Cristo Nuestra Redención
Plan Encuentro 3 Día 102
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Lectura del libro
Patriarcas y Profetas, páginas 244-246
viviente, que los elementos responden a su voz, y que la verdadera seguridad está en obedecerlo.
Todo Egipto tembló ante el tremendo juicio divino. El faraón llamó aprisa a los dos hermanos y dijo: “He pecado esta vez; Jehová es justo, y yo y mi pueblo impíos. Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo. Yo os dejaré ir; y no os detendréis más. Moisés le respondió: “Tan pronto salga yo de la ciudad, extenderé mis manos a Jehová; los truenos cesarán y no habrá más granizo, para que sepas que de Jehová es la tierra. Pero yo sé que ni tú ni tus siervos temeréis todavía la presencia de Jehová Dios””.
Moisés sabía que la lucha aun no había terminado. Las confesiones del faraón así como sus promesas no eran efecto de un cambio radical en su mente o en su corazón, sino que eran arrancadas por el terror y la angustia. No obstante, Moisés prometió responder a su súplica, pues no deseaba darle oportunidad de continuar en su terquedad. El profeta, sin hacer caso de la furia de la tempestad, salió y el faraón y todo su séquito fueron testigos del poder de Jehová para preservar a su mensajero. Cuando salió de la ciudad, Moisés “extendió sus manos a Jehová, y cesaron los truenos y el granizo, y la lluvia no cayó más sobre la tierra”. Pero tan pronto como el rey se hubo tranquilizado de sus temores, su corazón volvió a su perversidad.
Entonces el Señor dijo a Moisés: “Entra a la presencia del faraón, porque yo he endurecido su corazón y el corazón de sus siervos, para mostrar entre ellos estas mis señales, para que cuentes a tus hijos y a tus nietos las cosas que yo hice en Egipto y las señales que hice entre ellos, y así sepáis que yo soy Jehová”.
El Señor estaba manifestando su poder, para afirmar la fe de Israel en él como único Dios verdadero y viviente. Daría inequívocas pruebas de la diferencia que hacia entre ellos y los egipcios, y haría que todas las naciones conocieran que los hebreos, a quienes ellos habían despreciado y oprimido, estaban bajo la protección del cielo.
Moisés advirtió al monarca de que si se empeñaba en su obstinación, se enviaría una plaga de langostas, que cubrirían la faz de la tierra, y comerían todo lo verde que aun quedaba; llenarían las casas, y aun el palacio mismo; tal plaga sería, dijo, “cual nunca vieron tus padres ni tus abuelos, desde que ellos aparecieron sobre la tierra hasta hoy”.
Los consejeros del faraón quedaron horrorizados. La nación había sufrido una gran pérdida con la muerte de su ganado. Mucha
gente murió por el granizo. Los bosques estaban desgajados, y las cosechas destruidas. Rápidamente perdían todo lo que habían ganado con el trabajo de los hebreos. Toda la tierra estaba amenazada por el hambre. Los príncipes y los cortesanos se agolparon alrededor del rey, y airadamente preguntaron: “¿Hasta cuándo será este hombre una amenaza para nosotros? Deja ir a estos hombres, para que sirvan a Jehová, su Dios. ¿Acaso no sabes todavía que Egipto está ya destruido?”
Se llamó nuevamente a Moisés y a Aarón, y el monarca les dijo: “Andad, servid a Jehová, vuestro Dios. ¿Quiénes son los que han de ir?”
La respuesta fué: “Hemos de ir con nuestros niños y con nuestros viejos, con nuestros hijos y con nuestras hijas; con nuestras ovejas y con nuestras vacas hemos de ir, porque es nuestra fiesta solemne para Jehová”.
El rey se llenó de ira. “Él les dijo: “¡Así sea Jehová con vosotros! ¿Cómo os voy a dejar ir a vosotros y a vuestros niños? ¡Mirad cómo el mal está delante de vuestro rostro! No será así; id ahora vosotros los hombres y servid a Jehová, pues esto es lo que vosotros pedisteis”. Y los echaron de la presencia del faraón”.
