Cristo La Iglesia

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Lectura del libro

Los Hechos de los Apóstoles, páginas 243-245

dijeron que la iglesia estaba desgarrada por divisiones. Las disensiones que habían prevalecido en el tiempo de la visita de Apolos habían aumentado grandemente. Algunos falsos maestros estaban induciendo a los miembros a despreciar las instrucciones de Pablo. Las doctrinas y los ritos del Evangelio habían sido pervertidos. El orgullo, la idolatría, y la sensualidad estaban creciendo constantemente entre aquellos que habían sido una vez celosos en la vida cristiana.

Cuando se le presentó este cuadro, Pablo vió que sus peores temores se realizaban con creces. Pero no por eso dió rienda suelta al pensamiento de que su trabajo había sido un fracaso. Con “angustia del corazón” y “con muchas lágrimas,” pidió consejo a Dios. De buena gana hubiera visitado en seguida a Corinto, si éste hubiera sido el proceder más sabio. Pero sabía que en la condición en que estaban entonces, los creyentes no serían beneficiados por sus labores, y por lo tanto envió a Tito a fin de que preparara el terreno para una visita suya ulterior. Entonces, dejando de lado todo sentimiento personal sobre el proceder de aquellos cuya conducta revelaba tan extraña perversidad, y conservando su alma apoyada en Dios, el apóstol escribió a la iglesia de Corinto una de las más ricas, más instructivas, más poderosas de todas sus cartas.

Con notable claridad procedió a contestar las diversas preguntas que le hizo la iglesia, y a sentar principios generales que, si los seguían, los conducirían a un plano espiritual más elevado. Ellos estaban en peligro, y él no podía soportar el pensamiento de que dejara de alcanzar sus corazones en ese tiempo crítico. Les advirtió fielmente de sus peligros y los reprendió por sus pecados. Les señaló de nuevo a Cristo, y trató de despertar nuevamente el fervor de su primera devoción.

El gran amor del apóstol a los creyentes corintios se reveló en su tierno saludo a la iglesia. Se refirió a lo que habían experimentado al volverse de la idolatría al culto y servicio del Dios verdadero. Les recordó los dones del Espíritu Santo que habían recibido, y les mostró que era privilegio de ellos

progresar continuamente en la vida cristiana hasta alcanzar la pureza y la santidad de Cristo. “En todas las cosas sois enriquecidos en él—escribió,—en toda lengua y en toda ciencia; así como el testimonio de Cristo ha sido confirmado en vosotros: de tal manera que nada os falte en ningún don, esperando la manifestación de nuestro Señor Jesucristo: el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis sin falta en el día de nuestro Señor Jesucristo.”

Pablo habló francamente de las disensiones que se habían levantado en la iglesia de Corinto, y exhortó a los miembros a dejar las contiendas. “Os ruego pues, hermanos—escribió,—por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros disensiones, antes seáis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.”

El apóstol se sintió libre para mencionar cómo y por quiénes había sido informado de las divisiones de la iglesia. “Me ha sido declarado de vosotros, hermanos míos, por los que son de Cloé, que hay entre vosotros contiendas.”

Pablo era un apóstol inspirado. Las verdades que enseñara a otros las había recibido “por revelación;” sin embargo, el Señor no le revelaba directamente todas las veces la precisa condición de su pueblo. En esta ocasión, aquellos que tenían interés en la prosperidad de la iglesia de Corinto, y que habían visto penetrar males en ella, habían presentado el asunto al apóstol; y en virtud de las revelaciones anteriormente recibidas, él estaba preparado para juzgar el carácter de esos fenómenos. No obstante el hecho de que el Señor no le dió una nueva revelación para esa ocasión especial, los que estaban buscando realmente la luz aceptaron su mensaje como expresión del pensamiento de Cristo. El Señor le había mostrado las dificultades y peligros que se levantarían en las iglesias, y cuando estos males se desarrollaron, el apóstol reconoció su significado. Había sido puesto para defender a la iglesia. Había de velar por las almas como quien debía dar cuenta a Dios; ¿y no era

consecuente y correcto que hiciera caso de los informes concernientes a la anarquía y las divisiones entre ellas? Con toda seguridad; y la reprensión que envió fué tan ciertamente escrita bajo la inspiración del Espíritu de Dios como cualquiera de sus otras epístolas.

El apóstol no mencionó a los falsos maestros que estaban tratando de destruir el fruto de su labor. Por causa de la obscuridad y división que había en la iglesia, se abstuvo prudentemente de irritar a los corintios con tales referencias, por temor de apartar a algunos enteramente de la verdad. Llamó la atención a su propio trabajo entre ellos como al de un “perito arquitecto,” que había puesto el fundamento sobre el cual otros habían edificado. Pero no se ensalzó por eso; porque declaró: “Nosotros, coadjutores somos de Dios.” No presumía de tener sabiduría propia, sino que reconocía que sólo el poder divino lo había capacitado para presentar la verdad de una manera agradable a Dios. Unido con Cristo, el más grande de todos los maestros, Pablo había sido capacitado para impartir lecciones de sabiduría divina, que satisfacían las necesidades de todas las clases, y que habían de aplicarse a todos los tiempos, en todos los lugares, y bajo todas las condiciones.

Entre los peores males que se habían desarrollado entre los creyentes corintios, figuraba el retorno a muchas de las degradantes costumbres del paganismo. Un ex converso había vuelto tanto a sus andadas que su conducta licenciosa era una violación aun de la baja norma de moralidad mantenida por el mundo gentil. El apóstol rogó a la iglesia que quitara de su seno “a ese malo.” “¿No sabéis—advirtió—que un poco de levadura leuda toda la masa? Limpiad pues la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois sin levadura.”

Otro grave mal que se había levantado en la iglesia era que los hermanos recurrían a la ley unos contra otros. Se había hecho abundante provisión para el arreglo de las dificultades entre creyentes. Cristo mismo había dado instrucción clara en cuanto a cómo debían ser resueltos esos asuntos. “Si tu

Los Hechos de los Apóstoles · Ellen G. White

Pasaje bíblico

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