidad del universo.

Ni siquiera la integridad y la fidelidad de Moisés pudieron evitarle la retribución que merecía su culpa. Dios había perdonado al pueblo transgresiones mayores; pero no podía tratar el pecado de los caudillos como el de los acaudillados. Había honrado a Moisés por sobre todos los hombres de la tierra. Le había revelado su gloria, y por su intermedio había comunicado sus estatutos a Israel. El hecho de que Moisés había gozado de grandes luces y conocimientos, agravaba tanto más su pecado. La fidelidad de tiempos pasados no expiará una sola acción mala. Cuanto mayores sean las luces y los privilegios otorgados al hombre, tanto mayor será su responsabilidad, tanto más graves sus fracasos y faltas, y tanto mayor su castigo.

Según el juicio humano, Moisés no era culpable de un gran crimen; su pecado era una falta común. El salmista dice que “habló precipitadamente con sus labios”. Salmos 106:33. En opinión de los hombres, ello puede parecer cosa ligera; pero si Dios trató tan

severamente este pecado en su siervo más fiel y honrado, no lo disculpará ciertamente en otros. El espíritu de ensalzamiento propio, la inclinación a censurar a nuestros hermanos, desagrada sumamente a Dios. Los que se dejan dominar por estos males arrojan dudas sobre la obra de Dios, y dan a los escépticos motivos para disculpar su incredulidad. Cuanto más importante sea el cargo de uno, y tanto mayor sea su influencia, tanto más necesitará cultivar; la paciencia y la humildad.

Si los hijos de Dios, especialmente los que ocupan puestos de responsabilidad, se dejan inducir a atribuirse la gloria que únicamente se debe a Dios, Satanás se regocija. Ha ganado una victoria. Así fue cómo él cayó, y así es cómo obtiene el mayor éxito en sus tentaciones para arruinar a otros. Para ponernos precisamente en guardia contra sus artimañas, Dios nos ha dado en su Palabra muchas lecciones que recalcan el peligro del ensalzamiento propio. No hay en nuestra naturaleza impulso alguno ni facultad mental o tendencia del corazón, que no necesite estar en todo momento bajo el dominio del Espíritu de Dios. No hay bendición alguna otorgada por Dios al hombre, ni prueba permitida por él, que Satanás no pueda ni desee aprovechar para tentar, acosar y destruir el alma, si le damos la menor ventaja. En consecuencia, por grande que sea la luz espiritual de uno, por mucho que goce del favor y de las bendiciones divinas, debe andar siempre humildemente ante el Señor, y suplicar con fe a Dios que dirija cada uno de sus pensamientos y domine cada uno de sus impulsos.

Todos los que profesan la vida piadosa tienen la más sagrada obligación de guardar su espíritu y de dominarse ante las mayores provocaciones. Las cargas impuestas a Moisés eran muy grandes; pocos hombres fueron jamás probados tan severamente como lo fue él; sin embargo, eso no excusaba su pecado. Dios proveyó ampliamente en favor de sus hijos; y si ellos confían en su poder, nunca serán juguete de las circunstancias. Ni aun las mayores tentaciones pueden excusar el pecado. Por intensa que sea la presión ejercida sobre el alma, la transgresión es siempre un acto nuestro. No puede la tierra ni el infierno obligar a nadie a que haga el mal. Satanás nos ataca en nuestros puntos débiles, pero no es preciso que nos venza. Por severo o inesperado que sea el asalto, Dios ha provisto ayuda para nosotros, y mediante su poder podemos ser vencedores.

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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