El monarca había tratado de destruir a los israelitas mediante trabajos forzados, pero ahora aparentaba tener profundo interés en su bienestar y tierno cuidado por sus pequeñuelos. Su verdadero objeto era retener a las mujeres y los niños como garantía del regreso de los hombres.
Moisés entonces extendió su vara por sobre la tierra, y sopló un viento del este, y trajo langostas. “en tan gran cantidad como no la hubo antes ni la habrá después”. Llenaron el cielo hasta que la tierra se oscureció, y devoraron toda cosa verde que quedaba.
El faraón hizo venir inmediatamente a los profetas y les dijo: “He pecado contra Jehová, vuestro Dios, y contra vosotros. Pero os ruego ahora que perdonéis mi pecado solamente esta vez, y que oréis a Jehová, vuestro Dios, para que aparte de mí al menos esta plaga mortal”. Así lo hicieron, y un fuerte viento del occidente se llevó las langostas hacia el mar Rojo. Pero aun así el rey persistió en su terca resolución.
El pueblo egipcio estaba a punto de desesperar. Las plagas que ya habían sufrido parecían casi insoportables, y estaban llenos de pánico por temor del futuro. La nación había adorado al faraón como representante de su dios, pero ahora muchos estaban convencidos de
que él se estaba oponiendo a Uno que hacía de todos los poderes de la naturaleza los ministros de su voluntad. Los esclavos hebreos, tan milagrosamente favorecidos, comenzaban a confiar en su liberación. Sus comisarios no osaban oprimirlos como hasta entonces. Por todo Egipto existía un secreto temor de que la raza esclavizada podría levantarse y vengar sus agravios. Por todo lugar los hombres preguntaban con el aliento en suspenso: “¿Qué seguirá después?”.
De repente una gran oscuridad se asentó sobre la tierra, tan densa y negra que parecía que se podía palpar. No solo quedó la gente privada de luz, sino que también la atmósfera se puso muy pesada, de tal manera que era difícil respirar. “Ninguno vio a su prójimo, ni nadie se levantó de su lugar en tres días; pero todos los hijos de Israel tenían luz en sus habitaciones”. El sol y la luna eran para los egipcios objetos de adoración; en estas tinieblas misteriosas tanto la gente como sus dioses fueron heridos por el poder que había patrocinado la causa de los siervos (véase el Apéndice, nota 5). Sin embargo, por espantoso que fuera, este castigo evidenciaba la compasión de Dios y su falta de voluntad para destruir. Estaba dando a la gente tiempo para reflexionar y arrepentirse antes de enviarles la última y más terrible de las plagas.
Por último, el temor arrancó al faraón una concesión más. Al fin del tercer día de tinieblas, llamó a Moisés, y le dio su consentimiento para que el pueblo saliera, con tal de que los rebaños y las manadas permanecieran. “No quedará ni una pezuña, porque de él hemos de tomar para servir a Jehová, nuestro Dios, y no sabemos con qué hemos de servir a Jehová hasta que lleguemos allá”. La ira del rey estalló desenfrenadamente y gritó: “Retírate de mi presencia. Cuídate de no ver más mi rostro, pues el día en que veas mi rostro, morirás”. La contestación fué: “¡Bien has dicho!; No veré más tu rostro””.
“Moisés era considerado un gran hombre en la tierra de Egipto, a los ojos de los siervos del faraón y a los ojos del pueblo”. Moisés era considerado como persona venerable por los egipcios. El rey no se atrevió a hacerle daño, pues la gente lo consideraba como el único ser capaz de quitar las plagas. Deseaban que se permitiera a los israelitas salir de Egipto. Fueron el rey y los sacerdotes los que se opusieron hasta el último momento a las demandas de Moisés.
Patriarcas y Profetas · Ellen G. White