Cristo Nuestra Redención

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Lectura del libro

Patriarcas y Profetas, páginas 238-240

la vara y la arrojó al suelo ante el faraón. Ella se convirtió en serpiente. El monarca hizo llamar a sus “sabios y hechiceros”, y “cada uno echó su vara, las cuales se volvieron culebras; pero la vara de Aarón devoró las varas de ellos”. Entonces el rey, más decidido que antes, declaró que sus magos eran iguales en poder a Moisés y Aarón; denuncio a los siervos del Señor como impostores, y se sintió seguro al resistir sus demandas. Sin embargo, aunque menospreció su mensaje, el poder divino le impidió hacerles daño.

Fue la mano de Dios, y no la influencia ni el poder de origen humano que poseyeran Moisés y Aarón, lo que obró los milagros hechos ante el faraón. Aquellas señales y maravillas tenían el propósito de convencer al faraón de que el gran “Yo SOY” había enviado a Moisés, y que era deber del rey permitir a Israel que saliera para servir al Dios viviente. Los magos también hicieron señales y maravillas; pues no actuaban por su propia habilidad solamente, sino mediante el poder de su dios, Satanás, quien les ayudaba a falsificar la obra de Jehová.

Los magos no convirtieron sus varas en verdaderas serpientes; ayudados por el gran engañador, produjeron esa apariencia mediante la magia. Estaba más allá del poder de Satanás cambiar las varas en serpientes vivas. El príncipe del mal, aunque posee toda la sabiduría y el poder de un ángel caído, no puede crear o dar vida; esta prerrogativa pertenece únicamente a Dios. Pero Satanás hizo todo lo que estaba a su alcance. Produjo una falsificación. Para la vista humana las varas se convirtieron en serpientes. Así lo creyeron el faraón y su corte. Nada había en su apariencia que las diferenciara de la serpiente producida por Moisés. Aunque el Señor hizo que la serpiente verdadera se tragara a las falsas, el faraón no lo consideró como obra del poder de Dios, sino como resultado de una magia superior a la de sus siervos.

El faraón deseaba justificar la terquedad que manifestaba al resistirse al mandato divino, y buscó algún pretexto para menospreciar los milagros que Dios había hecho por medio de Moisés. Satanás le dio exactamente lo que quería. Mediante la obra que realizó por intermedio de los magos, hizo aparecer ante los egipcios a Moisés y Aarón como simples magos y hechiceros, y dio así a entender que su demanda no merecía el debido respeto al mensaje de un ser superior. De esta manera la falsificación satánica logró su propósito; envalentonó a los egipcios en su rebelión y provocó el endurecimiento del corazón de el faraón contra la convicción del Espíritu Santo.

Satanás también esperaba turbar la fe de Moisés y de Aarón en el origen divino de su misión, a fin de que sus propios instrumentos prevaleciesen. No quería que los hijos de Israel fueran libertados de su servidumbre, para servir al Dios viviente.

Pero el príncipe del mal tenía todavía un objeto más profundo al hacer sus maravillas por medio de los magos. Él sabía muy bien que Moisés, al romper el yugo de la servidumbre de los hijos de Israel, prefiguraba a Cristo, quien había de quitar el yugo del pecado de sobre la familia humana. Sabía que cuando Cristo apareciera, haría grandes milagros para mostrar al mundo que Dios lo había enviado. Satanás tembló por su poder. Falsificando la obra que Dios hacía por medio de Moisés, esperaba no tan solo impedir la liberación de Israel, sino ejercer además una influencia que a través de las edades venideras destruiría la fe en los milagros de Cristo. Satanás trata constantemente de falsificar la obra de Jesús, para establecer su propio poder y sus pretensiones. Induce a los hombres a explicar los milagros de Cristo como si fueran resultado de la capacidad y del poder humanos. De esa manera destruye en muchas mentes la fe en Cristo como Hijo de Dios, y las lleva a rechazar los bondadosos ofrecimientos de misericordia hechos mediante el plan de redención.

A Moisés y Aarón se les indicó que a la mañana siguiente se dirigieran a la ribera del río, adonde solía ir el rey. Como las crecientes del Nilo eran la fuente del alimento y la riqueza de todo Egipto, se adoraba a este río como a un dios, y el monarca iba allá diariamente a cumplir sus devociones. En ese lugar los dos hermanos le repitieron su mensaje, y después, alargando la vara, hirieron el agua. La sagrada corriente se convirtió en sangre, los peces murieron, y el río se tornó hediondo. El agua que estaba en las casas, y la provisión que se guardaba en las cisternas también se transformó en sangre. Pero “los encantadores de Egipto hicieron lo mismo”. “El faraón se volvió y regresó a su casa, sin prestar atención tampoco a esto”. La plaga duró siete días, pero sin efecto alguno.

Nuevamente se alzó la vara sobre las aguas, y del río salieron ranas que se esparcieron por toda la tierra. Invadieron las casas, donde tomaron posesión de las alcobas, y aun de los hornos y las artesas. Este animal era considerado por los egipcios como sagrado, y no querían destruirlo. Pero las viscosas ranas se volvieron intolerables. Pululaban hasta en el palacio del faraón, y el rey estaba impaciente por alejarlas de allí. Los magos habían aparentado producir ranas, pero no pudieron quitarlas. Al verlo, el faraón fue humillado. Llamó a Moisés y a

Aarón y dijo: “Orad a Jehová para que aparte las ranas de mí y de mi pueblo, y dejaré ir a tu pueblo para que ofrezca sacrificios a Jehová”. Luego de recordar al rey su jactancia anterior, le pidieron que designara el tiempo en que debieran orar para que desapareciera la plaga. El faraón designó el día siguiente, con la secreta esperanza de que en el intervalo las ranas desapareciesen por sí solas, librándolo de esa manera de la amarga humillación de someterse al Dios de Israel. La plaga, sin embargo, continuó hasta el tiempo señalado, en el cual en todo Egipto murieron las ranas, pero permanecieron sus cuerpos putrefactos corrompiendo la atmósfera.

El Señor pudo haber convertido las ranas en polvo en un momento, pero no lo hizo, no sea que una vez eliminadas, el rey y su pueblo dijeran que había sido el resultado de hechicerías y encantamientos como los que hacían los magos. Cuando las ranas murieron, fueron juntadas en montones. Con esto, el rey y todo Egipto tuvieron una evidencia que su vana filosofía no podía contradecir, vieron que esto no era obra de magia, sino un castigo enviado por el Dios del cielo.

“Pero al ver el faraón que le habían dado reposo, endureció su corazón”. Entonces, en virtud del mandamiento de Dios, Aarón alargó la mano, y el polvo de la tierra se convirtió en piojos por todos los ámbitos de Egipto. El faraón llamó a sus magos para que hicieran lo mismo, pero no pudieron. La obra de Dios se manifestó entonces superior a la de Satanás. Los magos mismos reconocieron: “Es el dedo de Dios”. Pero él permanecía inconmovible.

Las súplicas y amonestaciones no tuvieron ningún efecto, y se impuso otro castigo. Se predijo la fecha en que había de suceder para que no se dijera que había acontecido por casualidad. Las moscas llenaron las casas y lo invadieron todo, “y la tierra fue corrompida a causa de ellas”. Estas moscas eran grandes y venenosas y sus picaduras eran muy dolorosas para hombres y animales. Como se había pronosticado, esta plaga no se extendió a la tierra de Gosén.

El faraón ofreció entonces permitir a los israelitas que ofrecieran sacrificios en Egipto; pero ellos se negaron a aceptar tales condiciones. “No conviene que hagamos así, porque ofreceríamos a Jehová, nuestro Dios, lo que es la abominación para los egipcios. Si sacrificáramos lo que es abominación para los egipcios delante de ellos, ¿no nos apedrearían?”. Los animales que los hebreos tendrían que sacrificar eran considerados sagrados por los egipcios; y era tal la reverencia en que los tenían, que aun el matar a uno

Patriarcas y Profetas · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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